Yasmín y el ocaso presidencial

Es un mito el que la todavía ministra Esquivel Mossa podría haber llegado a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación SCJN de no haber sido porque el malvado de Guillermo Sheridan exhibió un pecado de juventud, que más bien resultó una fotografía ...

Es un mito el que la todavía ministra Esquivel Mossa podría haber llegado a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) de no haber sido porque el malvado de Guillermo Sheridan exhibió un pecado de juventud, que más bien resultó una fotografía del carácter y los valores que la han acompañado hasta la adultez. No entiendo cómo medios serios repiten una y otra vez que pudo haber llegado al puesto que ahora es de la ministra Norma Lucía Piña. La pasante Yasmín Esquivel no pudo haber llegado a esa presidencia por la baja calidad de sus intervenciones y sentencias. También le impedía triunfar su apoyo lacayuno a todas y cada una de las ocurrencias presidenciales sin importar cuánto se apartaran del texto constitucional, pero ni eso sabía hacer bien.

Más importante, aquello que podría subsanar las deficiencias de la ministra se extingue lenta, pero inexorablemente. Aun antes del escándalo, seguro pasó por la mente de algunos ministros la siguiente interrogante: ¿por qué apoyar a una candidata carente de reconocimiento entre la comunidad de abogados y expertos constitucionalistas si, además, su fuente de poder viene de bajada? El presidente López Obrador no ha podido escapar —ni escapará— de lo que en Estados Unidos se conoce como la transformación de un mandatario en un lame duck, un pato cojo o, en la versión local, un ganso cojo. Es decir, un personaje que ocupa la silla presidencial, pero cuyos poderes crecientemente encuentran límites. La disminución paulatina o catastrófica del poder del Ejecutivo hacia el final de su mandato muestra de forma inversa la resiliencia de las instituciones y la resistencia de la sociedad al ejercicio de poder unipersonal. Es, de cierta forma, un reflejo del ejercicio de la democracia electoral, por más deficiente que éste haya sido, como es el caso de México; una especie de memoria de un músculo que se ejercitó repetidamente de cierta manera. Intervienen también los cálculos oportunistas de quienes acompañan a un gobierno por las posibilidades de empleo, negocios o relumbrón que proporcionan y se alejan cuando ven señales de derrota. Es triste, pero todo se acaba.

Una cosa es colonizar la Comisión Reguladora de Energía (CRE), y otra tratar de hacer lo mismo con la SCJN. La CRE es una instancia nueva, con raíces aún poco profundas. Conocida por especialistas, pero escasamente reconocida por la sociedad en su conjunto. La SCJN —al igual que el Banco de México (Banxico)— es reconocida por una porción mucho mayor de la sociedad mexicana. No sólo por especialistas, sino por multitud de personas que, afectadas en sus derechos o propiedades, han acudido a ella en busca de justicia. Y crecientemente la han encontrado. También ha venido floreciendo un espíritu de cuerpo entre sus integrantes: discreparán entre ellos y ellas como corresponde a un grupo cuyo alimento principal es la deliberación y la interpretación intelectual; habrá simpatías o antipatías, pero crece la conciencia de la importancia de la Corte. Esto se acentuó con la sensación de que el Tribunal Supremo, bajo la cuestionada presidencia del ministro Arturo Zaldívar, se aproximaba al abismo. Es decir, al mismo destino de las Cortes diezmadas, minimizadas, ignoradas o francamente desaparecidas por los regímenes populistas de izquierda o derecha.

Decía George Orwell: “Quienquiera que esté ganando parecerá invencible por el momento”.  La hazaña de Sheridan expuso nuevamente que la premisa con la que el nuevo gobierno llegó al poder, el combate a la corrupción, es una patraña y que el Presidente la reconoce tolerable mientras favorezca a su proyecto. Al saber los resultados desfavorables de la votación en la SCJN, el Presidente transparentó —“rasgó el telón”, escribió el ministro en retiro José Ramón Cossío— el esquema que ideó para impedir que sus iniciativas fueran declaradas inconstitucionales, al controlar a por lo menos cuatro ministros de la Corte, reconociendo que su proyecto violenta la letra y el espíritu de la Constitución. Pues no, ya no parece invencible.

Me parece que la  opinión pública reconoce también esa calidad de “ganso cojo” del actual gobierno con la explosión de humor, ingenio y atrevimiento  con la que se ha criticado el plagio descarado de la ministra Esquivel. En contraste, los integrantes del oficialismo han recurrido a defender lo indefendible. Durante la apoteosis del nuevo gobierno, las cosas eran al revés. El humor estaba del lado de quienes triunfaron en las elecciones. Hay una energía ciudadana manifestada primero en las elecciones del 2021 y luego en la manifestación del 13 de noviembre, que se reconoce con hambre de triunfo.

Temas: