Gisèle Pelicot o la saga de la liberación femenina
¡Feliz Navidad a mis queridos lectores! “No hay mayor agonía que soportar dentro de ti el peso de una historia no contada”, escribió la poeta norteamericana Maya Angelou. Lo que logró Gisèle Pelicot al decidir hacer público el juicio contra su esposo, ...
¡Feliz Navidad a mis queridos lectores!
“No hay mayor agonía que soportar dentro de ti el peso de una historia no contada”, escribió la poeta norteamericana Maya Angelou. Lo que logró Gisèle Pelicot al decidir hacer público el juicio contra su esposo, Dominique Pelicot, quien la drogaba sistemáticamente para que otros hombres la violaran, fue permitir que esas historias dolorosas pudieran ser contadas por millones de mujeres y, por qué no, por hombres también víctimas de violencia sexual.
Gisèle fundó la decisión de que se conocieran en el juicio algunos de los miles de videos recopilados y filmados por su esposo mientras los hombres que él invitó la violaban, “para que la vergüenza cambie de lado”. Gisèle no es filósofa, no es doctora en teoría de género, no había sido militante de movimientos feministas ni abogada de víctimas. Una jubilada, funcionaria eficiente en temas de logística. Pero la larga saga de la liberación de las mujeres con su oleaje interminable de casos, de historias, de leyes, de manifestaciones, llegó también a su playa. Para tocar quizás el tema más sensible para las mujeres en casos como el de la señora Pelicot. El pudor, la vergüenza, la discreción, la pérdida de valor, el repudio social, la mancha imborrable.
La telaraña de prejuicios sobre la sexualidad femenina, los estereotipos asociados a la “pureza” y a la mujer violada como una porcelana irreparablemente dañada llevaban al silencio agónico al que se refiere Maya Angelou y a la duda que atosigaba a las víctimas: ¿será que fui yo quien provocó la agresión? ¿Mi vestido, mi mini?, ¿no le dije claramente que no? Fiscalías mal capacitadas, policías con prejuicios y machismo rampante reforzaban la tendencia a revictimizar a la víctima. Con su extraordinario gesto, Gisèle obliga a dar un giro de 180 grados para que la vergüenza esté en el agresor y de esta manera cese la impunidad e incluso el victimario pueda tener acceso a una posible redención.
Entre los 50 hombres que aceptaron la invitación de Dominique Pelicot a violar a su esposa y aceptar ser filmados, hay quienes recibieron sentencias que van de los 3 a los 15 años de prisión, pero varios de ellos impugnarán las sentencias. No ven mal en sus hechos. Argumentan que el permiso del esposo bastaba para abusar de una mujer inconsciente. No hay en ellos la idea de derechos inherentes al ser humano: que no los da el esposo, que no los da la condición de casada, que son sólo de ella. Sin poder reconocer esto es imposible que haya un cambio de conducta.
Para dar una idea del peso del miedo al escándalo, a que no se les crea, a que las marque para siempre, vale la pena recordar que para que Harvey Weinstein, el poderoso productor de Hollywood, pudiera ser acusado y sentenciado por abuso sexual de menores, pasaron casi tres décadas. Y no es que no se supiera: se sabía, pero se le temía. Los abogados recomendaban a las víctimas llegar a un arreglo económico y comprometerse a nunca denunciar. Hasta que, gracias a las lecciones del movimiento proderechos humanos y varias de las victorias del feminismo, se llegó a la idea de que ningún arreglo legal podía pasar por encima de los derechos humanos de las víctimas y algunas comenzaron a hablar con valentía.
Durante todo este periodo, el de la construcción del poderoso movimiento Me Too (Yo también) a la fecha, miles de jóvenes deportistas en los equipos olímpicos de muchos países fueron abusadas por sus entrenadores. Los casos de los equipos de gimnasia y natación en EU, Ucrania y Rusia fueron notables. La dinámica era la misma: no denunciar por la vergüenza, no denunciar por el miedo a ser echadas de los equipos, denunciar y recibir un “acostúmbrate” o no ser creídas hasta que, finalmente, empezaron a ganarse casos legalmente.
El caso Pelicot tiene una vertiente diferente a la mayoría de los casos de violencia sexual que generalmente afecta a niñas, adolescentes o mujeres relativamente jóvenes. Las violaciones de Gisèle Pelicot ocurrieron entre los 60 y los 70 años de edad. Hasta ahora, yo tenía serias dudas del caso de Ernestina Ascencio en 2007, la mujer náhuatl de 73 años, de Zongolica, Veracruz, que antes de morir alcanzó a decir que fue violada tumultuariamente por soldados. Ahora lo creo. No es pues el deseo incontenible o la provocación deliberada o no de ellas, sino la ocasión de refrendar dominación, la necesidad de someter, así como vengar agravios de quienes no aceptan la igualdad y la dignidad inherente de las mujeres.
Con sus palabras, dichas con suavidad y dignidad: para que la vergüenza cambie de lado, Gisèle Pelicot ha puesto en marcha un nuevo ímpetu en la saga de la liberación de las mujeres. Gracias, Gisèle, merci madame.
