Perderse una misma
A trapazos, muchas han aprendido que somos fácilmente desechables y tirarnos a la basura no tiene costos, especialmente políticos. Y otras muchas, ya lo dijo Griselda Álvarez, han vuelto los oídos hacia sus propias convicciones, buscan apoyo y un buen día se despiertan feministas.
Pasa cuando la inseguridad personal se incrementa ante fallas, errores y, peor, cuando alguien importante para nosotras, así lo percibe. Dudamos de nuestras convicciones, nuestros principios, casi siempre, ante la mirada de un hombre. Ancestral prejuicio de la inteligencia femenina. Gaslighting.
Regla de educación en tiempos ya muy pasados. Se admiraban las niñas tímidas, las jóvenes ignorantes, las mujeres ruborizadas al menor piropo o regaño. Se quedaban mudas ante las burlas, los sarcasmos y quizá, las ironías ni las entendían. Inseguridad.
Lamentablemente, aún las mujeres no están firmemente paradas en sus pies. Es decir, conservan huellas de inseguridad ante la mirada masculina. Esas descalificaciones tempranas sobre las feas o las prietas, las gordas o las flacas, las hace tambalear.
Si el padre, marido o jefe reprueba cada muestra de autonomía e independencia de una niña, adolescente o mujer, la confusión inicia su camino. Para colmo, la sociedad patriarcal concuerda con la opinión masculina, aunque no haya ni la menor prueba de que esa opinión esté articulada con la verdad.
Poco a poco, una pierde sus argumentos en el bosque del olvido. Deja de escucharse a sí misma para repetir lo que le dice el otro y, a partir de eso, sus razones se han evaporado. Serán válidas para ella sólo las razones de ese otro. Recuperarse no sólo es difícil, a veces es imposible, especialmente cuando lo que se busca es quedar protegida, amparada o colocada en una posición que al titiritero le interesa.
Pero, ¡oh, sorpresas que da la vida! El supuesto protector abandonará a la ya convertida en ninfa Eco sin pena, vergüenza, ni gloria. A trapazos, muchas han aprendido que somos fácilmente desechables y tirarnos a la basura no tiene costos, especialmente políticos. Y otras muchas, ya lo dijo Griselda Álvarez, han vuelto los oídos hacia sus propias convicciones, buscan apoyo y un buen día se despiertan feministas.
En el remoto caso de que la sujeta logre los propósitos de quien la manipula y la protección siga su curso, la afectada seguirá sin hablar con su propia voz, sus propios argumentos, su propia visión de la realidad y su personal forma de atender las dificultades. Y para colmo de males, seguirá con su inseguridad y sus miedos que, quizá para ese momento, ¡se hayan vuelto terroríficos!
Perderse a sí misma es una situación dolorosa y complicada. No reconocerlo es, para la trastornada, principio de sobrevivencia y para recuperarse tendría que hacer duelo por ella misma, y dejar salir a quien ha ahorcado.
El supuesto protector encierra en una esfera de cristal a su pupila, con lo que la incomunica e impide que ella sea reconocida por sus méritos. Sus fracasos quedan exhibidos. Ha dejado su personalidad en un armario y ha comprado una ajena, que le queda grande, que no le acomoda, que no le sirve, pero no quiere darse cuenta y sigue dando traspiés. Son un peligro, no se hacen responsables de sus actos ni de sus palabras.
Creer que por alcanzar la meta del titiritero volverá a ser ella misma es una falacia. Se ha convertido en una zombi, ésa que no tiene más vocabulario que el que escucha distorsionado, ni más voluntad que la de quien mueve los hilos de su vida.
Drama que viven muchas, que, por ganar aprobación de padres, maridos, maestros, jefes, acaban perdiéndose en el laberinto de un fauno, que, como en la película de Del Toro, la protagonista será abandonada, morirá y su sueño sólo podrá realizarse en el más allá.
Yaretzi, según el sitio: https://significadodenombres.wiki/yaretzi/, de origen azteca. Significa “aquella que siempre será querida”. Nos duele tu injusta muerte. Enviamos condolencias a tus querencias. “Yo te llevo dentro, hasta la raíz. En la noche, sigo encendiendo sueños/ Para limpiar con el humo sagrado cada recuerdo”. Hasta la raíz. Natalia Lafourcade.
