El castrador
A la ministra Norma Lucía Piña, mi solidaridad y admiración. La violencia ejercida por el presidente Andrés Manuel López Obrador contra la ministra presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación SCJN ...
A la ministra Norma Lucía Piña,
mi solidaridad y admiración.
La violencia ejercida por el presidente Andrés Manuel López Obrador contra la ministra presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) desborda la definición clásica de violencia por razones de género. ¿La calumnia porque es mujer? Veamos. Imaginemos que la ministra doblemente plagiaria, Yasmín Esquivel, hubiera ganado la presidencia de la Corte. Al Presidente no le hubiera alcanzado la mañanera para comunicar su alegría y dar a conocer su triunfo a la nación entera y a los planetas del Sistema Solar. Se habría logrado el objetivo —según él mismo confesó— de contar, en definitiva, con cuatro ministros de la Corte, evitando que se reconocieran inconstitucionalidades donde las hay. No se trata de un caso clásico de misoginia, padecimiento por el que se detesta a todas las mujeres. No, no a todas.
La violencia es un ataque a la potencia del otro o de la otra. Busca destruir la agencia, la capacidad de una persona para actuar en el mundo o sobre el mundo. La violencia verbal, psicológica, digital, busca anular, disminuir, someter. Lo vemos con varias de las mujeres más cercanas al círculo del poder: anuladas, disminuidas, sometidas. Antes potentes, transformadoras, irritantes y subversivas ante el poder. Hoy callan cuando el Presidente califica al movimiento feminista como “conservador” y una conspiración contra su gobierno. Callaron cuando insistió durante la pandemia que fueran las mujeres las que se responsabilizaran del cuidado de los enfermos, pues “es un hecho que son las hijas las que más cuidan a los padres”; callaron cuando se destruyeron las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo, elementos que facilitan el ingreso de la mujer al mundo laboral. Y voltean para otro lado cuando desde la Presidencia se injuria a la ministra presidenta de la SCJN, enviando un mensaje desalentador para aquellas que pelean por ascender y tener un papel protagónico en las instituciones.
Antes eran aliadas valiosas, solidarias y esenciales para conseguir avances para todas; hoy la polarización, fomentada desde Palacio, les impide darnos la mano, que sigue tendida.
La violencia del Presidente es contra las mujeres insumisas, contra las empoderadas, contra las rebeldes, contra las que han cultivado un pensamiento propio, contra las que tienen en su corazón un proyecto emancipador para millones de mujeres y no el de un solo hombre. Es justo decir que esa violencia verbal cotidiana desde Palacio Nacional también la sufren hombres con características semejantes: pensamiento propio, autonomía, costumbre de hacer y decir sin pedir permiso. Pero cuando se trata de mujeres hay un piso que se mueve, un resorte que vibra y molesta porque se altera “el orden natural de las cosas” desde milenios atrás. Y ese orden supuestamente natural es el de mantener a las mujeres con menos oportunidades de independencia y autonomía que los hombres. La urdimbre de costumbres, leyes, hábitos e instituciones que constituyen eso que llamamos patriarcado y que mantiene a las mujeres con menores salarios, con menos empleos calificados, con números exiguos en las direcciones de las empresas e instituciones, y sometidas a un tsunami de violencia física, verbal, psicológica y digital, como no se había visto. El patriarca pide lealtad a ciegas. Pide que le obedezcan porque la trascendencia universal de su proyecto lo exige. Ofrece libertad de expresión, pero amenaza con la hoguera de la mañanera.
El Presidente que juró guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen ejerce violencia contra la titular de uno de los tres poderes. Abusa de su poder. No quiero repetir las palabras revulsivas del Ejecutivo y, peor aún, las de sus huestes, atentas a las señales y órdenes que se les dan, porque sería de nuevo ofender a una funcionaria con una carrera ejemplar.
Y no es que Norma Lucía Piña necesite en lo personal que se le defienda. Es que la ofensa es para todas las mujeres, para todas las que quieren una vida libre de violencia, para las que quieren ser autónomas, para las que ya lo son, para las que ambicionan una mejor vida para sus familias, para las que estudian o desean estudiar para saber y crecer; para las decenas de miles de estudiantes o profesionales de la abogacía, hoy mayoría en las facultades de derecho, que confían en la Constitución, que han estudiado los tratados y las convenciones de las que México es Estado parte y que hablan de la primacía de los derechos humanos. Estas mujeres ven un abismo entre lo que dicen la Constitución y las leyes y la realidad cotidiana de discriminación y violencia imparable y brutal contra las mujeres, niñas y adultas mayores. Y no están dispuestas a permitir que ese estado antinatural de las cosas permanezca de esa manera. Son mujeres insumisas, que han visto con ilusión y asombro que a una mujer, de talla petite, se le llame presidenta de la Corte.
¡A celebrar el 8 de marzo para lograr todos los derechos para todas! ¡El patriarcado se va!
