“Del miedo a la igualdad”

Amelia Valcárcel, filósofa feminista, analiza la cuestión en un revelador ensayo. Estamos en tiempos de paridad política, en tiempos de turbulencias venideras, pues los partidos políticos, semilleros de prejuicios en contra de las mujeres y resistencias múltiples al acceso al poder de más de la mitad de la población, serán quienes tengan la obligación legal de poner en práctica este mandato.

Inicia su reflexión diciendo: “La igualdad, lejos de ser una condición natural, es una relación pactada”. Así ha sido el tránsito a la paridad, un pacto firmado por el Senado de la República en 2014. Artículo 41 Constitucional: ‘Los partidos políticos tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de los órganos de representación política y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo, así como las reglas para garantizar la paridad entre los géneros, en candidaturas a legisladores federales y locales’”.

La igualdad ha sido trasladada desde la moral a la política y justamente la legitimación última de la democracia es moral. Valcárcel nos recuerda la Epístola a los Gálatas: “No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, todos sois uno en Cristo” (San Pablo). Son muchas y muchos quienes, desde muy diversos ángulos, predican la igualdad. Nuestro artículo 4º, desde 1975, afirma que “el varón y la mujer son iguales ante la ley”.

Esta manera de mirar la igualdad entre la ciudadanía respecto de las leyes la coloca en el contexto directamente político. Y Amelia nos advierte: “En abstracto, la igualdad es compatible con todo valor y lo funda. En concreto, produce catástrofes o políticas equívocas”. Fichte afirma “que no tenemos palabras y mucho menos medios para concretarla”. Schoeck escribió que “las condiciones mínimas de la igualdad las pone siempre la justicia, pero que las máximas son inevitablemente obra de la envidia”.

Pero lo hemos dicho: las mujeres NO queremos ser como los hombres, queremos derechos iguales. Y para ello, exigimos que la educación la promueva entre las niñas y los niños. Nada más justo, pero a pesar de reformas educativas en marcha, hasta el lenguaje sigue siendo discriminatorio. La educación se convierte siempre en la varita mágica para resolver desde el cambio climático hasta los problemas entre los padres, quienes deben cambiar en beneficio de sus hijas e hijos. Mejor, imposible. Salvo que la mayoría de la población no está interesada en eso, educarse, ni para mejorar el ambiente, ni para resolver incompatibilidades conyugales.

En todas partes la ciudadanía está enojada, descontenta, harta y está borrando a los partidos tradicionales y a la clase política de la toma de decisiones. Las democracias están en riesgo, tanto por ideas populistas, como por novatas y novatos recién llegados a los cargos más importantes. Pero para el colectivo completo de las mujeres la detentación de poder explícito sigue estando vedada. Las mujeres, aunque sean capaces, aunque sean populistas, aunque sean presentables, pierden. Allí donde afirman que la educación funciona como resorte de expectativas individuales, las mujeres siguen siendo relegadas. No hay juez ni jueza que pueda medir “el mérito” de manera imparcial. Cargan siempre con su propia historia y eso es cualquier cosa, menos objetividad.

Las trampas de los partidos para evadir la ley han sido denunciadas y se han corregido en reglamentos y normatividades, pero siempre ha existido un último y brutal recurso. Y por más que han intentado las senadoras y las diputadas legislar sobre la violencia política contra las mujeres, sus esfuerzos se han topado con un muro de silencio. Somos testigas de que aún con protocolo para sancionar estos delitos, a las mujeres las siguen silenciando con amenazas y con todas las estrategias al alcance de quienes le tienen, no miedo, sino terror a la igualdad.

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