Bolsonaro en el Senado

¿Para esto luchamos tanto las mujeres, para que una senadora acuse a otra de ser una “mujer de ligerezas”? Me refiero a la sesión del Senado de la República del 4 de octubre en la que se discutió y aprobó la minuta enviada por la Cámara de Diputados sobre el ...

¿Para esto luchamos tanto las mujeres, para que una senadora acuse a otra de ser una “mujer de ligerezas"? Me refiero a la sesión del Senado de la República del 4 de octubre en la que se discutió y aprobó la minuta enviada por la Cámara de Diputados sobre el artículo quinto transitorio que prolonga y facilita  hasta 2028, la militarización del país.

El contexto: la senadora, Rocío Abreu, de Morena, partido que se autoproclama de vanguardia, supuesto protagonista de una revolucionaria transformación y de la historia misma, se empeña en defender a un hombre, el Presidente de la República, a quien la senadora y artista del performance, Lilly Téllez, acusa de haber rendido la plaza al crimen organizado. Habiendo sido electa por Morena, Lilly Téllez, se afilió posteriormente al Partido Acción Nacional, partido de centro derecha. Hay que defender al Presidente a cómo dé lugar, hay que recurrir al argumento infalible: acusar a la adversaria de mala conducta. La senadora Abreu, de un proyecto pretendidamente de vanguardia, acusa a Lilly, de centroderecha,  de ser una “mujer de ligerezas”.

¿Hace cuánto que no se escuchaba semejante arcaísmo ridículo? El adjetivo “mujer ligera” es  lo opuesto al de “mujer pura”. La idea impuesta por los machos, antes de que existiera la prueba del ADN, de la pureza de la mujer como una característica esencial para garantizar que los hijos que conciba sean suyos. La mujer no debe sentir placer, no debe cambiar de pareja (preferible cargar la cruz de un mal marido), debe guardar su pureza virginal hasta casarse, no debe tener la iniciativa en el cortejo y no debe ceder con rapidez a los avances del varón.

La senadora Abreu habló como la verdadera embajadora de Jair Bolsonaro en México. Patria, familia y religión y las mujeres a sus casas,  a la iglesia o a quitarle los zapatos al esposo y jefe cuando llega cansado al hogar.  Porque la acusación vertida por la senadora Abreu de que la senadora panista es una “roba maridos” es la perfecta prolongación de la defensa del hombre macho: él era buen padre y buen esposo hasta que llegó la mala, la mujer “de ligerezas”. Indefenso, infantil, sin voluntad frente a la fuerza de sus instintos sensuales. ¿No es, en el fondo, el mismo argumento en defensa  del violador cuyo deseo sexual fue despertado por las ropas, la belleza, las insinuaciones de la mujer? ¿No es el mismo argumento de los ayatolas de Irán y de su  policía de la moral contra las mujeres que desechan el velo?

Sería injusto de mi parte endosar a la senadora Abreu la sola representación del bolsonarismo en México. Desde hace tiempo vengo anotando las crecientes coincidencias que existen entre el proyecto del presidente López Obrador y el de Jair Bolsonaro. Con matices sí, pero cómo se parecen. La coincidencia más fuerte es el sometimiento de ambos a la cúpula militar bajo la premisa de que las Fuerzas Armadas son las únicas fuerzas confiables e incorruptibles. Coinciden también en su golpeteo a la autoridad electoral y las acusaciones preventivas de fraude electoral. Y en sus ataques a las respectivas Cortes Supremas que de vez en cuando amenazan con  aprobar temas de vanguardia que ofenden a las iglesias cristianas y al “catecismo moral” de esos presidentes. Los une también, como cordón umbilical, la admiración al régimen “fuerte” de Vladimir Putin y su apoyo abierto o discreto a la invasión rusa. Ambos son profundamente conservadores.

Todas las senadoras morenistas apoyaron, con su silencio, el discurso profundamente machista y patriarcal de la senadora Abreu. Ninguna levantó la mano para separarse de esas expresiones. Al contrario: la festejaron con bromas. Celebraron aprobatoriamente que no se pueda pensar en una mujer política sin sexualizarla. Que se sospeche de la belleza.

Vinieron los llamados a “elevar el debate”. ¿Pero qué representará un mayor nivel de injurias: el discurso performático y deliberadamente provocador de la senadora Téllez o el maltrato a la Constitución permitido y defendido en el Senado por la mayoría morenista? ¿Aprobar una ley que explícitamente viola la Constitución al adscribir a la Guardia Nacional a la Sedena, no es un insulto más escandaloso que la actuación de la senadora sonorense? ¿Robar dos votos e imponer a Rosario Piedra —espuria— en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos no es más grave que en discurso altisonante?  Quien ha permitido que el Ejército no rinda cuentas, es la mayoría bolsonarista. Quien celebra la destrucción de la ciencia en México es la mayoria bolsonarista. Y sobran los ejemplos.

Las buenas conciencias se inflaman y protestan, cuando ellas y sólo ellas, han convertido al Congreso en un matasellos obsequioso del Ejecutivo.

Temas: