La sumisión química

Diez meses antes de que se conociera el caso de Gisèle Pelicot, la francesa a quien su marido drogaba para ofertarla en internet para ser violada, la diputada de la Asamblea Nacional de ese país, Sandrine Josso, denunció que el senador independiente, Joël Guerriau, le ...

Diez meses antes de que se conociera el caso de Gisèle Pelicot, la francesa a quien su marido drogaba para ofertarla en internet para ser violada, la diputada de la Asamblea Nacional de ese país, Sandrine Josso, denunció que el senador independiente, Joël Guerriau, le puso una sustancia a su bebida con el fin de dormirla y violarla. Guerriau falló en la dosis y la legisladora pudo huir trastabillando y ser llevada a un hospital donde se comprobó que el senador había vertido éxtasis en su copa. Aunque usted no lo crea, el senador Guerriau recién solicitó una audiencia con el presidente del Senado para que le permita volver a su curul. Si bien los grupos parlamentarios han rechazado su regreso, no ha habido un juicio político para inhabilitarlo. El Senado francés no se manifestado en contra de la violación y la sumisión química. ¿Por qué habría de sorprender el caso que se juzga en Aviñón?

Si Guerriau hubiera consultado al senador morenista Salgado Macedonio no hubiera fallado en la dosis, pues éste también era afecto a someter químicamente a sus víctimas. Así lo narró la periodista “JDC” de La Jornada de Guerrero, renacentista diario del que era director el senador, violada por el guerrerense según la denuncia que interpuso ante la Fiscalía de Guerrero. “No había nadie en la casa del senador, sólo la señora Paty, ella me dio un refresco y en cuanto lo tomé me sentí muy mal y perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en la recámara del senador,” narró. A Félix Salgado Macedonio el grupo parlamentario de Morena lo premió con la reelección al Senado y la elección de su hija a la gubernatura de Guerrero, a pesar de haber dos denuncias de violaciones y de existir fotografías de la víctima, JDC, golpeada brutalmente por el senador, por cierto, reelecto.

Aunque ha habido avances, el acoso sexual y la violación se toleran socialmente; se justifican: la testosterona que nos  deja en paz a los hombres, las mujeres “que provocan”, la convivencia laboral de hombres y mujeres que los “predispone”. Miles y miles de años en que las mujeres han sido tratadas como trofeos de guerra —recuérdense los testimonios violaciones y feminicidios durante el ataque de Hamás el 7 de octubre— como objetos a poseer, como meros vehículos para la reproducción masculina,  quizá han dejado una huella troquelada en el cerebro de muchos hombres (“no todos los hombres, pero siempre un hombre”, como decía un cartel de una manifestante). En los testimonios de dos docenas de los acusados que se declararon no culpables en el juicio de Gisèle Pelicot, sobresale la afirmación de que “si el marido la ofrecía quería decir que ellos tenían derecho a violarla”, aunque ella estuviera completamente inconsciente. Él, Dominique Pelicot, podía hablar por ella, sin que se necesitara su consentimiento.

Lo que ha puesto en la prensa mundial el caso Pelicot es lo sórdido: el marido que la ofrece; los 83 hombres que acuden a violarla y que aceptan ser filmados; los 51 participantes reconocidos y que ahora son juzgados. A mí me sorprende que una mujer adulta mayor —inició su calvario a los 58 años y terminó a los 69— resultara apetecible sexualmente para hombres desde los 26 años. ¿Por el hecho de ser ofrecida por el marido? ¿Por imaginar que una mujer inconsciente puede tolerar cualquier depravación? ¿Por la excitación de ser filmado?

Pero lo que resulta extraordinario es la decisión de Gisèle de demandar que el juicio sea público para que “la vergüenza cambie de lado”. En 2018, las feministas francesas se pronunciaron en contra del MeToo como otra manifestación del puritanismo americano que condenaba, por ejemplo, el abordaje “tal vez torpe” del macho francés mediante piropos y propuestas y que llevaría a una hoguera de denuncias (y hay algo de verdad en ello). Pero ha sido la inmensa fuerza del MeToo que nació en  EU y que se extendió mundialmente en singulares manifestaciones antimachistas, lo que dio fuerza a Gisèle. Las valientes mujeres iraníes que desafiaron con su vida la obligación de cubrirse con un velo la cabeza. Las jóvenes y niñas afganas a las que se les ha prohibido educarse y hasta usar su voz en público, que graban videos demandando acceso a la universidad y cantan. Las decenas de miles de denuncias de mujeres que guardaron en sus corazones episodios de acoso que las llenaron de vergüenza hasta que se dieron cuenta que eran ellos, los acosadores, los violadores, los que deberían ser objeto de vergüenza y repudio.

Las mujeres no somos una botella de champaña que pierde su valor cuando se destruye el sello. Ni tampoco una delicada porcelana imposible de reparar cuando se ha roto. No hay mancha que limpiar cuando se ha abusado de una joven. El sucio es él. Hay enorme dolor, rabia y una herida, pero no vergüenza. La sumisión química se usa ampliamente en México: en bares, en antros, en encuentros no consentidos. Cada caso que se deja pasar y se deja impune, facilita el camino para otros más. Por Gisèle y tantas otras: nunca más.

Temas: