El vestido

A la memoria de Ifigenia Martínez, pionera. Lo mejor de las ceremonias del 1 de octubre fue el vestido que eligió Claudia Sheinbaum para tomar posesión como Presidenta constitucional y para dar a conocer sus compromisos. Fue lo mejor, en primer lugar, porque era lo ...

A la memoria de Ifigenia Martínez, pionera.

Lo mejor de las ceremonias del 1 de octubre fue el vestido que eligió Claudia Sheinbaum para tomar posesión como Presidenta constitucional y para dar a conocer sus compromisos. Fue lo mejor, en primer lugar, porque era lo que era: un vestido, una prenda de mujer y sólo de mujer. De delicado color marfil y cuyo único adorno era un bordado asimétrico, un bordado discreto, pero colorido, de flores, limitado a sólo una parte de la falda y los puños para que todo el lienzo claro del resto de la prenda permitiera destacar la banda presidencial. Pudo haber sido un traje sastre, la reinvención femenina del traje masculino perfeccionada por Coco Chanel o el famoso traje ejecutivo para que en las reuniones donde se toman decisiones no fueran a salir los señores con un “adorna esta mesa fulanita de tal…”. Pero un traje es un traje, que desde el nombre puede ser de hombre o mujer, y un vestido es un vestido. Qué bueno que fue un vestido.

Y fue lo mejor porque los discursos de la Presidenta no lo fueron. De hecho, el mejor discurso fue uno que no se dio. El delicado estado de salud de la presidenta de la Mesa Directiva, la diputada Ifigenia Martínez, que fallecería cuatro días después, le impidió dar lectura a su discurso. En éste afirma:

“Que nuestras diferencias no nos dividan, sino que sean la fuente de propuestas y de soluciones compartidas a los distintos retos que enfrentamos… Necesitamos tender puentes entre todas las fuerzas políticas, dialogar sobre nuestras divergencias y construir juntas, juntos, un país más justo y solidario. Es tiempo de altura de miras. Es tiempo de construir nuevos horizontes y realidades. Es tiempo de mujeres. Sigamos dejando huella”.

En contraste, casi al final de su discurso ante el Zócalo, Sheinbaum afirmó: “Tengo claro que somos la única opción que representa el bienestar y el progreso con justicia”, una afirmación más propia de una candidata que de una Presidenta que renunció a Morena porque, dice, que va a gobernar para todos y todas. Ello me recordó, a propósito del vestido, una escena de Galileo Galilei, la obra de teatro de Bertolt Brecht. En ella hay una escena en los aposentos del Papa, en el que están vistiendo al cardenal que será el nuevo Papa. En la medida en que va vistiendo las distintas capas del atuendo que sólo puede vestir el heredero de Pedro, el cardenal va cambiando y su mirada va dejando los pequeños pleitos para asumirse como jefe del Vaticano. Todavía no vemos esta transformación en Sheinbaum.

Fue un discurso sólo para los morenistas y, al igual que López Obrador, repite los mismos trucos de los gobernantes populistas: todo el pasado (el neoliberalismo) fue una negra noche; antes de López Obrador los mexicanos éramos indignos y él fue el que nos devolvió la dignidad; cifras alteradas a conveniencia como la de los millones que salieron de la pobreza, donde escogió la cifra del Banco Mundial, 9.5 millones, que mide sólo ingresos y no la del Coneval, 5 millones, que mide acceso a la educación, salud, servicios de calidad, etcétera, y cuya elaboración conceptual ha sido una importante aportación mexicana a los estudios sobre pobreza. Caricaturización del PJF como corrupto y la falsedad de que con la reforma ahora sí habrá independencia.

Una referencia sentimental a la lucha de las mujeres no borra el inmenso daño que causarán el ataque sistemático al PJF, presidido, por cierto, por una mujer profesional admirable, y la militarización y el militarismo consagrados ahora en la Constitución. Por más paritarios que puedan ser, no me convencen los pelotones de fusilamiento de la democracia, como lo sería el tribunal que juzgaría a jueces, magistrados y ministros, según la reforma recién aprobada o un Congreso paritario, pero sin legisladores plurinominales.

Finalmente, saludo la reflexión que iniciará la Corte sobre si existen o no límites al poder reformador cuando se alteran premisas esenciales –pétreas, dicen algunos– de nuestro acuerdo político fundamental. Este gobierno y el pasado se congratulan de sentar precedentes, de “primeras veces” y logros con trascendencia histórica mundial. ¿Cuál es el problema entonces de que la Corte también razone fuera de la caja del dogma, cuando se aprueba una reforma que pone en peligro la separación de Poderes y se propone capturar a todo el Poder Judicial? La Presidenta reduce todo a una provocación y a un intento de los ministros por preservar “sus privilegios”. Juristas del mundo entero de diversas corrientes y doctrinas han advertido del carácter regresivo y antidemocrático de la reforma aprobada. El pueblo no les dio las mayorías calificadas: las robaron y ella lo sabe.

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