Como por arte de magia

Aquí tenemos una excepción a la regla. Un ilusionista nada simpático, cruel, grosero y prepotente, que cree que con palabras, cambia la realidad. Peor todavía, cree que la estadística se puede manipular a su antojo. Su crueldad, al parecer, no tiene límites.

Cuando escuchamos esta frase, recordamos la infancia, la inocencia y la credulidad ante lo que aparecía o desaparecía ante nuestros ojos. Era un buen tío, una vecina simpática, un amigo de las hermanas mayores quien se encargaba de hacer encantador ese momento. Trucos con los dedos, con una mano, con las dos, con una chistera o con un paraguas. Siempre momentos alegres, entretenidos y llenos de… magia. Muy agradecibles.

Pero la magia encanta a todas y todos. Hubo un señor, muy elegante y guapo, llamado Wolf Ruvinskis Manevic, venido de muy lejos, Argentina, pero nacido en Letonia. En su restaurante, el Rincón Gaucho “alegraba a los concurrentes con música, magia, sentido del humor inyectando una chispa de ilusión”, dijo su hermana. Estaba siempre lleno y la gente se esperaba hasta que aparecía él para hacer un sinfín de trucos y contar historias increíbles. Era otro México. Amable, empático y atractivo.

Houdini se recuerda como el gran escapista. Aceptaba que, encadenado y con candados, lo echaran al mar en una caja fuerte, firmemente cerrada y en pocos minutos, se le veía salir tan campante y contento. Gran luchador para salir adelante, sin rencores, simpático y bromista.

Ya de leyenda, el simpático Merlín, inseparable del rey Arturo y que Walt Disney consagró con la película La espada en la piedra. La magia de este personaje, según la literatura, era su capacidad para hablar con los animales, de cambiar de forma, de hacerse invisible, y también de controlar el clima y los elementos, aunque estas habilidades las empleaba con sumo cuidado para no enfurecer a la naturaleza, la “diosa más poderosa”. Disney lo pintó de los más atractivos colores: simpático, alegre, bondadoso, generoso, etcétera.

Uno de los mejores y mago nacional, Beto El Boticario, conocido como el magazo, con un carisma envidiable. Su especialidad era fracasar con gracia ante cada acto. Fracasaba como por arte de magia. Mujeres dedicadas a la magia, por supuesto que hay, hubo y habrá. Adelaida Hermann, Katherine Mills, Fay Presto y varias más, pero por eso de la fastidiosa misoginia, no se les hace publicidad.

¿Qué decir del gran y admirado Harry Potter? Un aprendiz de magia, que, para llegar a ser mago, tiene que ir a una escuela. Hay un mundo paralelo, el mundo de la magia, donde hay reglas distintas. Se nace, digamos, con el don de la magia, al que hay que aprender a manejar y controlar. Un jovencito adorable, atractivo y dispuesto a aprender.

Aquí tenemos una excepción a la regla. Un ilusionista nada simpático, cruel, grosero y prepotente, que cree que con palabras, cambia la realidad. Peor todavía, cree que la estadística se puede manipular a su antojo. Su crueldad, al parecer, no tiene límites. Como no le gustan las cifras de personas desaparecidas, en vez de destinar presupuesto y esfuerzos para encontrarlas, se le ocurrió mandar a sus siervos a hacer un nuevo censo. Sus resultados, catastróficos, quieren hacernos creer que son sólo unos diez mil. Como por arte de magia.

Cuando se habla de mu-chos miles, comprobar la veracidad es complicado. Aunque complicado, sí es posible. Lo importante son los hechos, no una cifra. En México, desaparecen a las niñas, niños, mujeres y hombres. Se ha documentado que en muchos casos, fue el Ejército, la policía y las fuerzas de seguridad.

Ahora, la situación de las y los ciudadanos es mucho peor. Los cárteles, las pandillas, los malosos desaparecen a quien se cruce por su camino. El miedo es el único que pasea por las calles tan quitado de la pena.

La magia que queremos es la de las buenas personas. La otra, la que quiere engañar, la que miente, la que nunca asume sus responsabilidades, no nos sirve ni para esbozar una sonrisa. La crueldad no debiera tener espacio en un gobernante, pero ni es el primero ni tampoco será el último.

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