Insistir, persistir, resistir y nunca desistir

Esta frase simpática habla de algún modo de la resiliencia, recurso interno que permite a una persona pasar de ser víctima, a ser sobreviviente. Difícil trance en el que la vida pone especialmente a las mujeres. Sobrevivir a dolores profundos, a desconciertos, a tragedias, a múltiples abusos. Violencias que suceden cotidianamente y no sólo por el narcotráfico, sino también por toparse con alguno de esos extraños especímenes que sólo saben utilizar como pronombres el yo, mí, me, conmigo.

Personas que sólo se ven a sí mismas, omnipotentes e incapaces de dialogar. Tienen respuestas ante cualquier situación y ninguna pregunta inquieta su andar. Descalifican toda idea que no provenga de su mente e insisten en que sólo ellas/os tienen la verdad en su mano. Por ello, además, sus relaciones son de verticalidad absoluta: acatas o ni siquiera voltearan a verte.

Afortunadamente existe ese maravilloso recurso llamado resiliencia. Esta capacidad también la ha mostrado el feminismo mexicano. Una y otra vez, vilipendiado, injuriado, denostado. Las mujeres levantan la voz y reclaman sus derechos, a pesar de burlas y escarnios. Y algo han logrado, pues ya no son sólo ellas las indignadas por los machismos visibles e invisibles.

Dice Estela Serret, filósofa mexicana, que “podemos sostener que el balance sobre la trayectoria del feminismo mexicano es altamente positivo; no sólo porque ha logrado desarrollar en muy corto tiempo amplias redes y canales de participación y vinculación con la sociedad, habiendo partido prácticamente de cero, sino porque esta incidencia —no importa si ha estado reforzada por factores externos— se ha convertido, hoy por hoy, en uno de los principales referentes de la muy reciente modernización política”.

Sí, ha sido un insistir, persistir, resistir y nunca desistir. Buscar una y otra vez la salida negociada, encontrar soluciones a las incompatibilidades, trazar rutas para lograr objetivos y en vez de responder con el agravio, mostrar una serie de opciones que permitan la libertad a todas y todos.

Uno de los hallazgos en las personas resilientes es el tener un vínculo afectivo fuerte. El saber que para alguien eres importante, el constatar que tu vida sí importa y tu palabra sí tiene peso. El feminismo inició como lugar de encuentro y sigue por esa ruta. Sabemos que nadie puede en soledad y que “la unión hace la fuerza”. En este proceso de resiliencia queda clara la frase de Darwin: “No sobrevive la especie más fuerte, ni la más inteligente, sino la que mejor responde al cambio”.

“Los encuentros representan un lugar de llegada, de acercamiento a otras mujeres, con problemáticas diversas y, sobre todo, con puntos en común. Contactarse con otras, permitirse conocerlas, intimar, son experiencias únicas por las que todas atravesamos y nos descubrimos en la fuerza de otras mujeres. El feminismo es un movimiento continuo no sólo porque su pensamiento no se detiene, sino porque la entrada de nuevas mujeres nos enriquece”.

A Sor Juana, que en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz defendió su labor intelectual y reclamó los derechos de las mujeres a la educación; pasando por Florinda Lazos, quien participó en la Revolución Mexicana luchando por la igualdad; recordando a Elvia Carrillo Puerto, quien fundó la primera organización de mujeres campesinas y organizó el Primer Encuentro Feminista de Yucatán. Sin olvidar a Hermila Galindo, pionera del movimiento feminista; y tampoco las palabras de Rosario Castellanos, quien demandó la forma en la que la cultura margina a las mujeres y está regida por cánones masculinos. A Esperanza Brito, fundadora de Fem; a Marta Lamas, fundadora de GIRE, a Marcela Lagarde, impulsora de la Ley General de Acceso a una Vida Libre de Violencia, entre muchísimas otras, hay que agradecerles nuestras libertades, nuestras aspiraciones, nuestros deseos de seguir cambiando al mundo. Maestras todas ellas en el arte de utilizar la resiliencia para ganar libertades comunes.

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