“Tiembla la Tierra. Comienza el canto…”

“Tiembla la tierra: comienza el canto: Yo estoy de fiesta, soy ave preciosa, del agua fluorescente”, reza el canto mexicano. Amalia Hernández, a cien años de su nacimiento, nos recuerda la fragilidad de los seres humanos, pero, también, la fuerza de su voluntad creativa y nuestras ganas infinitas de aferrarnos a la vida. Bailar, bailar para recordar, para alegrar el espíritu, para generar solidaridad, para que sepan de nosotras, de nosotros, más allá de los turbulentos mares y las escarpadas montañas
 

Alumna destacada de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, mujeres ellas arrasadas por dolores revolucionarios, pérdidas y desarraigos, que paradas en las puntas de los pies contagiaron las ganas de vivir, aunque sea para bailar: “Nos daba sus canciones; sus pies bordaban pasos de danza para nosotros. Toda su belleza y su juventud nos la entregó (...). Jugaba, iba y venía, no parecía mujer; a veces era tan infantil como nosotros. Para hacernos felices se olvidaba de aquella horrible angustia creada en los últimos momentos de nuestra revolución”. De Nellie, en Las manos de mamá.

Bailar, arte que nos viene de antiguo, que dicen servía para congraciarse con los dioses, para pedirles clemencia, para solicitar sus favores. Bailar para conseguir sosegar la conciencia, para regocijar al cuerpo, encontrar pareja para andar los caminos de la vida no tan desamparadas, desamparados. Bailar, siempre bailar.

Nellie y Gloria, hermanas a profundidad, recorriendo con las Misiones Culturales Vasconcelistas, los pueblos mexicanos rescatando sus tristezas a pasos de zapateado, dibujando con trazo firme las frágiles esperanzas de no ser olvidadas, olvidados. Nos dejaron Ritmos Indígenas de México: “Los aztecas… en sus ceremonias usaron la danza para dar su máxima expresión como raza y como país, y sabemos que la danza ocupaba un lugar prominente en la educación y en su vida artística”. Ni duda, al presenciar La Danza de la Pluma.

Amalia Hernández, quizá la más brillante de sus alumnas, inspirada en esos mismos pueblos y en muchos otros, creó el más espectacular de los ballets folclóricos, contagiando la alegría, despertando a la envidia, desparramando por doquier los necios celos y, sí, causando mucha admiración y un muy merecido reconocimiento. Oaxaca no falta en el repertorio de esta gran mujer. Con el son de la Sandunga, uno de los bailes más tradicionalmente tristes, con sus deslumbrantes trajes en los que el oro, la seda y el encaje forman un gran poema para la mirada. Juchitán, sus danzas, su dulce hablar zapoteco y su eterna lucha por una justicia distinta.

Juchitán, Xihitlán, que significa “Lugar de las flores”, llora a sus muertos, a nuestras muertas y muertos, pero su saber de penas y olvidos les hace recordar su deber de memoria. A preparar trajes, vestidos, joyas, flores y frutas para la siguiente Vela que debe honrar la vida de esas hermanas y hermanos hoy ya fallecidos.

El ballet de Amalia Hernández celebra este mes el centenario del natalicio de la mujer que le dio vida, impulso, energía, para llevar nuestra especial forma de vivir las emociones por el mundo, paradas en las puntas de los pies o zapateando fuerte para reclamar por las muchas injusticias de la Tierra y hasta por las del más allá.

Dice Nellie Campobello: “Sin danza no puede haber arte. No se comprende una comunidad si no hay danza”. Amalia Hernández creó, entre otras, la Danza guerrera en honor de Tláloc, deidad mesoamericana del agua celeste, aunque Bernardino de Sahagún y Alfredo Chavero lo describen como el dios del rayo, de la lluvia y de los terremotos.

Ninguna de las tres obedeció consignas escritas por Rosario Castellanos: “Hice la reverencia de la entrada, bailé los bailes de la adolescente/ y me senté a aguardar el arribo del príncipe”. Tuvieron sus príncipes, pero ellas siguieron viviendo y bailando a su propio ritmo. Dicen que Amalia fue una mujer “con la gracia etérea de una joven bailarina y la habilidad estratégica para el combate de un(a) general(a) de división”.

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