Trump, el amigo golpista
La democracia es invaluable, excepcional y... frágil. Seguir la primera audiencia del Comité Especial de la Cámara de Representantes para Investigar el Ataque al Capitolio, el 6 de enero de 2021, ha sido una experiencia escalofriante y esperanzadora a la vez. Un ...
La democracia es invaluable, excepcional y... frágil. Seguir la primera audiencia del Comité Especial de la Cámara de Representantes para Investigar el Ataque al Capitolio, el 6 de enero de 2021, ha sido una experiencia escalofriante y esperanzadora a la vez. Un ejercicio de historia en directo, importante no sólo para las audiencias norteamericanas, sino para todas y todos aquellos preocupados por la proliferación de gobiernos en los que lo importante es el líder y no las instituciones y la práctica de la democracia. Esta primera audiencia revela en forma indubitable la responsabilidad del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la organización de una asonada para impedir la confirmación del triunfo de Joe Biden en las elecciones de noviembre de 2020.
La democracia se muestra frágil no sólo porque un loco desquiciado como Trump puede llegar al poder de una democracia de más de 220 años, sino porque evidencia que un contrapeso tan importante como el Congreso —sus dos cámaras— está profundamente fracturado. La división ni siquiera es siempre en torno a temas ideológicos como se piensa, sino en torno a la lealtad a quien le puede garantizar triunfos electorales o acceso al poder, no importa qué tan inmoral o corrupto sea. Aun ante la evidencia abrumadora de la participación protagónica de Trump en la intentona de golpe de Estado, sólo dos legisladores republicanos se integraron al comité y estos fueron sancionados por su partido. “El deshonor permanecerá por siempre con ustedes”, sentenció Liz Cheney, la vicepresidenta (republicana) del Comité.
Se recordará que el 6 de enero era la fecha de sesión conjunta de las cámaras de Senadores y de Representantes para contar los votos del Colegio Electoral y reconocer formalmente el triunfo del ganador de las elecciones. Mediante un tuit del 19 de diciembre, Trump convocó a una gran manifestación para el 6 de enero, afirmando que era “estadísticamente imposible haber perdido” y recomendó “be wild” (“alóquense”). El 5 de enero, Steve Bannon, el ideólogo de ultraderecha que asesora tanto a Trump como a Bolsonaro, anunció que “sucederían cosas muy importantes mañana”. El Comité documentó coordinación con los grupos extremistas Proud Boys y Oath Keepers, que encabezaron la toma del Capitolio, así como presiones a legisladores de Arizona y Georgia para cambiar el resultado del conteo de votos. También se presentaron testimonios de colaboradores del presidente informándole que no había ganado las elecciones y que no había forma de revertir los resultados.
Dos testimonios sobresalen por su peso: el del exprocurador general, William Barr: “es una tontería”, y el de Ivanka Trump, apoyando las conclusiones de Barr.
Se prevén 8 sesiones de audiencias del Comité, transmitidas por varias cadenas televisivas, los sitios de internet de periódicos y blogs de noticias. El Comité probablemente presentará sus conclusiones al procurador general, Merrick Garland, quien podrá presentar o no acusaciones penales contra el expresidente.
Las audiencias durarán meses y buscan replicar la experiencia de las audiencias del caso Watergate, cuando el entonces presidente Richard Nixon fue sorprendido como el instigador del ingreso ilegal a las oficinas del Partido Demócrata para robar información. Escuchar en las grabaciones las instrucciones ilegales de Nixon, comprobar sus mentiras, galvanizó a la opinión pública norteamericana, lo que llevó a la renuncia de Nixon para evitar un juicio en el que perdería.
No hay el precedente de un juicio penal a un expresidente y no es seguro que el procurador Garland, prudente y meticuloso, llegue a formular cargos. O si un juicio así políticamente contribuya aún más a la polarización creciente en Estados Unidos. Lo importante, como en el poema de Kavafis, no es tanto llegar a Ítaca, sino el proceso de educación cívica que puede derivarse del acompañamiento de las audiencias por parte de la opinión pública norteamericana. El núcleo duro de fundamentalismo trumpiano difícilmente cambiará, pero lo sólido de las evidencias presentadas y que están por presentar puede convencer a un número amplio de votantes de Trump, insatisfechos con los demócratas, pero convencidos de la legitimidad de la democracia norteamericana, de alejarse de esa corriente radical.
El presidente del Comité, representante Bennie Thompson, demócrata, insistió en el juramento al que están obligados la gran mayoría de servidores públicos en Estados Unidos: ser leales a la Constitución, al Estado de derecho. No a una persona. La lección para nuestro país no es diferente.
