El profeta derrotado
A Natalie Kitroeff, con mi solidaridad. La tierra de leche y miel prometida por el profeta iluminado durante las elecciones de 2018 y los cinco años de su gobierno se ha convertido en un infierno. No lo dice Tim Golden ni Anabel Hernández ni Insight Crime. Menos lo ...
A Natalie Kitroeff, con mi solidaridad.
La tierra de leche y miel prometida por el profeta iluminado durante las elecciones de 2018 y los cinco años de su gobierno se ha convertido en un infierno. No lo dice Tim Golden ni Anabel Hernández ni Insight Crime. Menos lo afirma Natalie Kitroeff en su reportaje para el New York Times (NYT) sobre las investigaciones que han realizado la DEA y otras agencias y suspendidas por razones políticas. Lo grita la plaza pública, es decir, el pueblo.
El 3 de enero de 2018, el entonces candidato, Andrés Manuel López Obrador, prometió que en tres años habría recuperado la paz: “A mitad de sexenio, no habrá guerra”. Unos meses antes, en diciembre de 2017, el profeta prometía una amnistía que incluiría a los jefes de los cárteles del narcotráfico.
Pero en julio de 2021, sí, tres años después de su triunfo y todavía con los moretones de la severa paliza con la que los electores castigaron a su partido en las elecciones de junio, el Presidente reconoció: “Si no terminamos de pacificar a México, por más que se haya hecho, no vamos a poder acreditar históricamente a nuestro gobierno” (El País). Su gobierno no sólo no ha “terminado de pacificar a México”, sino que la mayoría de la población lo considera el principal problema del país y, por primera vez, el principal problema de su familia. Mes tras mes, en las encuestas que he revisado desde marzo de 2021, alrededor del 60% cree que la crisis de la seguridad ha empeorado. En febrero de 2024, el porcentaje subió a 66 por ciento (México Elige).
En ese seguimiento, la inseguridad siempre fue citada como el principal problema del país, pero no como la principal intranquilidad de las familias, más preocupadas por la economía y en especial por la inflación. La experiencia directa o indirecta con el crimen organizado no tocaba a la mayoría de las familias. Siempre era un problema de los otros, de los que vivían en tal o cual lugar asolado tradicionalmente por la delincuencia…hasta que dejó de ser el problema de los otros. Los medios de comunicación trajeron a la sala del hogar el asesinato de jóvenes que podían haber sido el hijo o la nieta de cualquiera. La que había logrado graduarse con honores; los primos que estudiaban medicina. El ahijado secuestrado y después desaparecido. La tragedia del huracán Otis en Acapulco corrió la cortina que disimulaba a un estado y a un puerto turístico, ligado a los recuerdos felices de tantos, tomados por la delincuencia en casi todos los pasos de su economía y a una gobernadora preocupada más por sus pestañas postizas que por la tragedia que se vive en Guerrero. Y a un Presidente que, teniendo la información del desastre inminente, decidió enviar sólo un tuit, pasadas las 7 de la noche.
Por ello, en la manifestación del 18 de febrero y para sorpresa de quienes habíamos convocado, el grito que retumbó en el Zócalo fue el de #narcopresidente. Nunca se sugirió desde la tribuna ni en los múltiples chats de las organizaciones de la sociedad civil en los cuales se propusieron consignas a favor de la democracia y de elecciones libres y justas.
Durante estos cinco años, las redes sociales se han saturado de insultos al Presidente. El mismo primer mandatario ha trabajado arduamente para hacer añicos el respeto, reticencia o incluso miedo con que tradicionalmente se dirigía uno al Presidente. Cada grupo social al que ha ofendido, dañado e insultado, agrega un vituperio más a la lista. Que “anciano decrépito”, que el “kkas”, etcétera, pero estos no resuenan en las plazas como retumbó el de “narcopresidente”. Las investigaciones reveladas por Pro Publica y por el NYT sólo fueron una suerte de confirmación de lo que corría de boca en boca. Todos y cada uno sabían de un nuevo episodio de impunidad. De un nuevo rasgo de suavidad y amabilidad hacia los delincuentes y de la indiferente crueldad hacia las víctimas. “Iban por droga”, afirmó irresponsablemente sobre los cinco estudiantes asesinados en Celaya. La madre del Chapo Guzmán es una pobre ancianita inocente para quien buscó una visa que le permitiera visitar a su hijo, preso en EU. Pero no recibe a las madres buscadoras. La gente ve, observa y cuenta los muertos: 180 mil en lo que va del sexenio.
No conocemos la evidencia recabada en las investigaciones iniciadas en EU. Oro o paja, no lo sabemos. Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que el Presidente no recibió a Silvano Aureoles cuando lo buscó para llevarle pruebas de la participación del narco a favor de su partido en Michoacán en las elecciones de 2021. No pidió a la Fepade que investigara las denuncias del senador sinaloense Mario Zamora sobre la megaoperación del crimen organizado en la víspera de las elecciones de ese mismo año. Tampoco detuvo el flujo de recursos financieros provistos por el huachicolero Sergio Carmona hacia Morena. Hay muertos y desaparecidos como nunca antes. La plaza pública no necesitó más evidencia de la derrota del profeta.
