Los Contemporáneos en Bellas Artes
Hay dos maneras por las que un museo puede existir, decía Julio Cortázar: como un cementerio de arte o como un bosque donde los caminos no han sido trazados; el lugar perfecto para extraviarse. Y aunque la actitud del espectador está íntimamente relacionada con esta disyuntiva, es todavía más importante el caudal de tesoros que el museo resguarda. Aun los museos más modernos, los que se han propuesto desacralizar la cultura, enfrentan la necesidad de proteger aquello que consideramos digno de transmitir a las siguientes generaciones.
¿Porqué, en ese sentido, se justificaría una exposición sobre Los Contemporáneos en el Palacio de Bellas Artes? Lo que es tanto como preguntar si aquel accidentado, atormentado y genial grupo es algo que debemos atesorar.
Los Contemporáneos fueron padres de una progenie enorme, variada y cosmopolita. Si los ateneístas eran los creadores de una revolución del pensamiento revaluando nuestra identidad, casi diríamos que completándola, sus herederos terminaron de abrir puertas y ventanas y nos trajeron al mundo lo que otros, como Alfonso Reyes, habían explorado. Al final de la jornada, una de las joyas que arroja un estudio de Los Contemporáneos es su forma gregaria, natural, de trabajar, sin manifiestos ni poses. Tan sólo por esa voluntad de crear que los identificaba.
La exposición y, desde luego, su catálogo dan cuenta de una poderosa voluntad de crear, de decir, de pintar y de estar en un mundo que a veces se mostraba halagüeño y otros, terrible, tanto en el interior como en el entorno de los miembros de su generación.
En ellos, la frontera traspasa a su interior y el exterior de su ser se difumina. Dice Gilberto Owen: “Pero me romperé. Me he de romper, granada en la que ya no caben los candentes espejos biselados, y lo que fui de oculto y de leal saldrá a los vientos”. Y Villaurrutia responde: “Pongo el oído atento al pecho, como, en la orilla, el caracol al mar. Oigo mi corazón latir sangrando y siempre y nunca igual”.
Los Contemporáneos fueron constructores de instituciones; de la mano y de la imaginación de José Gorostiza, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, Samuel Ramos y Xavier Villaurrutia y, luego, de Torres Bodet y Salvador Novo, el INBA se instituyó como una figura familiar en nuestra cultura. Una de las preocupaciones más importantes de Los contemporáneos y, tal vez sea ese aspecto el que los convierte en tesoro, es la belleza. Su visión universalista los hizo traer, en la plástica, en la construcción de instituciones culturales y su promoción, sobre todo en torno a Antonieta Rivas Mercado, elementos nuevos que en muchas formas romperían con el pasado de la estética y la cultura revolucionaria, y que en otras los llevarían a la perfección de su estilo.
El catálogo de la exposición es una enciclopedia; reúne aspectos como su relación con los viejos ateneístas Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos y Alfonso Reyes; los contactos entre el surrealismo y Los Contemporáneos y un exquisito trabajo de Guillermo Sheridan en torno a Owen, Amero y García Lorca, que me hizo pensar en una curiosa relación. Dice Owen: “¡Ya viene la luna! Río, despedázala, como a tu palabra el silencio”. Y García Lorca repone: “La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira, mira. El niño la está mirando”. Este sentido de movimiento, del astro menor que se vuelve el principal y se acerca, se aproxima al evento de los poetas, es también una señal del apoderamiento del mundo, de su concepto de ser y estar en una comunión con todo cuanto existe; si en los ateneístas hubo incesante diálogo, en Los Contemporáneos ese diálogo se vuelve respuesta creativa que modifica la lectura que tenemos del mundo y crea, al mismo tiempo, un sentido propio de creatividad y sensibilidad.
Creo, pues, que los supuestos de Cortázar se cumplen en la exposición que Bellas Artes ofrece sobre Los Contemporáneos. Además, convierte al Palacio en un bosque abierto al extravío y al disfrute, que guarda un tesoro inmenso que está relacionado, sobre todo con nuestra identidad y con la manera que nos asumimos frente al mundo cuando nuestra cultura responde a su voluntad y vocación universalista.
En una carta, rescatada por Alberto Enríquez Perea en su magnífico trabajo en el catálogo, Reyes decía a Villaurrutia: “Pero no quiero que nuestro diálogo sea lamentos siempre. Usted siga leyendo y escribiendo, sin levantar la cabeza. O mejor aún (remedio del navegante para no marearse), levántela demasiado; mire a lo lejos, no se quede con los ojos fijos en lo que está cerca. Siéntase en comunicación con el mundo y olvídese del barrio en que vive. Mi Dios, nuestro Dios feroz y valiente nos ha dicho: ‘Te salvaré, pero has de olvidar la casa de tus padres y el nombre de tu pueblo’. La idea, la vocación, el espíritu —lo que fuere— es una sirena más; tiene que sacarnos de casa entre las protestas de los vecinos. Sea firme en su vocación, sea fiel a sí mismo”. Un consejo que bien vale para nosotros en este momento en que todos somos contemporáneos de nuestro siglo.
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