Brasil: por un pelito
Felicidades al querido Lula por su triunfo. Luiz Inácio Lula da Silva fue electo presidente de Brasil por una diferencia de 1.7%, menos de dos millones de votos de entre 118 millones de votos válidos. Varias encuestas predecían una diferencia a ...
Felicidades al querido Lula por su triunfo.
Luiz Inácio Lula da Silva fue electo presidente de Brasil por una diferencia de 1.7%, menos de dos millones de votos de entre 118 millones de votos válidos. Varias encuestas predecían una diferencia a favor de Lula, de entre 4 y 5 puntos. ¿Nuevamente fallaron las encuestas? No, falló la regulación electoral. A diferencia de nuestro sistema, el brasileño permite que el Ejecutivo en turno utilice en forma masiva programas sociales hasta días antes de la elección. Y eso fue exactamente lo que hizo el presidente Jair Bolsonaro.
El sistema electoral brasileño se construyó en el ambiente optimista que privaba durante el regreso a la democracia en 1985 y la aprobación de una nueva Constitución en 1988, lo que le permitió incluir importantes avances y dejar atrás el sistema de elecciones indirectas. Desde mi punto de vista, su sistema electoral tiene dos ventajas principales frente al nuestro: la inclusión de la segunda vuelta para presidente y gobernadores, y el voto electrónico. Este último abarata la elección, compensa los gastos extra de la segunda vuelta y entrega resultados confiables e inmediatos. En menos de tres horas después de cerradas las casillas, Brasil sabía el nombre de su futuro presidente. Una desventaja notable respecto al nuestro es la participación abierta de las iglesias, tanto para elegir pastores y permitir la constitución de una bancada evangélica en la Cámara de Diputados como para promover el voto entre sus feligreses.
Desde la democratización, Bolsonaro es el primer presidente en no lograr la reelección, pero nadie debe quedarse tranquilo con esa referencia. Menos de la mitad de los 7 millones de votos obtenidos en la primera vuelta por los partidos centristas PDT y PSB, cuyos candidatos pidieron votar por Lula, lo hicieron por el candidato del PT. Lula aumentó su caudal en sólo tres millones de votos, mientras que el exmilitar de ultraderecha logró aumentar su caudal en 7 millones.
Los sistemas electorales brasileño y mexicano comparten el mismo reto y pecado original: el financiamiento paralelo a las campañas. Éste fue el origen del escándalo de Lava Jato en Brasil, en el que todos los partidos relevantes —sin excepción— estuvieron involucrados, aunque, sin duda, de forma más relevante el PT, que era el partido gobernante. En el caso de México, el problema se ha agravado por la participación explícita del crimen organizado a favor del partido del Presidente y la aceptación presidencial tácita de esta “colaboración”. Manuel Espino llegó tarde con su propuesta (Acosta Naranjo dixit).
Recién declarado triunfador, Lula reveló la clave de la elección tan cerrada: “No vencimos a un candidato, sino a la máquina del Estado brasileño”. Y tiene toda la razón. En esto, nuestro sistema es mejor. El entramado de leyes e institucional que construimos en torno al INE y al TEPJF permite una mejor vigilancia y fiscalización, tanto de los partidos como de la administración pública. Vigilancia no siempre es igual a eficacia para detener las trapacerías, pero éstas se saben y su posible exposición a la luz pública es un importante desincentivo.
En el caso de Brasil, la legislación es más laxa respecto al uso de los programas sociales durante el periodo electoral. Bolsonaro abusó de esto en forma multimillonaria. Once días antes de las elecciones, se depositó en forma adelantada la última mensualidad para unos 700 mil taxistas y choferes en forma de auxilio para la gasolina. Se depositó, también en forma adelantada, el aguinaldo para todos los jubilados. El presupuesto para 2022 triplicó el financiamiento a los partidos políticos, con respecto a lo que se gastó en la elección de 2018. Auxilio Brasil, el programa que llega a 66 millones de familias, creado durante la pandemia, y que depositaba 400 reales aumentó 200 reales más durante este año e hizo su último depósito del 11 al 25 de octubre, es decir, durante la campaña de la segunda vuelta. El presidente autorizó nuevos créditos para las personas beneficiarias de este programa.
La mayoría de los electores brasileños votaron por más, no menos, democracia, como dijera Lula en su discurso de la victoria. Pero el sistema electoral crujió al mostrar el impacto del uso de la máquina pública a favor del candidato oficial y las limitaciones del Tribunal Superior Electoral para impedirlo.
No es exagerado decir que el mundo entero respiró aliviado con el triunfo de Lula, un demócrata convencido, y la derrota de un militarista, negacionista de la epidemia de covid-19 y negacionista también del cambio climático. Yo también respiré aliviada. Deseo al querido Lula la mejor de las suertes y que navegue con buen viento en esta encomienda que le ha dado el pueblo brasileño.
