Una manifestación que nació de otra

Que tu contingente promedie 65 años, participes en la marcha del 8 de marzo y, en medio del estruendo, un grupo de jóvenes, sentadas en la banqueta de Reforma, te canten “esas morras sí me representan”, es una las cosas más emocionantes que me han sucedido. Un pase ...

Que tu contingente promedie 65 años, participes en la marcha del 8 de marzo y, en medio del estruendo, un grupo de jóvenes, sentadas en la banqueta de Reforma, te canten “esas morras sí me representan”, es una las cosas más emocionantes que me han sucedido. Un pase de estafeta, un “gracias… descansen… ya estamos en control”. Esta marcha memorable, que hizo retumbar el corazón de la Ciudad de México y de tantas otras ciudades del país, comenzó en realidad en 1971, cuando una mujer sorprendente, Marta Acevedo, había tenido su camino a Damasco al participar en otra manifestación.

El 26 de agosto de 1971, en las celebraciones del 50 aniversario del voto femenino en Estados Unidos, la National Organization of Women (NOW) llamó a una “huelga de mujeres por la igualdad”. Las marchas de Nueva York y San Francisco fueron las más nutridas, juntando cada una a 50 mil mujeres… Marta Acevedo, que vivía en California mientras su esposo terminaba su doctorado en astrofísica, una de ellas. California vivía la efervescencia política contra la guerra de Vietnam y el despertar de la Segunda Ola del Feminismo. La experiencia de marchar, de unir sus pasos a los de decenas de miles de mujeres contestatarias de los valores patriarcales, la experiencia de que otra forma de ser mujer, libre e igualitaria, era posible, la transformó. A su regreso a México, Marta Acevedo fundó una pequeña organización, Mujeres en Acción Solidaria, y el 9 de mayo de 1971 se reunieron frente al Monumento a la Madre para protestar, precisamente, contra la celebración del 10 de mayo y, con ella, de “las madrecitas mexicanas”, como abnegadas, con la maternidad como destino manifiesto y único. La profesión y el trabajo asalariado como eventuales distracciones de lo más importante: ser madres y esposas.

La semilla se sembró y este 8 de marzo llevó a las calles a cientos de miles de mujeres, la gran mayoría jóvenes. El feminismo lo ha contagiado todo: como agua que primero penetra lentamente la tierra y luego como torrente que todo lo transforma. Adiós al apellido de casadas y al oprobioso “de”. Adiós a la maternidad como destino único. Adiós a la virginidad como valor supremo. Adiós a aceptar la violencia como parte de la “cruz” que deben cargar las mujeres. Adiós a la aceptación del acoso laboral. Adiós a no ocupar puestos de gran responsabilidad. Adiós a la resignación inmovilizadora frente a las desapariciones y feminicidios. Adiós, adiós, adiós a tantas cosas. ¿Cuántas jóvenes y niñas (porque había muchas) habrán tenido la experiencia transformadora en la marcha de este #8M que tuvo Marta Acevedo hace 50 años? ¿Cuántas habrán regresado a sus casas con los ojos brillantes y el corazón rebosante por la experiencia de la libertad?

Y todos estos años y momentos, las pequeñas y grandes luchas, la llegada, primero a cuentagotas y luego multiplicándose, de mujeres a los congresos; las batallas por las cuotas, por las candidaturas, hasta lograr las reformas paritarias de 2014 y 2019, todo esto ha venido sumándose hasta cambiar profundamente a la sociedad mexicana. En 1994, el año de mi candidatura presidencial, 80% de los mexicanos consideraba que la Presidencia de la República era la segunda peor ocupación para una mujer. Hoy, el rechazo a una candidatura presidencial va del 14 al 20%, según las encuestas más recientes. Una voltereta de 180 grados, en treinta años, poco más de una generación.

Tendremos a una presidenta tomando posesión el primero de octubre de este año y esto es un gran logro. Ambas candidatas con un perfil sobresaliente. La una, Claudia Sheinbaum, avanzando por el camino que abre para ella el patriarca mayor, el Presidente de la República, jefe de su partido. Claudia sigue el ejemplo por el que muchas mujeres lograron acceder al poder en el siglo pasado, gracias a la transmisión y protección de la autoridad de un hombre: el esposo, padre o mentor. Se vale. Algunas de ellas resultaron gobernantes muy exitosas. Otras, desastrosas. En el caso de la candidata morenista, su campaña refrenda obsesivamente que ella es él, porque confía en que así asegurará el triunfo: abraza el programa del Presidente; las reformas del Presidente; las metas del Presidente. ¿Dónde termina él y empieza realmente ella? Es un misterio y como votante no me arriesgaré a desentrañarlo.

Otro es el camino que ha seguido Xóchitl Gálvez. No ha habido nadie que rompa el techo de cristal para ella. Ella lo ha hecho, en un trabajo notable de “hacer camino al andar” y de aprovechar las oportunidades con las que se tropezó en ese camino. No tiene mentor. No tiene patrón, pero escucha, discierne. Errores y aciertos han sido suyos. Llegó a la candidatura presidencial, no gracias a graciosos favores de los patriarcas de los partidos de la coalición que la postula. Sino porque aquellos tuvieron que rendirse ante al arrastre de Xóchitl entre las bases de sus partidos y, notablemente, ante el empuje de la sociedad civil. Aquí no hay misterio: un voto por ella es por Xóchitl Gálvez.

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