El faro
El faro, esa sencilla construcción en tierra firme, que guía a los marineros en la oscuridad con su luz potente o en el día con su figura que se alza solitaria e inconfundible a la orilla del mar. Siempre en el mismo lugar. En estos tiempos conturbados, donde desde ...
El faro, esa sencilla construcción en tierra firme, que guía a los marineros en la oscuridad con su luz potente o en el día con su figura que se alza solitaria e inconfundible a la orilla del mar. Siempre en el mismo lugar. En estos tiempos conturbados, donde desde Palacio Nacional se le niega la bandera nacional a cientos de miles de mexicanos, ¿cuál es nuestro faro?, ¿cuál es esa referencia serena a la que podamos acudir los con bandera y los sin bandera para encontrarnos y recuperar a México, rescatarlo de las garras del crimen autorizado e impedir que germine la semilla del odio fratricida cultivada desde la Presidencia?
Nuestro faro no puede ser otro que la Constitución. Mientras no se reemplace mediante los procedimientos sabiamente incluidos en ella, la Constitución es el punto de coincidencia y encuentro entre todas y todos los mexicanos. O debería serlo.
La forma es fondo. En su arranque de campaña, Claudia Sheinbaum siguió el ejemplo de su mentor y propuso 100 puntos; no 90 o 110, cien puntos, igual que el presidente López Obrador. Su libertad se acaba ahí donde termina el ejemplo presidencial. En el punto 55 anunciado en diciembre de 2018, se afirmaba: “Habrá un auténtico Estado de derecho. A nadie le estará permitido violar la Constitución y las leyes y no habrá impunidad, fueros ni privilegios”. Cinco años después, sabemos que este compromiso tiene tanto valor como el polvo que recogen los zapatos. El principal violador de la Constitución y del Estado de derecho ha sido el Presidente, su partido, sus legisladores, sus fiscales. Claudia Sheinbaum ha apoyado todas y cada una de las violaciones constitucionales porque su faro es otro. El faro que la guía no es la Constitución, sino López Obrador y su proyecto de demolición institucional.
En su primer compromiso no menciona que será respetuosa de la separación de Poderes, sino que gobernará “con la obligada división entre poder político y poder económico”, una descripción ajena a la arquitectura constitucional y ajena a la experiencia de estos cinco años, en los que los hombres más ricos de México fueron huéspedes frecuentes de la mesa presidencial. El poder político y el poder económico entrelazados. Y no promete ser respetuosa de la separación de Poderes porque en su proyecto, en su faro, no hay más que el poder omnímodo del Ejecutivo, la demolición de la Suprema Corte y la destrucción por etapas del Poder Judicial y un Legislativo convertido en la tiranía de la mayoría, su mayoría. El “proyecto” no debe ser obstaculizado por nada. Ni el INE ni el TEPJF ni los órganos autónomos de vigilancia, transparencia y competencia.
La reforma electoral que apoya Sheinbaum incluye regresar a 1967, antes de la primera reforma que introdujo a los diputados de partido. La eliminación de los legisladores plurinominales deja fuera a las minorías, aun si fueran de gran representatividad y peso político. Se dirá que si gana la oposición –como sucederá– esta reforma también nos beneficiaría. Pero no creemos en la democracia monocromática. La eliminación de la reelección impide la formación de legisladores y gobernantes locales experimentados. Todos novatos, más fáciles de manipular. La elección por voto popular de los consejeros del INE y del TEPJF las entrega a las mayorías partidarias.
La candidata insiste en mostrar su desprecio al Poder Judicial: le pide “que deje de proteger intereses de una minoría” y por ello apoya la iniciativa presidencial que entrega la Corte al partido mayoritario, a través de la elección de ministros mediante el voto popular. Otras iniciativas pretenden nulificar el derecho de amparo en acciones de inconstitucionalidad o controversias constitucionales que no alcancen los ocho votos. La reforma apoyada por Sheinbaum es una bomba nuclear a las puertas de la Suprema Corte.
En cuanto a “exportar” los éxitos en seguridad en la CDMX a todo el país, ésta es una historia basada en la necesidad de construir un discurso electoral. Si bien ha habido una ligera disminución de la percepción de inseguridad en la CDMX, de 88 a 80% de ciudadanos que se sienten inseguros (ENVIPE), esto difícilmente puede llamarse éxito. Por otra parte, las cifras de reducción de homicidios dolosos y delitos de alto impacto citadas por la candidata se han cuestionado por numerosos especialistas (Nexos, 12/2023), no sólo por la eliminación en las estadísticas de homicidios de las “muertes por causa indeterminada” —que representan 35% de las muertes, cuando en otros estados éstas representan apenas 6%—, sino por ignorar otros factores como arreglos locales con las bandas y otros.
La discípula del Presidente promete trenes, carreteras y becas. Promete también dinamitar la Corte y el Poder Judicial, limitar el derecho de amparo, formalizar la calidad de levantadedos de los legisladores de ambas Cámaras, destruir al INE, al TEPJF, a las instituciones de transparencia, competencia y rendición de cuentas. Su faro es el Presidente. Nuestro faro es la Constitución.
