Elecciones primarias, sí o no
Cada vez son más las voces que se pronuncian con simpatía o al menos curiosidad sobre la propuesta de las elecciones primarias como método para decidir la candidatura de la alianza Va Por México o, incluso, de la alianza oficialista. Vale la pena examinar muy ...
Cada vez son más las voces que se pronuncian con simpatía o al menos curiosidad sobre la propuesta de las elecciones primarias como método para decidir la candidatura de la alianza Va Por México o, incluso, de la alianza oficialista. Vale la pena examinar muy someramente qué experiencias hay en México con las elecciones primarias.
Sorprendentemente, hay más de las que uno imagina. Generalmente no se les llama así, pero se trata de ejercicios que bien podrían merecer ese nombre. Y todas tienen un rasgo común: arrancan a las burocracias partidarias un pedazo de poder. Si a esos ejercicios sigue o no el triunfo, generalmente se debe a otros factores que intervienen en una elección general.
Aunque no fue para la candidatura presidencial, creo que la primera experiencia de elecciones primarias fue un experimento lanzado por Carlos Madrazo, cuando fue presidente del PRI en 1967, para la gubernatura de Sonora. Con la aprobación de la dirigencia nacional, se formaron tres comités apoyando a igual número de precandidatos. El proceso prendió entre las bases priistas (difícilmente había otras) y molestó al presidente Gustavo Díaz Ordaz, que inmediatamente señaló quién sería su candidato, Faustino Félix Serna, que no figuraba en las ternas que competían. La abierta intromisión del Presidente causó indignación en todo el estado y generó una huelga estudiantil y cívica generalizada.
Hay dudas de que el candidato oficial haya ganado la elección, tanto así que cuando se le reconoció el triunfo tuvo que hacerse acompañar de un ejército paramilitar, la odiada Ola Verde; el ejército oficial —al mando del general Hernández Toledo, sí, el mismo de Tlatelolco— tomó con paracaidistas la Universidad de Sonora, corazón de la resistencia. Decenas de líderes salieron al exilio a Estados Unidos; las heridas todavía no cierran del todo, expresadas sobre todo en una absurda rivalidad entre cajemenses (Félix Serna era de Ciudad Obregón) y hermosillenses.
Como el que se quema con leche hasta al jocoque le sopla, los experimentos democráticos dentro del PRI tardaron en llegar, además de que se le atravesaron crisis gravísimas como la rebelión del 68, la rebelión de Chihuahua en 1986 contra el fraude electoral, la candidatura de Cárdenas en el 88, el asesinato de Colosio, etcétera, síntomas clarísimos de la disfuncionalidad del sistema.
El PRI se vio obligado a realizar elecciones primarias para decidir quién sería su candidato para la elección de 2000, debido a la rebelión de sus bases contra lo que éstas llamaron (y era) la tecnocracia. Todo comenzó con la XIX Asamblea Nacional en septiembre de 1996, cuando —contra la voluntad del presidente Zedillo— se decidió adoptar los famosos “candados”, entre otros, que no se podría ser candidato a la Presidencia si antes no había ganado una elección. En preparación para la elección del 2000 se intentaron quitar los candados “para dar más margen de maniobra al Presidente”, pero las bases no cedieron. Así, se llevó a cabo la elección primaria para elegir entre Francisco Labastida, Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Roque Villanueva, mediante voto secreto y directo de militantes y simpatizantes. Se emitieron 10.5 millones de votos, con una mayoría a favor de Labastida.
Dos elecciones internas de Acción Nacional, con gran parecido a las primarias, una en 2006 y otra en 2012, muestran también el rasgo principal de este tipo de ejercicios: la participación de las bases y simpatizantes independientemente de la voluntad de la cúpula partidaria. En la elección interna de 2006 se recordará que Felipe Calderón apoyó su candidatura con el corrido ***El hijo desobediente*** porque se opuso a la decisión del presidente Fox de apoyar a Santiago Creel y ganó la elección. En la elección interna de 2012 le tocó a Felipe Calderón, ya como presidente, una probada de lo que vivió Fox. La cargada desde Los Pinos fue para apoyar a Ernesto Cordero, pero la militancia votó mayoritariamente por Josefina Vázquez Mota.
Mucho hay que discutir, afinar y acordar sobre el método que más democráticamente sirva para decidir una candidatura ganadora de la oposición para 2024. Lo que queda claro es que lo que se juega en la elección de 2024 —un alto al deterioro del bienestar de las personas y de la democracia impuestos por este gobierno— es tan importante que se requiere involucrar a una parcela mucho mayor de la sociedad mexicana que la que abarcan los partidos. Las elecciones primarias son una fórmula ideal para lograrlo. Tanto para construir un programa oyendo a los mexicanos y mexicanas de todos los rincones del país como para imaginar quién lo puede encarnar con mayores posibilidades de triunfo. Se puede.
