¿Explicaciones?
Y luego, nos preguntan ¿por qué las matan? Hay quien responde, porque puede. Hay quien dice, porque es la única forma de hacerlo sentir poderoso. Hay quien opina que porque las mujeres se han pasado de la raya. ¿Cuál?
A paso lento por un sendero que nos recuerda a aquella veredita alegre —que hoy luce apesadumbrada— hacemos el recuento. La vida, dice José Alfredo, no vale nada, pero, al parecer, la de las mujeres cada día vale mucho menos. Con la paridad como último escalón para poder iniciar tareas para alcanzar la igualdad, sabedoras de que ése era sólo un paso para deshacer el entramado estructural que hace del gatopardismo un lema inamovible, se habían puesto los cimientos de otra realidad para las y los mexicanos.
La perspectiva de género, tan llevada y traída y hasta jaloneada de los pelos, se menciona, pero no se aplica ni en los juzgados. La transversalización de la misma no avanza, pero lo que sí y a paso veloz, es la triste, pobre e insustancial idea de que hay dos clases de personas y el deseo de destruir al otro, a la otra. Odio. Muchos prejuicios habían salido de escena. Quienes nostálgicos los extrañan, ahora utilizan ahora armas mortíferas para darles una nueva oportunidad a fin de restablecer la “añorada sumisión femenina”.
Y no hay límite. Aterrar a las mujeres en este aire tan enrarecido ha resultado fácil por la impunidad, por el raro hábito de lisonjear al poder y por esas estructuras familiares que no acaban de irse. De Debanhi, Ariadna, María Elena, Alondra y tantísimas más, lo que nos queda es la frustración, la ira, el coraje y las ganas de volver a entonar el himno de Vivir Quintana: Canción sin miedo, justicia, justicia, justicia.
- Algún día, alguien dijo que la Guardia Nacional terminaría con ese horror. Ya hay Guardia y el horror es más espeluznante. Luego, que los indicadores bajaron. Quizá, pero se muestran altísimos. Crearon, de la nada y con nada, agencias y mujeres abogadas para defendernos y orientarnos, pero las fiscalías las usan para sus causas y muchas culpan de su propia muerte a quienes debieran estar sonriéndole a la vida. Y las matan hasta en las mismísimas fiscalías. Alondra y Liliana.
Nos han dejado sin recursos. Ni para correr a un refugio. Cuentan que Ignacio Ramírez, el Nigromante, le dijo a Laureana Wright: “Las mujeres tienen dos enemigos, reconózcalos, para que no se deje vencer por ellos: la miseria y la superstición”. Y ahí estamos, en la miseria (que Coneval señala) y supersticiones mañaneras de una transformación que va contra los derechos femeninos.
Entre el terror y los infundios, las descalificaciones y las realidades, no es extraño que muchos machines hayan recobrado la ilusión de ser muy ¿hombres? Y arremetan con las peores armas, en contra de quienes fueron “el amor de sus vidas”. Muy cobarde debe ser quien contrata a otro para infligir daño; muy cobarde quien no se atreve a afrontar la vida con la mirada en alto si ella lo dejó o decidió por su cuenta vivir sin ese macho.
Por eso, la insistencia feminista. Necesitamos aprender a cuidar, cuidarnos, salvar no sólo a la selva, sino hasta la esperanza. Y esa esperanza requiere desde soledad hasta densas redes de sororidad. La cuestión de los neofascismos, aliados a militares, narcos y otros violentadores están en pie de lucha y con ganas de arrasar con cualquier atisbo de sensatez.
Urge la reflexión apoyada en datos, en hechos y dejarnos de diatribas vacías de humanidad, pero rellenas de emoción y hasta con lágrimas fingidas. Debemos ver la depredación que ha causado esta marea transformadora, que no ve ni aprecia a las mujeres. Y luego, nos preguntan ¿por qué las matan? Hay quien responde, porque puede. Hay quien dice, porque es la única forma de hacerlo sentir poderoso. Hay quien opina que porque las mujeres se han pasado de la raya. ¿Cuál?
- Una verdad incuestionable: las mujeres somos seres humanas y tenemos derechos. ¿Es tan difícil de entender? Parece que, para muchos hombres, sí. Nos vemos el 26 de febrero en el Zócalo. #MiVotoNoSeToca.
