Acaso saludé alguna vez a Ximena Guzmán, nunca conocí a Pepe Muñoz y menos aun a los familiares de ambos. Pero puedo imaginar su desaliento tras escuchar ayer la actualización informativa, a un año del asesinato en la calzada de Tlalpan, de quienes fueron secretaria particular y asesor, respectivamente, de la jefa de Gobierno, Clara Brugada. Hay 18 detenidos, sí. Todos relacionados con la “célula de ejecución”: siete habrían participado de manera directa en el crimen y el resto en su preparación. La Fiscalía de la CDMX añadió que “una parte sustancial de ellos” tenían que ver con un grupo delictivo del Valle de México. Las autoridades tampoco arriesgaron una versión medianamente firme sobre por qué los mataron. La conclusión, un año después, es la de tantos casos parecidos —incluyo el mío—: cayó la “célula de ejecución”, porque sus integrantes no suelen correr con la suerte de quienes los contratan y luego se desentienden de ellos. Hasta ahí. Nuestra sistema de investigación no está dotado para subir al piso de los autores intelectuales, al ¿quién los mandó matar y por qué? Así es que, sin demeritar el esfuerzo policiaco, me limito a repetir lo que escribí aquí el 21 de mayo pasado: mi abrazo de corazón para los familiares y compañeros de ella y de él.
