Envidia

La entrega del Águila Azteca al presidente de Cuba, Miguel DíazCanel, permite examinar una circunstancia similar vivida recientemente por los dos países, pero resuelta de forma diferente y una hipótesis respecto a las razones de la entrega al mandatario cubano de la ...

La entrega del Águila Azteca al presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, permite examinar una circunstancia similar vivida recientemente por los dos países, pero resuelta de forma diferente y una hipótesis respecto a las razones de la entrega al mandatario cubano de la máxima condecoración mexicana a un extranjero.

En junio y julio de 2021, Cuba y México vivieron sendas protestas masivas contra sus respectivos gobiernos. Las de Cuba fueron ruidosas, callejeras, como si se hubiera roto el dique de silencio y miedo al cual han sido sometidos por décadas los y las cubanas. Un “ya no aguanto más” que brotó el 11 de julio en más de 40 ciudades y pueblos, probablemente detonado por las medidas contra la epidemia de covid y las continuas faltas de electricidad, restricciones al internet, falta de medicinas, artículos de higiene personal y alimentos. Protestaron también contra el sistema de vigilancia y denuncia que impide la libertad de expresión y restringe numerosos derechos.

En México, la protesta fue más bien al estilo “de qué callada manera”, silenciosa, discreta, de individuos que no se han puesto de acuerdo, pero que descubren posteriormente que coincidieron con millones. Y es que las elecciones libres y confiables permiten expresar la protesta mediante el voto personal. El 6 de junio, millones de electores salieron a las calles, unos a ratificar su apoyo al gobierno actual y otros tantos a pedir un cambio de rumbo.

En Cuba, el hoy recién condecorado Díaz-Canel se apresuró a calificar a quienes protestaban como “enemigos” y llamó al “pueblo revolucionario” a enfrentarse contra aquellos. En la misma noche del 11 de julio fueron detenidas cientos de personas; antes se había obstaculizado el trabajo de la prensa extranjera impidiendo que salieran a la calle; se suspendió el internet, se continuó con el discurso de “ellos contra nosotros”. Aumentaron las detenciones, los juicios al vapor, sentencias absurdas contra artistas y personalidades que protestaron. Según Amnistía Internacional, para fines del año pasado más de 700 personas continuaban en la cárcel como presos políticos. Encarcelados por decir pacíficamente lo que piensan.

Los que protestaron en México no supieron de inmediato del impacto y relativo éxito de su protesta. Lo supieron días y semanas después, cuando se pudieron apreciar en perspectiva los resultados electorales, la suma aquella de “un voto, un ciudadano”, que arrebató a la coalición oficialista la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, una mayoría de alcaldías en la Ciudad de México y el triunfo en numerosas grandes ciudades.

Dado que aquí el voto es un derecho y la secrecía de éste hace difícil que el gobierno en turno castigue a quienes votaron contra él —como sí se puede hacer en Cuba—, el Presidente optó por intentar destruir al Instituto Nacional Electoral (INE) y desmantelar la infraestructura institucional y de recursos humanos que garantiza la realización de elecciones limpias y confiables.

Mi hipótesis. En México, la Presidencia poco acotada permite, entre otras cosas, cumplir fantasías de juventud. ¿Soñó con el trenecito en la península de Yucatán? Que se haga, sin importar estudios de factibilidad o permisos ambientales. ¿Qué le gusta el beisbol? Que florezcan 100 estadios. Pero no hay mayor fantasía e ilusión de quienes llegaron a la juventud en los 60 que la revolución cubana, con su gesta de David contra Goliat, los discursos inacabables, pero entretenidos de Fidel Castro, las ilusiones de un hombre nuevo y una sociedad nueva. Y el ingrediente perfecto para eternizar la lucha del pequeño héroe contra el gigante perverso: el embargo contra Cuba que nuestro Presidente insiste en llamar bloqueo porque, si no, no sale la narrativa tan heroica como lo piden sus sueños adolescentes.

El Presidente quisiera ser el protagonista de ese relato de buenos contra malos, de pequeños vencedores contra gigantes sin sentimientos, de revolucionarios que vencen el statu quo, de líderes que hacen a un lado todo aquello que estorbe su proyecto heroico. Pero si no puede cumplir ese rol histórico (e histérico) porque está atrapado en México, con su abigarrado sistema electoral, con números insuficientes en el Congreso para realizar todos los cambios con los que ha soñado, con una sociedad que sale a las calles a defender algo tan burgués como la democracia, dependiendo económicamente de un tratado con el gigante perverso, entonces habrá de convertirse, aunque sea simbólicamente, en el adalid de la causa de Cuba, la nueva Numancia, dice. Y empecemos por otorgar la orden del Águila Azteca, en grado de collar al presidente dictador.

Que cada quien haga de sus fantasías adolescentes lo que pueda. Nosotros vámonos este 26 de febrero al Zócalo y a donde se haya acordado en más de 60 ciudades, a defender la democracia, a asegurar que nuestro voto valga y a defender al INE.

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