Lupe Vélez y la identidad chicana

Todo favorece a Lupe para hacer de ella un mito. Dista másde siete décadas que Lupe Vélez decidió quitarse la vida; siete décadas en las que la subversión de su belleza comenzó en la revolución de la estética en el cine norteamericano y con ello, en el mundo; siete décadas combativas que hicieron posiblea Jennifer López, a Salma Hayek y también a Katy Juradoy a Carmen Miranda. Hace ya muchos años que una pequeña potosina llegó a Hollywood armada con una belleza imponente a la que convirtió en su fuente de poder y vocabulario de su diálogo.

Pensar en Lupe como nuestra primera estrella en el cine mundial es limitarla y creer que su memoria se debe a su éxito o a su dramático final es mutilarla; a la Vélez hay que aproximarse no sin precauciones porque estamos frente a una mujer que supo convertirse en mito y que pudo apropiarse de los deseos —los más sublimes y los más oprobiosos— de hombres y mujeres; tal vez sea ese el motivo por el que nuestra memoria colectiva ha preferido relegarla frente a otros modelos más fáciles de digerir —aunque no menos gigantescos como Dolores del Río o María Félix— porque, más allá de su triunfo arrollador, Lupe Vélez es la identidad de una mexicanidad libre de sus ataduras tradicionales aunque no de sus contradicciones íntimas, porque menos en ella a una actriz de enormes dimensiones pero aún más a la mexicana altiva, de belleza agresiva, casi violenta, pero capaz de someter al puritanismo y a la doble moral de su época con el poder de su belleza y su dominio del deseo; ella, Lupe, capaz de quitarle lo pirata a Errol Flynn. Kirk Silabee cuenta que en 1937 Flynn y Vélez mantuvieron un romance que más parecía una guerra que un momento íntimo, sus encuentros se llevaron a cabo en “The Garden of Allah”, hotel del Sunset Bulevar y meca de quienes buscaban discreción y libertad absolutas para sus gustos y pasiones si su bolsillo podía pagarlo pero, sobre todo, si su nombre era suficiente para ser admitido; Flynn reveló como estaba sometido a la fuerza de Lupe que lo inició en la cocaína para prolongar el placer sexual y el hecho es que el pirata al que amaron todos los niños de su época no pudo renunciar a esa droga hasta su muerte en 1959. Esa era Lupe Vélez, la mujer que pagaba por su libertad y era implacable con sus deudores; la amante que dejaba huellas profundas en sus hombres y que enseñaba a las mujeres mexicanas que se atrevían a emigrar a Estados Unidos, cómo cualquiera de ellas podía comerse al mundo. Desde luego, una cultura afectada por el racismo y patriarcal por definición no podía, sin dificultad, avenirse con una mujer como Lupe, así que tuvo que lidiar con los más variados ataques contra su personalidad, el ejercicio de su libertad y el cuidado de su identidad; ataques que venían, sin distinción, de ambos lados de la frontera y que se prolongaron más allá de su muerte.

No hay grupo humano que no esté precedido por la identidad; antes de ella sólo hay un agregado humano con origen y características similares, pero no es sino hasta el momento en que los rasgos distintivos se asumen como parte esencial de la personalidad que el grupo se encuentra consigo mismo, esto es, como uno diferente en el entorno respecto al otro, obligado a perpetuarse y con el derecho a mantener las prácticas y valores que le permitan evitar la asimilación y continuar siendo él mismo en el futuro. Vélez es un elemento importante en la formación de esa identidad y lo sigue siendo en nuestros días; su fidelidad a la práctica católica, incluido el culto a la Guadalupana; la persistencia en el uso del idioma español y a la comida tradicional envuelven el desarrollo de su vida y de su memoria. La fortaleza de su raigambre mexicana y la imposición de su estilo de vida y visión del mundo en sus relaciones amorosas y maritales con hombres de otras culturas fueron elementos que se integraron al  imaginario de las mujeres que emigraban a Estados Unidos no pocas veces solas y sin otro aval que su propia voluntad y fuerza. Una buena parte de la idea de la mujer migrante como insumisa y liberada de los prejuicios de la mexicanidad, pero respetuosa de sus tradiciones que operan como señas de identidad oponibles al entorno general, tienen mucho que ver con el legado de Lupe Vélez.

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