La defensa de una idea
Lo extraordinario de las marchas multitudinarias del domingo no fueron las cifras generosas de la presencia ciudadana. Ni la multitud de personalidades que acudió. Tampoco el abigarrado abanico de organizaciones civiles que las convocaron. Ni el hecho de que en más de ...
Lo extraordinario de las marchas multitudinarias del domingo no fueron las cifras generosas de la presencia ciudadana. Ni la multitud de personalidades que acudió. Tampoco el abigarrado abanico de organizaciones civiles que las convocaron. Ni el hecho de que en más de cincuenta ciudades se organizaron, en materia de días, exitosas manifestaciones. No. Lo extraordinario fue la movilización de cientos de miles de personas en torno a algo inmaterial, a algo intangible. Tal vez en torno a una experiencia.
La multitud de marchas y protestas que recorren el país desde hace décadas, y que no han cesado en estos cuatro años, han tenido como razón de ser objetivos tangibles y concretos: el derecho de las mujeres a su cuerpo y una vida libre de violencia. Las marchas en contra de la militarización. La exigencia de medicinas para los enfermos de cáncer. Para encontrar a los desaparecidos. Para recuperar las estancias infantiles. Por el agua, etcétera.
Pero las marchas de ayer fueron en torno a la defensa de una idea, una idea, por cierto, inventada hace más de dos mil años. Una propuesta de convivencia social siempre imperfecta, siempre algo abajo de nuestras expectativas, un arreglo social que ha llevado a la sociedad a inventos sociales de enorme trascendencia, como la idea de las independencias nacionales o que ha desafiado un “orden natural” que no tiene nada de natural, como la servidumbre, la esclavitud. Un arreglo social que ha “inventado” el reconocimiento a los derechos humanos de todas y todas. Pero que también ha cometido grandes errores, errores catastróficos, pero que tiene —a diferencia de otras propuestas— la posibilidad de enmendarlos y corregir. Ayer marchamos por la defensa de algo que no podemos tocar, pero podemos nombrar. Marchamos en defensa de la democracia y de la única manera en que esta idea se vuelve tangible para nosotros: la experiencia de vivir en democracia.
Al cumplir 18 años nos reconocemos legalmente como ciudadanos, pero no es sino la experiencia de acudir a las urnas, una y otra vez, lo que va desarrollando la semilla del demócrata. Porque cuando acude a votar y a decidirse a cruzar alguno de los nombres de candidatos y candidatas contenidos en la papeleta, reconoce la legitimidad de todos ellos. Tanto de su favorito o favorita como de los que le causen indiferencia o hasta repulsión. No, el otro, no es de un universo al que eliminar o someter mediante insultos y persecuciones. El otro tiene derecho a pensar diferente. Parafraseando a Simone de Beauvoir: la ciudadanía demócrata no nace espontáneamente a los 18 años, se va haciendo confrontando prejuicios propios y ajenos, ampliando horizontes, participando en las jornadas electorales contando los votos, reuniendo firmas para avalar candidaturas o partidos, defendiendo la libertad de expresión.
Los gritos, las consignas, los colores de la marcha de ayer nombraban a algo concreto, con oficinas y personal. Sí, todo nombraba al Instituto Nacional Electoral (INE), pero no por defenderlo en sí, sino como mediador y garante de la experiencia democrática. “Sin democracia no hay nada”, leía en la camiseta que portaba un joven enfrente de mí. Y tiene razón. El principio de “una persona, un voto”, independientemente de la clase social a la que pertenezca, la riqueza o pobreza que la caracterice, el poder que represente, es esencial para la convivencia democrática y para la aceptación del otro, aunque sea diferente y hasta quizás antagónico.
La experiencia misma de la marcha fue una comprobación de ese principio: marcharon pacíficamente militantes de partidos que tienen agravios entre sí; organizaciones que no sólo no comparten objetivos y metas, sino que son contrarias, como, por ejemplo, asociaciones que están en contra del matrimonio igualitario o del aborto, derechos que defendemos muchos de quienes participamos en la organización de la marcha. Marcharon personajes a los que quizá una no saludaría en la calle. Marchamos laicos y religiosos. Veteranos de las luchas por la democratización de México y recién llegados. Liberales y conservadores, sí. Personas a favor de la militarización, también los contrarios a la vía militar. Y convivimos y compartimos el asfalto de las calles de nuestro país porque la democracia es lo que hace legítimo el derecho a pensar diferente y actuar en consecuencia.
Es posible que en otras batallas no nos encontremos o que protagonicemos desencuentros estridentes, pero al hacerlo reconocemos el derecho a tener ese debate y a arriesgarnos a perderlo. Pero en la batalla por la democracia y por el INE, como garante de ésta, convergemos, confluimos y marchamos juntos.
“Deseamos —dijo José Woldenberg en su discurso— que México sea la casa que nos cobije a todos”. Eso pedimos a los partidos políticos que tendrán en sus manos el destino de una reforma política regresiva y autoritaria. Porque la marcha tuvo dedicatoria y no era para Palacio Nacional. Recuerden, legisladores, el rumor de los pasos de los cientos de miles de personas que marchamos ayer, rememoren el grito estentóreo: el INE no se toca.
