La gran redistribución

¿Contra cuáles fuerzas del Averno neoliberal se enfrentó López Obrador en 2018, de cuya confrontación salió triunfante para imponer, pésele a quien le pese y contra toda la ortodoxia, su propuesta nunca antes jamás implementada de aumento significativos al salario ...

¿Contra cuáles fuerzas del Averno neoliberal se enfrentó López Obrador en 2018, de cuya confrontación salió triunfante para imponer, pésele a quien le pese y contra toda la ortodoxia, su propuesta nunca antes jamás implementada de aumento significativos al salario mínimo? De ego pequeño hasta le llamó pejeconomics.

Más o menos ése es el tono de celebración en el oficialismo por los buenos resultados en materia de reducción de la pobreza informados por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi). Casi como un logro unipersonal del expresidente que se impuso contra viento y marea a las fuerzas del mal. La pregunta que surge entonces es, ¿de haber perdido Morena las elecciones de 2018, los trabajadores hubieran continuado bajo el estancamiento salarial que caracterizó las últimas décadas? No para el caso de la campaña de Ricardo Anaya en la que participé; quizá sí para el caso de la de José Antonio Meade.

Para 2018, el reconocimiento de que el salario mínimo era excesivamente bajo y debía crecer vigorosamente, ya representaba un consenso mayoritario entre empresarios, partidos, gobierno, etcétera, como se expresó en la reforma que lo desvinculó de otros precios (como los créditos del Infonavit, las multas, las becas y un largo etcétera) lograda en 2016. Esta reforma, de carácter constitucional, no se hubiera logrado sin la aprobación del presidente, de los partidos mayoritarios de entonces (Morena tenía apenas 35 legisladores) y, sin duda, de los empresarios, algunos con entusiasmo, como los de la Coparmex, y otros incómodos. Las burocracias de Hacienda y el Banco de México aceptaron a regañadientes, quizá esperando que el experimento fracasara. El primer aumento salarial significativo, pero excesivamente discreto, se dio en diciembre de 2017, de 80 a 88 pesos, ¡recuerde usted en qué sótano estaban los salarios!

La campaña de Anaya planteaba que el salario mínimo debería subir en forma sostenida y significativa durante todo el sexenio. Alguna vez mencionó hasta 187 pesos y en otra que debería cubrir con comodidad por lo menos una canasta básica. Otras reformas laborales también vienen de un consenso que rebasa con amplitud a Morena. Pienso, por ejemplo, en la reforma de 2019 que incorpora a las trabajadoras del hogar al régimen formal. Una demanda de larga data de sindicalistas y del movimiento de mujeres y de lideresas como Marcelina Bautista, que logró importantes aliadas en el IMSS y entre los partidos.

No digo que toda la política laboral hubiera sido igual que la de 2018-2024, pero sí que hubiera sido muy de avanzada. Más de avanzada. En lo social, propusimos la implementación escalonada del Ingreso Básico Universal, el IBU, comenzando por los tres estados más pobres: Chiapas, Guerrero y Oaxaca. El IBU tiene muchas ventajas sobre la política social del actual gobierno, comenzando porque no tiene el sesgo electoral y clientelista que está en el corazón del diseño de los programas morenistas. Y lo hubiéramos hecho sin desmantelar el acceso a la salud y la educación que estaba asociado a los programas sociales anteriores.

Uno de los resultados que ha confundido a varios analistas es el hecho de que disminuyó significativamente la pobreza a pesar de que la economía no creció. Lo que hubo en realidad fue una gran redistribución de los ingresos: el pastel no creció, pero se repartió un poco mejor. ¿Cuánto más puede crecer el salario mínimo? Hay debate y qué bueno que lo haya. Algunos piensan que, si bien debe seguir creciendo, no lo debe hacer en forma sustancial; otros, argumentan y con razón, que el salario que apenas cubre una canasta básica y un poco más todavía debe crecer más.

En su contribución al libro ¡Súbanle al salario digno!, Ricardo Becerra señala otro factor poco mencionado que explica la disminución de la pobreza: la reducción del tamaño de los hogares en México. En 1950, cuando las mujeres tenían 6 hijos en promedio, los hogares estaban formados por 6 a 8 personas y un solo asalariado, es decir, los ingresos de una sola persona sostenían a 6 o 7 personas que no podían generar ingresos. En su estudio sobre la evolución de los ingresos, Miguel Szekely encuentra que, en ese año, 80% de los mexicanos éramos pobres por ingresos. En la actualidad, con el promedio de nacimiento de hijos vivos por abajo de la tasa de reposición y la incorporación tan significativa (aunque insuficiente) de las mujeres al mundo del trabajo, el tamaño de los hogares ha disminuido a 3.4 personas y dos ingresos. Y Becerra alerta de lo efímero de ese bono: en la medida que la sociedad mexicana envejece, menos mexicanos en edad de trabajar tendrán que sostener a más adultos mayores que requerirán cuidados.

En pocas palabras, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. La reducción de la pobreza es un logro de muchos y se puede hacer más y mejor.

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