Petro: el derecho a cambiar
Hoy, la política compite contra la magia de la distancia, del misterio, de la discreción, de la opacidad. A diferencia del pasado más o menos reciente, no hay personaje que pueda salir indemne del acercamiento brutal de los medios de comunicación a su persona, su ...
Hoy, la política compite contra la magia de la distancia, del misterio, de la discreción, de la opacidad. A diferencia del pasado más o menos reciente, no hay personaje que pueda salir indemne del acercamiento brutal de los medios de comunicación a su persona, su carrera y su pasado. Gustavo Petro, el candidato triunfador de las elecciones presidenciales en Colombia, ha sido concejal, diputado, senador, alcalde de Bogotá, ambientalista, participante en las negociaciones que dieron lugar al tránsito del M-19 a la vida política formal, pero lo único que se recordó de él en el proceso electoral que acaba de culminar es su pasado guerrillero.
Colombia —como lo dijera el ex presidente uruguayo Pepe Mujica— es un país martirizado. Desde 1948, cuando se dio el levantamiento popular conocido como el “Bogotazo”, a raíz de un fraude electoral, y se inició el periodo llamado “la Violencia”, Colombia no ha conocido periodos de paz largos y constructivos. Una sociedad altamente jerarquizada, “feudal”, como dice el mandatario electo, con un grupo de familias acaparadoras de fortunas y de las cúpulas de los entonces partidos prevalecientes Conservadores y Liberales. Cinco candidatos presidenciales han sido asesinados.
Quizá me equivoque, pero creo que Petro es el primer presidente que llega sin pertenecer a esas élites ni a esas familias que repiten los apellidos de siempre. Y qué decir de Francia Márquez, la vicepresidenta electa, activista ambientalista y de los derechos de las comunidades, en especial, de la comunidad afrodescendiente y también feminista. Con ella, llegan “los nadie”, como les han llamado a los excluidos de siempre.
Es explicable que en los años 70 haya proliferado la idea de la lucha armada como un medio alternativo para llegar al poder. El triunfo de la revolución cubana por la vía armada y el ejemplo del Che Guevara cundieron. Sucedió en México también y varios de nuestros políticos, especialmente entre la izquierda, tienen pasado guerrillero. Es un triunfo del poder de las ideas democráticas que hoy ninguna fuerza política, ni en México ni en Colombia, reivindique la vía armada. Y es un ejemplo de la seriedad de la palabra de Petro y de su compromiso con la paz, haber participado en las negociaciones para que el M-19 dejara las armas, se decidiera a participar en la vida política electoral de Colombia desde hace décadas y participara en la elaboración de una Constitución democrática.
Como México y los países de Centroamérica, el territorio de Colombia es bañado por el Pacífico y por el Mar Caribe y es de una enorme diversidad geográfica y biológica. Tiene montañas, pues la cordillera de los Andes lo recorre de norte a sur y la selva amazónica constituye 40% de su territorio. A diferencia del presidente mexicano, Petro tiene una importante carrera defendiendo temas ambientales. En su discurso del triunfo, enfatizó la necesidad de la “justicia ambiental” y se pronunció por hacer de Colombia un ejemplo de lucha contra el cambio climático y sus secuelas de deforestación y pérdida de biodiversidad. Desde su anterior campaña electoral ha planteado la necesidad de alejar a la economía colombiana de los recursos fósiles y hacerla una potencia de las energías solar, eólica e hidráulica.
Si bien ha tenido respuestas ambivalentes respecto a Hugo Chávez no tiene dudas del carácter autoritario y retardatario de Nicolás Maduro. De los seis millones de venezolanos que han huido de su patria, una gran mayoría está refugiada en Colombia. Es una triste paradoja que el fracaso estrepitoso del populismo chavista y procubano de Venezuela sea una lección a no repetir por los líderes de la izquierda que vienen ganando en el continente. Se podrá argumentar que los discursos de campaña o los celebratorios del triunfo jamás se cumplen, pero los ejemplos de autoritarismo, violación a los derechos humanos y debacle económica en tiempo real de Maduro y los esposos Ortega en Nicaragua son un arma disuasoria más potente que cualquier esfuerzo por alejar a Petro o Boric del populismo.
Ojalá que el ejemplo polarizador y sectario del presidente López Obrador también lo convenza de no seguir por esa ruta. En su discurso de celebración del triunfo, Petro hizo hincapié en unir a Colombia. Explícitamente reconoció a los 10 millones de electores que no votaron por él y los invitó al diálogo. “No vamos a utilizar el poder para destruir al oponente (...) no habrá persecución política”. Que no es perfecto, nadie lo es. Pero hay que reconocer que durante sus campañas se movió hacia el centro y en su vida política practicó el apego a la democracia, más específicamente, a la socialdemocracia. Colombia se salvó de haber electo a un populista admirador de Hitler y emulador de Trump como Rodolfo Hernández. Pero prácticamente la mitad de los electores han expresado desconfianza en el político recién electo. Petro tiene enormes retos, pero ha comenzado bien ofreciendo paz (como mejoría en la vida de las familias), justicia social y justicia ambiental. Felicidades a esa nación hermana.
