Del patriarcado y sus manías
La última. Atrapar la justicia. Sin Poder Judicial, nadie tiene derechos. Él reparte privilegios. No hay futuro. Las fuerzas del mal son sus aliadas; él decide qué es el mal y quiénes los malos. Exhibe y difama a jueces y magistrados, pero nunca señala a quienes trampearon en el INE o en el TEPJF.
Volver al origen. Una revelación lo obligó a salir de su comarca. Llegó a una gran ciudad, que, en su delirio, sería por él gobernada. Y así fue. También que, como el otro, sería padre de multitudes (no de a gratis, sino vía moderno método controlador, las transferencias). Su nombre Andrés, conjunto de hombres. Tiene, como Abraham, un pacto. Uno dijo que con Dios; el segundo, silencioso, con siniestros poderosos.
De las manías: La primera, tener hijos varones, a fin de garantizar herederos legítimos. Hoy, cuenta con cuatro. Tienen un irracional terror a las mujeres y por eso, las excluyen. Quizá, Lilith se le apareció a Abraham, rebelde y contestataria y de ahí, el pavor. Fieles al dicho: “El poder no se comparte”. Lamentable, pues la historia hubiera sido otra, contada por otras y, queremos creer, menos violenta.
La segunda. Su forma de dominar, basado en premios y castigos, sin importar la justicia. “Hacen lo que digo o se las verán conmigo”. Los premios son escasos, porque casi nadie y casi nada le complace; a quien le aplaude y se arrodilla, le toca algo, Zaldívar, Corral, Monreal, a costa de dejar de ser persona, de no pensar. Vive enojado, a disgusto porque nada es suficiente. Más poder, que nadie gane más que él, que nadie se atreva a demostrar que él no es quien controla hasta el último rincón. ¿El Ejército, los cárteles? Tendrán dinero si callan y acatan. ¿Justicia alternativa, no al punitivismo, mediación? Disparates.
La tercera. La violencia. El acoso y el hostigamiento con todos los instrumentos del poder. El miedo y el terror para inmovilizar a quien quiera algo tantito diferente. Su discurso inflamatorio, todo arderá si no siguen sus instrucciones. Y quien se atreva, morirá en pira sacrificial. Así sea su ¿muy amado? hijo, tal como Abraham estaba dispuesto a ejecutar a Isaac. La víctima se arrepiente y el magnánimo perdona. Fue orden de su dios, violento, intolerante y desconfiado, tal como son los patriarcas. Las verdades sólo él las sabe y las esconde (Otis). Quien se atreva a decirlas, a insultarlo, a denostarlo: Loret, López-Dóriga, Ciro, Curzio y más.
La última. Atrapar la justicia. Sin Poder Judicial, nadie tiene derechos. Él reparte privilegios. No hay futuro. Las fuerzas del mal son sus aliadas; él decide qué es el mal y quiénes los malos. Exhibe y difama a jueces y magistrados, pero nunca señala a quienes trampearon en el INE o en el TEPJF.
Cuenta Gustavo Martín Garzo en No hay amor en la muerte, narración sobre Isaac, que se escuchaban en la casa de Abraham, voces infantiles que murmuraban: lo hacía para esconderme de mi padre, todos le tenían miedo, era un hombre extraño que vivía para adorar a su dios. El poder, ¿su dios? Así, en Palacio.
Sobre la violencia hacia las mujeres e identidades sexodivergentes, la lista es larga. Xóchitl, Norma Piña, María Amparo, Janine Otálora, Claudia Zavala, Azucena Uresti, Carmen Aristegui y tantas otras. Se les ha dicho una y otra vez, la única fuente de información y verdad es Él. ¿Por qué necean?
Tergiversar la verdad es cosa sencilla. La historia, incluida la sagrada, la han escrito con letras casi grabadas en piedra, los hombres. Dicen que Sara, estéril, quería un hijo y entonces, le ofreció a Abraham a su esclava. Como si Abraham fuera idiota, o como si no hubiera huérfanos por todos lados. Y eso, para ellos, fue un gran acto de amor. ¡Válgame alguna Diosa!
Llegó la hora de dejar el poder. Siguen aferrados al lema de la no reelección. Tal vez, hay un mecanismo para cambiar esa absurda consigna. El pueblo lo aclama ¿para qué cambiar? Ante tanta terquedad, una ¿revuelta? o ¿la revocación de mandato?, o ¿para eso tuvo hijos? El segundón puede servirle. ¿Las mujeres? No existen más que para parir.
Dice amar al pueblo pero, cuando amamos a alguien, ¿no deseamos su libertad?
