Anti credo
A dos días de que tome posesión la primera Presidenta de México y después de haber aportado mi granito de arena en esto de romper el techo de cristal, permítame ser un tanto anticlimática: no creo en la superioridad de las mujeres para gobernar; tampoco en que de la ...
A dos días de que tome posesión la primera Presidenta de México y después de haber aportado mi granito de arena en esto de romper el techo de cristal, permítame ser un tanto anticlimática: no creo en la superioridad de las mujeres para gobernar; tampoco en que de la llegada de Sheinbaum a la Presidencia se siga en automático un avance sustancial en los derechos de las mujeres, particularmente en el derecho a una vida libre de violencia, al contrario, temo un retroceso; tampoco encuentro ejemplares, en el sentido de sentar un precedente positivo para las mujeres, de cómo logró capturar la candidatura de Morena ni su contundente triunfo electoral. No coincido con quienes afirman que “si le va bien a Claudia, le va bien a México” lo cual no quiere decir que deseo que le vaya mal. Me explico de la última afirmación a la primera.
Hay un ejemplo contundente de cómo la afirmación “si le va bien a Claudia, le va bien a México” tiene sus bemoles; sólo basta cambiar el sujeto: “si le va bien a López Obrador, le va bien a México”, frase que seguramente repitieron muchos después de las elecciones de 2018. Pues he aquí que a López Obrador le fue muy bien y a México le fue mal, requetemal. Las buenas cifras en la mejora sustancial de los ingresos de los trabajadores –logradas gracias al trabajo de la oposición para vencer culturalmente (y constitucionalmente) el mito de que cualquier aumento al salario mínimo se traduciría automáticamente en inflación—, las transferencias masivas vía programas sociales implementados clintelarmente y cierta estabilidad macroeconómica no son sustentables sin una reforma fiscal a la que tanto el Presidente actual como su sucesora se han negado. Y todo eso sobre un edificio al que se le han quitado los cimientos que garantizan la vida democrática de la sociedad mexicana, construida con el sacrificio y entrega de dos generaciones.
El modelo de gobierno de Claudia Sheinbaum sigue la senda de Venezuela, de destrucción institucional, de extinción de la división de Poderes, de empoderamiento de las Fuerzas Armadas bajo la ilusión de que los militares son incorruptibles, de la entrega –por omisión, inepcia o corrupción– de territorios cada vez más amplios al crimen organizado, del entronizamento de un partido de Estado, del asedio y persecución a los medios y analistas críticos. Venezuela, pero con un fuerte acento tecnocrático, porque se trata de realidades y tiempos diferentes. Si camina como pato (destruye el Poder Judicial), grazna como pato (se apodera a la mala del Legislativo), ¿por qué negar que es un pato? ¿Por qué desearle que le vaya bien en un camino que ha probado en Venezuela, en Nicaragua, en Cuba y en tantos otros ejemplos que es un modelo de opresión, crecimiento errático y que a la larga lleva a la represión? La imagen de una mujer en la Presidencia de la República es muy potente e inspiradora para niñas y jóvenes. Lástima que, en este caso, la llegada de Sheinbaum a la candidatura de Morena y a Palacio Nacional sea indistinguible de la figura del presidente López Obrador. Un hombre la hizo candidata, un hombre la hizo ganar las elecciones. Se vale. Ya he escrito anteriormente que en el siglo pasado así llegaron al poder varias importantes mandatarias. Pero el mensaje a las nuevas generaciones es equívoco: no puedes sola. Sólo si eres el instrumento de un hombre poderoso puedes triunfar. No es ésa mi idea de una mujer potente.
La militarización y militarismo inscritos ahora en la Constitución han probado su ineficacia para detener el baño de sangre en el que se encuentran regiones enteras del país asi como el crecimiento de los feminicidios. Claudia niega este diagnóstico lo que la llevó a firmar casi bajo protesta los Compromisos por la Paz, documento que impulsó un amplísimo movimiento social, a raíz del asesinato de los dos sacerdotes jesuitas en la Sierra de Chihuahua. No soy esencialista: no creo que por ser mujeres seamos esencialmente mejores que los hombres. Creo que Lenia Batres es una pésima ministra. Que sería una desgracia que Marine Le Pen gobernara Francia, aunque sea la primera mujer en llegar al Eliseo.
Finalmente, tampoco creo en los discursos de toma de posesión. Seguro que en el suyo, Claudia incluirá la promesa y el compromiso de “gobernar para todos”. Imposible creer en esto cuando avaló que con 54% del voto, su coalición ocupe 75% de las curules en la Cámara de Diputados y haya conseguido mayoría constitucional en el Senado a fuerza de corrupción y amenazas. Imposible gobernar para todos y todas cuando se avasalla y se miente al afirmar que el pueblo le dio la mayoría constitucional en el Congreso. Imposible gobernar para todos cuando se niega legitimidad al adversario.
Creo, en cambio, en que las convicciones democráticas de quienes participamos en estos 30 años continuarán y se fortalecerán y que los tiempos de cambio serán mucho más acelerados que en el pasado. No es lo mismo un gobierno autócrata en un país cerrado que uno en un país, como México, por fuerza abierto al mundo. Habrá noche pero no será larga.
