Ver morir y no hacer nada
La esposa del embajador rumano en Brasilia era un personaje mucho más interesante que su cónyuge. Ya hace más de 20 años que una conversación con ella me sacudió, hizo que le pusiera más bolitas de naftalina a la Doctrina Estrada y me angustiara seguido. Me contaba ...
La esposa del embajador rumano en Brasilia era un personaje mucho más interesante que su cónyuge. Ya hace más de 20 años que una conversación con ella me sacudió, hizo que le pusiera más bolitas de naftalina a la Doctrina Estrada y me angustiara seguido. Me contaba cómo era la vida en Rumania bajo el gobierno comunista de Ceaucescu. “Durante los inviernos, la presión del gas era tan baja que las hornillas de estufas y calentadores solo encendían intermitentemente; el frío dolía, paralizaba, era insoportable. Los orfanatorios se llenaban de niños abandonados, resultado de la falta de acceso de las mujeres a la salud reproductiva”. Y aquí viene lo que me sacudió: “Mirábamos al exterior y rogábamos: sálvenos por favor”.
¿“Sálvenos por favor”? La expresión se estrellaba contra la idea que muy en el fondo permea a nuestra tradición antiintervencionista. Más allá de los argumentos basados en el derecho internacional, más allá de las razones históricas —tres invasiones, pérdida de la mitad del territorio, etcétera— por las cuales condenamos con razón el intervencionismo militar, muy en el fondo también hay algo de fantasía, por ejemplo, la del pueblo heroico que siempre logra triunfar contra las dictaduras. La de la soberanía popular que siempre logra salir adelante de las peores circunstancias. La de que es el pueblo, solito y sin ayuda, el que tiene que liberarse del opresor. ¿Siempre?
Pero, ¿y cuando las circunstancias son de tal crueldad y de tal superioridad militar del opresor hay que esperar y esperar sin hacer nada? Las circunstancias cada vez más humillantes y opresivas para las mujeres afganas e iraníes; la brutal violencia del gobierno de Netanyahu contra civiles palestinos a raíz de la masacre de octubre 7 por Hamás; el robo de las elecciones en Venezuela y la persecución contra los líderes que triunfaron; la larguísima dictadura cubana, me recordaban una y otra vez la conversación con mi amiga rumana. Nada más frustrante que escuchar al secretario general de la ONU denunciar la desesperada situación para la población civil en Gaza, especialmente niños y mujeres, o la ofensiva rusa contra población civil en Ucrania y que sus declaraciones y propuestas sean totalmente ignoradas. Cuando hablo de intervenir no me refiero a intervención militar: nadie mejor que nosotros para rechazarlas como lo hicimos en el caso de la invasión a Irak. Pero la indiferencia, el voltear para otro lado, pueden traer el infierno precisamente para quien cierra los ojos.
¿Qué hubiera sucedido si Estados Unidos, bajo el presidente Obama, hubiera tenido una posición más determinante en contra de las atrocidades del régimen de Assad en Siria en 2013 y 2014, especialmente después del uso de armas químicas contra su población, como lo documentó el gobierno francés? Menciono sólo una consecuencia: la migración. Es fácil rastrear la crisis de migrantes en Europa de 2015 y 2016 al fortalecimiento del régimen de Assad después de haber sido sorprendido por el inicio de la guerra civil en 2011. La oposición no recibió ayuda o ésta no fue suficiente. En 2015, 1.3 millones solicitaron asilo a algún país de la Unión Europea, siendo los sirios mayoría. Sólo en Alemania viven 750 mil de ellos, uno de los pretextos utilizados por el partido de ultraderecha AfD para su programa antiderechos. Aproximadamente el 40 por ciento de la población siria vive refugiada; 3.5 millones en Turquía cuyo gobierno, hasta antes de los eventos de este fin de semana, los utilizaba como arma de negociación con la UE. La sobrevivencia del gobierno bárbaro de Assad se prolongó innecesariamente por la tibieza, especialmente del gobierno norteamericano y de la UE. Las otras consecuencias geopolíticas de la venturosa caída de Assad superan la complejidad del problema de los tres cuerpos y no me referiré a ellas.
México no tiene el peso político para influir en Oriente Medio, pero sí en América Latina y en los temas de mujeres. Intervenir también es no callar, no cerrar los ojos, tener compasión con los que sufren y son pisoteados. ¿Por qué el silencio ominoso frente al fraude electoral en Venezuela? ¿Por qué el mutis ante el cerco y presiones a la embajada argentina en Caracas? ¿Por qué el buen trato a Rusia y su descarada intervención propagandística en México? Los discursos antiarmamentistas y pro paz mundial, huecos e indiferentes ante el sufrimiento real de millones de seres humanos, ya lo dije, tienen tanta trascendencia como lo de una reina de belleza. México puede y debe hacer mucho más.
