No terminábamos de digerir ayer por la mañana la noticia del jueves sobre los nueve internos y el bebé de dos años muertos en un enfrentamiento en la cárcel de El Castillo, en Mazatlán, cuando las autoridades de Sinaloa informaron de otra riña —vaya eufemismo burocrático: “riña”— con saldo de otros dos presos muertos.
Como si de una burla se tratara, anunciaron que habían “implementado un dispositivo que controló la situación para brindar seguridad a las demás personas, personal operativo y administrativo de dicho centro”.
Al día siguiente de la masacre de los nueve internos y el bebé matan a más gente y la autoridad se cubre asegurando que, ahora sí, ya cuidan de los vivos. ¿Cómo se ha llegado a este punto de cinismo, inhumanidad?
En la Ciudad de México, la presidenta Sheinbaum se limitó a decir que el Gabinete de Seguridad está actuando “para reforzar el sistema penitenciario de Sinaloa”.
¿Refuerzan el sistema penitenciario heredado del gobernador Rocha? ¿Cuántos muertos necesitarán para concluir la tarea? ¿Por qué ocurrió una matanza así en una entidad en donde están desplegados 20 mil integrantes de las fuerzas federales? ¿A alguien le importa de verdad la vida de los sinaloenses, dentro y fuera de las cárceles?
Estamos controlando la situación, reforzando los sistemas, bla, bla. La indiferencia, el desdén que nunca beneficia a las víctimas. Nueva estampa de la Sinaloa de Rocha. ¿Quieren pruebas?
