A través de un vitral espeso

El dicho “todo depende del cristal con que se mire” refleja la experiencia de que no hay mirada imparcial, no hay mirada que no incluya el mundo y la experiencia del ser que ordena al ojo fijarse en un objeto o momento. Aún la mirada del niño más inocente se ve ...

El dicho “todo depende del cristal con que se mire” refleja la experiencia de que no hay mirada imparcial, no hay mirada que no incluya el mundo y la experiencia del ser que ordena al ojo fijarse en un objeto o momento. Aún la mirada del niño más inocente se ve acompañada de sus experiencias recientes. Un payaso puede ser un disparador de risas y delicias o de terrores. En la medida que crecemos, experimentamos y sufrimos al mundo, nuestra mirada se complejiza. ¿Cuántas conversaciones sobre un mismo evento, obra de arte o experiencia vividas son descritas de forma no sólo diferente sino contrastante y opuesta, incluso por nosotros mismos si lo hacemos en diferentes etapas de nuestras vidas?

Y así sucedió con la ceremonia del Grito, protagonizada “por primera vez en la historia por una mujer Presidenta”. Otrora entusiasta de la ceremonia y del desfile al día siguiente, llevo varios años prefiriendo leer, conversar, ver una película o dormir, que ver el Grito. Y lo mismo sucedió este año. En mi etapa mujerista, antes de la IV Conferencia de Beijing, me hubiera ido al Zócalo para ser testigo de ese supuesto gran momento. Hoy, cuando el feminismo no me basta para estar satisfecha políticamente, era algo que podía ignorar o posponer.

Me adelanto a las encuestas sobre la aceptación de la ceremonia de la noche del 15 de septiembre para imaginar las otras miradas: creo que para  las niñas o muy jóvenes, era natural que una mujer diera el grito. No tienen la experiencia de décadas en las que los hombres acapararon esa ceremonia desde el balcón presidencial. Protagonista desde hace tres años de noticieros y primeras planas, era esperable que Claudia diera el Grito. Quizá nunca asistieron a otro. Sin haber sido rompedora y excepcional, no dudo que haber vivido la ceremonia haya sido inspiradora: seguramente muchas niñas se soñarán presidentas, quizá no por las mismas razones que las mujeres adultas, pero no por ello menos reales. Nunca se sabe por dónde puede empezar una carrera excepcional.

Para otra franja de edad de mujeres  que hayan visto varias o innumerables ceremonias presididas por hombres, no dudo que haya sido un momento conmovedor. Si, además, tenían el convencimiento de que las mujeres habíamos sido injustamente relegadas de la vida pública, habían participado en las miles de expresiones de simpatía por la causa de la igualdad, marchado en los 8 de marzo, la imagen de una mujer en el balcón presidencial seguramente fue exultante.

Pero a mí me es imposible ver el Grito a través de un vidrio claro y plano. No, lo veo a través de capas y capas de experiencias de luchas ganadas y perdidas y esperanzas cumplidas y frustradas. Mi mirada pasa a través de un vitral multicolor, pero espeso. A veces tan oscuro como en la cita bíblica, otras con imágenes caleidoscópicas de destellos efímeros. Primero, este año hubiéramos tenido una mujer dando el Grito en el balcón presidencial, sí o sí. Y ése fue un logro no de Claudia, apoyada multimillonariamente por el cacique de Palenque, sino de los millones de mujeres que votamos por ella o por Xóchitl. Y, sobre todo, gracias a la lucha paciente, sistemática, inteligente, audaz y terca del movimiento feminista por ampliar los derechos políticos de las mujeres. (Hay que recordar que fue el presidente Peña Nieto quién hizo suya la demanda de paridad al enviar una iniciativa de reforma constitucional en 2014).

¿Claudia quiere cambiar el pasado al quitar el apellido de casada a doña Josefa? ¡Uf, para eso sí se necesita valentía! Un mujerismo ramplón que no se atreve a cambiar el presente. La zona más oscura del vitral por el que la miro es la destrucción del Poder Judicial. La República huérfana del equilibrio de Poderes; el aprendizaje de la independencia judicial ganado poco a poco durante tres décadas, tirado a la basura. Los insultos y humillaciones a la primera mujer presidenta de la Suprema Corte, ministra Norma Piña, no sólo tolerada por la hoy Presidenta, proferidos y planeados por ella misma. Las miles de vidas de mujeres (y hombres) juzgadoras alteradas dramáticamente para obedecer el capricho de su mentor. Los premios políticos a representantes de la iglesia La Luz del Mundo. La militarización sin freno que llevó a la tragedia del huachicol fiscal y a la mancha a la Marina. El territorio de México convertido en un camposanto, pero la Presidenta no se atreve a reconocer las verdaderas cifras de homicidios y desaparecidos ni a recibir a las #MadresBuscadoras; tampoco las incluye en la letanía autocomplaciente recitada la noche del 15 de septiembre. Seguimos en lo mismo: los avances para las mujeres no serán una graciosa concesión desde arriba, sea hombre o mujer quien ocupe la Presidencia. Lo mismo la verdadera independencia de México: la ganaremos participando cívica y políticamente. La independencia de México la ganaremos participando cívica y políticamente.

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