Hoy es 10 de junio y mañana será 11

Podríamos estar de fiesta por unos días: no lo estamos. Al menos en la Ciudad de México. Mucha gente, dentro y fuera del gobierno, trabajó duro para llegar al Mundial con puntualidad. Pero, independientemente de lo que ocurra hoy o mañana con los maestros y las madres buscadoras, la tensión que se percibe a 24 horas de la inauguración es grande. Hay demasiada incertidumbre y un encono que tendría que haber sido contrarrestado con una gestión política de calidad. Ante los conflictos, el gobierno de la presidenta Sheinbaum se parapeta en el discurso de que —a diferencia de Díaz Ordaz y Echeverría— no reprimirá a nadie, al tiempo que ensancha su teoría de la conspiración 2026: los extremos se juntan; la ultraderecha y los “grupos supuestamente radicales” de izquierda se unen para montar y diseminar una imagen de caos. Advierte que quien convoque a la violencia deberá asumir la consecuencia de sus actos —y acusa a Ricardo Salinas Pliego por unas declaraciones—, pero se abstiene de arrestar a uno solo de los normalistas de Ayotzinapa que intentaron introducir medio centenar de artefactos explosivos a la ciudad. ¿Serían los nuevos presos políticos? Hoy es 10 de junio. Mañana será 11. No se ve a quien tenga ganas de hacer las paces, una tregua cívica, siquiera por unos días. Así llegamos al Mundial. Sin espíritu de concordia. Como el 10 de junio, el 11 tampoco se olvidará.