What you call it?
¿A qué le suena lingüísticamente la palabra huachicol? ¿Será de origen náhuatl? ¿Quizá mixteco? Búsquele en todos los libros del portentoso Miguel León Portilla y no encontrará ninguna etimología que se le aproxime. Huachicol es un vocablo sin pasado glorioso, ...
¿A qué le suena lingüísticamente la palabra huachicol? ¿Será de origen náhuatl? ¿Quizá mixteco? Búsquele en todos los libros del portentoso Miguel León Portilla y no encontrará ninguna etimología que se le aproxime. Huachicol es un vocablo sin pasado glorioso, totalmente contemporáneo y binacional. Durante los primeros y efímeros permisos para explotar la Cuenca de Burgos, allá por 2006 y 2007, asociado al gas, salía un líquido aceitoso que los listillos de entonces comenzaron a exportar ilegalmente a Texas. Los compradores les preguntaban en texano atropellado: What you call it? Y los delincuentes en su buen inglés entendieron como huachicol. Y huachicol quedó.
Cuando a mí me tocó denunciar en 1990 la venta ilegal de gasolina por parte del sindicato petrolero en Sonora no se le conocía así. Ya Héctor Aguilar Camín escribió en 2017 un artículo con mi relato La diputada Cecilia Soto y la prehistoria del huachicol, así que sólo quisiera centrarme en un aspecto. Como sucede con actividades delictivas de larga duración, éstas tienen un impacto extremadamente difícil de erradicar porque los ingresos que generan crean una economía local o regional. Tenemos muchos ejemplos: las apuestas, las peleas de gallos, las carreras informales de caballos, los arrancones, etcétera, son ilegales, pero permanecen. A Héctor le conté cómo en la campaña de 1991 por una diputación federal en Guaymas, ingenuamente pensé que sería muy bien recibida por las colonias donde se concentraban las familias de los trabajadores petroleros. Al fin y al cabo, había contribuido decisivamente a poner fin (al menos temporalmente) a una actividad ilegal que seguramente sería una fuente de vergüenza para cualquier familia que enseñara a sus hijos el valor de la honestidad. Pero fui recibida con un frío siberiano. La venta ilegal de gasolina financiaba las colegiaturas de universidades privadas, los viajes frecuentes a EU y Europa, y un nivel de vida holgado. Los petroleros se sentían con derecho a robarle a Pemex.
En los diversos estudios sobre los valores de los mexicanos, desde los pioneros de Rogelio Díaz-Guerrero hasta los de Enrique Alduncin y Alejandro Moreno, la relación con los valores de honestidad es muy nebulosa. Si se trata de un bien propiedad del Estado, muchos se sienten con el derecho de robar o mermar ese bien y hasta celebrar la osadía e ingenio para salirse con la suya. El Financial Times describe en su magnífico artículo de junio pasado sobre el huachicol fiscal, que ya hay incluso una imagen de veneración, El Santo Niño Huachicolero, un Niño Jesús sosteniendo un sifón y un bidón. ¿Cambiaron los valores a raíz del Tratado de Libre Comercio debido a las obligaciones de respetar los acuerdos, mantener la calidad de los productos a exportar etcétera? Algo cambiamos pero no lo suficiente.
De economías locales y beneficios casi caseros, el huachicol evolucionó hacia la ordeña gigantesca de los ductos de Pemex hasta la modalidad de huachicol fiscal que explotó durante el gobierno de López Obrador. En sus narices. Por eso yo estoy muy confiada en que la próxima iniciativa de reforma electoral que la Presidenta envíe al Congreso no será muy radical en el tema del financiamiento público a los partidos políticos. No se necesitan los testimonios del Mayo Zambada o de algún otro narco para inferir que las campañas de López Obrador y de Claudia Sheinbaum recibieron, con toda probabilidad, dinero proveniente del huachicol, directa o indirectamente. Lo recibieron las campañas de Rocha Moya en Sinaloa y de Américo Villarreal en Tamaulipas. La cercanía de Mario Delgado, entonces presidente de Morena, con el rey del huachicol, Sergio Carmona, difícilmente fue desinteresada. Más decomisos espectaculares de huachicol significan menos ingresos para toda la gama de actividades ilegales y blanqueadas del crimen organizado, incluyendo el financiamiento a quienes, estando en el poder, pueden facilitar sus actividades.
La Presidenta tiene un problemón: seguir defendiendo a su mentor pese a las evidencias incuestionables de su permisividad con la delincuencia organizada y las consecuencias que nos ponen en situación de vulnerabilidad frente al gobierno norteamericano, ahora en su modalidad de imperio. Pero nosotros como ciudadanos tenemos un reto quizá mayor: convencer a la ciudadanía del valor de la honestidad, de la importancia de la verdad y su defensa. Ser cómplices, nos debilita. Resistir y dar ejemplo de ello, nos fortalece.
