No quiero que la Corte me represente

Con la designación de Claudia Sheinbaum como próxima candidata de Morena y aliados, algunos han cobijado la ilusión de que, al fin, Claudia se revelará como lo que realmente es. No la creación política de López Obrador, sino alguien que “matizará” y suavizará ...

Con la designación de Claudia Sheinbaum como próxima candidata de Morena y aliados, algunos han cobijado la ilusión de que, al fin, Claudia se revelará como lo que realmente es. No la creación política de López Obrador, sino alguien que “matizará" y suavizará los excesos del presidente. Yo misma he afirmado que la casi candidata es un misterio porque, para garantizar el favor de su líder, ha apoyado todos los planteamientos que vienen de Palacio Nacional, los ha defendido y ha organizado desplegados aquí y allá a favor de las peores locuras del Presidente; no sólo eso: se ha mimetizado adoptando el acento y el tono de su mentor, sus expresiones, sus gestos físicos y ha aceptado vestirse diariamente con ropas étnicas, lo que no hizo durante los cinco años como Jefa de Gobierno.

La idea de Claudia como misterio entrañaba cierta ilusión mía. Pensando en el electorado joven e incluso en las niñas que todavía no votan, era preferible una batalla electoral entre dos mujeres independientes, con vida intelectual propia, con orgullo de los logros obtenidos por su empeño y no gracias al favor de otro. ¡Qué formidable oportunidad de crecimiento  sería para el electorado mexicano ser testigo de este contraste entre dos candidatas  autónomas y capaces de decirle no al Presidente y a los poderes fácticos cuando fuera necesario hacerlo! Xóchitl lo ha hecho. Claudia, nunca.

Pues se acabó la ilusión. En las tres semanas que han seguido a su designación, Claudia ha demostrado que no hay más allá de lo que hemos visto estos cinco años. A diferencia de muchos en el campo de la oposición, no creo que sea una simple bocina o que oculte sus verdaderas ideas. Creo que realmente está convencida de la ruta destructiva de este gobierno. Quizá animada por el dicho de que para que nazca lo nuevo hay que destruir lo viejo, Claudia apoya la militarización del país, la destrucción del Poder Judicial y en especial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y la erosión brutal de las capacidades del sector público bajo el mantra de la “austeridad republicana”. Claudia, la científica, ha sido enemiga de la ciencia y partidaria de la persecución penal de sus excolegas universitarios/as.

Hace unos días, en un mitin en Tamaulipas y en otro anterior en Puebla, Claudia declaró que “nosotros queremos que los jueces y los ministros de la SCJN representen al pueblo de México”. Y nuevamente expresó su apoyo a la elección mediante voto popular de jueces y de ministros de la Corte. El pueblo de México, que no es un puré de papas uniforme, sino un mural colorido, diferenciado y lleno de contrastes, ya está representado en el Poder Legislativo federal y en los congresos locales. Yo no quiero que me represente la Corte. Ya tengo a mi representante en la Cámara de Diputados y en la de Senadores y  los castigaré o premiaré con mi voto este 2024. Si la Corte me representa a mí o a otros cientos de miles, o incluso a millones, no representará a otros tantos. Lo que yo quiero es que la Corte defienda lo que nos une como nación: la Constitución. Firmamos un pacto en 1917 plasmado en el texto constitucional y lo hemos venido renovando, reformando la Constitución, reconociendo con retraso derechos que no siempre han sido populares: la paridad de género, el derecho de las mujeres a decidir, el derecho al matrimonio igualitario, el derecho de las personas con discapacidad a tener oportunidades de desarrollo, el interés superior de la infancia, que desafía la noción de la superioridad patriarcal, el principio propersona como criterio para normar decisiones trascendentales, y todo el abanico civilizatorio del respeto a los derechos humanos.

Insisto, no quiero que la Corte me represente. Yo quiero que la Corte me dé la razón cuando la tenga y que me dé palo cuando no la tenga. No quiero premiar o castigar con mi voto a ningún ministro o ministra, porque entonces los haría depender de mi particular manera de ver el mundo. En vez de defender acuciosamente la Constitución buscarían agradarme –o a otros miles de votantes– para permanecer en el cargo. En una encuesta reciente de GEA-ISA, 70 por ciento de los encuestados afirman que la SCJN cumple satisfactoriamente con la defensa de la Constitución; incluso entre los simpatizantes de Morena, 56 por ciento coincide con esta evaluación positiva. La gente se siente representada aunque no haya ejercido el voto directo por la Corte. ¿Por qué? Porque percibe a la Constitución como un instrumento legítimo, con el que se identifica.

La propuesta del Presidente y de su discípula, de destruir al Poder Judicial y, en particular, a la SCJN, es reaccionaria y sigue el mismo camino de gobiernos populistas eternizados en el poder. Colonizar y luego tomar a las cortes para que éstas sean sumisas al Poder Ejecutivo y que sólo se escuche una sola voz. Pero, esta vez, no pasarán.

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