A terminar la tarea

¿A la calle de nuevo? Sí, a las calles nuevamente, a terminar la tarea que empezamos el 13 de noviembre al lograr influir en el voto unificado de la oposición contra la reforma constitucional que hubiera desaparecido al INE y hubiera producido un engendro totalmente ...

¿A la calle de nuevo? Sí, a las calles nuevamente, a terminar la tarea que empezamos el 13 de noviembre al lograr influir en el voto unificado de la oposición contra la reforma constitucional que hubiera desaparecido al INE y hubiera producido un engendro totalmente dominado por Morena. Ahora se aprueban reformas que mutilan al INE, al grado de imposibilitarle cumplir con las tareas mínimas para garantizar tanto elecciones confiables como un piso parejo entre los contendientes. Se da marcha atrás a las conquistas logradas por el movimiento de mujeres para ampliar la representación de nosotras en los puestos de toma de decisiones. Se maniata al INE para que no pueda garantizar la implementación de la paridad y para impedir que lleguen violentadores, acosadores y deudores alimentarios a candidaturas de importancia.

No basta participar y protestar en Facebook. No basta aumentar seguidores en Twitter, en Instagram o inaugurarnos en TikTok. No basta circular memes por más imaginativos, agudos y originales que sean. Es fundamental que el pueblo adquiera rostro, voz, que sus pasos resuenen en el asfalto y que haya un encuentro y reconocimiento con el otro al que no conocía, pero con el cual o la cual coincide en la plancha del Zócalo o en las decenas de plazas de las ciudades que se han unido a la convocatoria para el 26 de febrero.

¿Quién, quiénes son el pueblo, del que pretende nombrarse dueño exclusivo el gobierno actual? Durante muchos lunes de 1989 y 1990, miles de alemanes orientales marcharon por las calles de Leipzig gritando “Nosotros somos el pueblo” (Wir sind das Volk), en referencia a la manía del gobierno de Alemania Oriental de hablar a nombre del pueblo para justificar el estado policiaco y opresivo en el que se vivía. Ese surgimiento visible de los ciudadanos, ocupando masivamente las calles de sus ciudades, desafiando el aceitado sistema de acoso a los disidentes políticos y que le robó el monopolio del “pueblo” al gobierno, fue el detonador de la caída del Muro de Berlín y del sistema socialista dominado por la URSS.

Salir a las calles permite construir un nosotros. Un nosotros que tiene rostro, nombre y apellido, una voz reconocible, una consigna gritada al unísono, un asombro compartido ante el tamaño del “nosotros” que va ocupando calles y avenidas o ante el ingenio de un nuevo lema. Mientras que votamos en secreto y en solitario, y tardamos horas o días para saber o evaluar los resultados, para conocer el tamaño y el impacto del “nosotros” que coincidimos votando de la misma manera, en la calle o en la plaza el reconocimiento es instantáneo. No estamos solos. La libertad es una reunión interminable, es el hermoso título de un libro de Francesca Polletta sobre el papel de los movimientos sociales en la democracia de Estados Unidos y que resume el trabajo constante e indispensable para fortalecer y preservar la democracia.

En 1988, durante las protestas masivas contra el fraude electoral a la campaña del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, éstas tuvieron como sede la Ciudad de México. Las marchas de protesta por los fraudes en Chihuahua (1986) y San Luis Potosí (1991) tenían como destino la capital de la República. La protesta encabezada por López Obrador en 2006 también tuvo como escenario la Ciudad de México. Pero ahora, a raíz de la convocatoria lanzada para las concentraciones el próximo domingo 26 de febrero, más de 70 ciudades se han unido con iniciativas diversas para hacerse escuchar por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), para expresar su confianza en el INE actual y su rechazo al plan B que busca debilitar a la autoridad electoral y miniaturizarla. Es, quizá, después de muchos años, la conformación de un movimiento nacional en pro de la democracia y en defensa de los derechos ciudadanos. El pueblo surgiendo del anonimato y expresándose en todo el territorio nacional.

En 1917, los y las mexicanas sellamos un pacto expresado en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Los constituyentes diseñaron un proceso para modificarla que exige una mayoría calificada de dos terceras partes de ambas cámaras del Congreso. En la medida en que la pluralidad ha florecido en el país, esa mayoría calificada ha exigido un acuerdo fundamental entre las fuerzas políticas del país. En noviembre pasado, el gobierno no logró la mayoría calificada para la reforma constitucional que buscaba desaparecer al INE. Violando ese pacto fundamental que tiene su origen en 1917 y que exige acuerdos políticos para reformas trascendentes, el régimen busca “destazar” al INE por la puerta trasera de reformas a las leyes secundarias, para las que sólo le basta su mayoría, por cierto, construida tramposamente. Confiamos en el compromiso de la SCJN con la separación de poderes, pilar de la democracia y con el artículo primero constitucional, que pone en el centro de la carta fundacional los derechos humanos de los y las mexicanas. Nos vemos el 26 de febrero.

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