Tuve oportunidad de conversar con oficiales del Ejército y la Marina sobre los hechos del domingo. Cuidan sus palabras con la disciplina de quienes saben perfectamente en qué tiempo y espacio viven, pero no es difícil entender de qué están hablando. Respiran hondo, bajan la voz, desvían las miradas antes de responder. “Ésta no puede ser una victoria”, me dijo uno de ellos. Su razonamiento es sencillo: un operativo, así se haya eliminado al Mencho, no puede considerarse exitoso si en la acción perdieron la vida 25 compañeros, o más. Me contaron que entre los guardias nacionales caídos había una zacatecana muy joven, al parecer la única mujer en los grupos que enfrentaron a la escolta del jefe del CJNG. Y que dan por buena la versión de que otro joven guardia alcanzó a mandarle un WhatsApp a su novia en los instantes previos a que la metralla criminal terminara con él. Hay entre ellos un fuerte espíritu de cuerpo. Les duele el domingo 22 de febrero.
Comprendo que no se trata de imitar el mensaje de Trump tras el ataque a Irán —la parte en la que advierte que quizá morirán “valiosos y valientes soldados americanos”, como suele ocurrir en las guerras, pero que la misión apunta a un “próspero y glorioso futuro”—. No se trata de eso. Pero creo que —más allá del mensaje del general Trevilla, el vestido de luto de la Presidenta y los homenajes locales— al gobierno mexicano le ha faltado emoción, empatía y generosidad pública con los 25, o más, del domingo. Ha faltado gratitud para nuestros héroes. Se podría empezar por llamarlos así.
