El sombrero grande y feo de Saúl Monreal

Comienzo con la frase, un tanto trillada, de Bernard Shaw: “Sólo hay una cosa más peligrosa que la ignorancia: la estupidez”.

No sé si en algún país exista un personaje público más ridículamente soberbio que Saúl Monreal. En México —y vaya que tendríamos contendientes— creo que no.

Ayer, por fin, aceptó declinar una aspiración para la cual no tenía la menor probabilidad de éxito ni mérito ninguno para alcanzarla. Después de múltiples señales de repudio, el pequeño de los Monreal anunció, como si el mundo le quedara chico, que no intentará ser el candidato de Morena a la gubernatura de Zacatecas. Se convencerá a sí mismo diciendo que lo hizo en acatamiento a la regla del no al nepotismo.

El perdonavidas que sopla a su revólver y da la espalda a la cámara mientras sobre la pantalla cae el letrero: FIN. ¿Qué tan deformadas estarán las cosas en México para que surja un fenómeno así?

Dice ahora que no buscaba la candidatura, sino que se reconociera su liderazgo en la entidad. ¡Liderazgo! No hay nada particularmente sobresaliente en la carrera de Saúl Monreal alcalde o senador. Pero él sigue moviéndose cual gran líder, gran estrella.

Como alcalde, se le recordará por estar al frente de Fresnillo en los años en que la ciudad fue el símbolo nacional de la violencia y el miedo. De senador, su único momento de notoriedad ha sido cantar —es un decir— junto a un bajista que presumía una esvástica aquella canción de los Hooligans del sombrero grande y feo.

Habla bien de Morena darle una patada a un tipo cuya petulancia parece no tener límite.