Cuando de verdad lo son, las democracias imponen trances severos. No imagino una situación parecida en México, menos en tiempos de la 4T. La última vez que vi una exposición al riesgo similar fue en 2010, en Ciudad Juárez. El presidente Calderón y el secretario Gómez Mont asistieron, sin red de protección, a un encuentro con los familiares de los jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar. Si alguien tiene un recuerdo más fresco, agradeceré que me lo haga saber. Retrotraigo esto porque ayer, durante los festejos de la fiesta patria española, el Día de la Hispanidad, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, debió bajar de su Audi negro y esperar el arribo del rey en un hostil Paseo del Prado de Madrid, una ciudad que suele serle adversa. Tuvo que saludar con cortesía profesional a la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Y aguardar. Largos minutos en que una muchedumbre no cesó de gritarle el cántico que es su lema: “¡Pedro Sánchez, hijo de puta!” Nadie lo impedía. Todos lo podíamos escuchar. Presenció desde un palco la exhibición de los paracaidistas y el desfile militar. Luego se encaminó al Audi, creo que con el gesto menos contrariado que pudo. No sé si es un demócrata; sí un profesional que, en 45 días, intentará ganar las elecciones y mantenerse en el poder. Necesita seducir a millones de españoles, pues, como dice, quiere gobernar con una mayoría progresista muy amplia. Ayer también estaba en campaña.
