Año nuevo: las mismas limitaciones en el acceso a la salud

El desarrollo demográfico se caracteriza por un descenso de la mortalidad general; un incremento en la esperanza de vida y una disminución en la fecundidad

El panorama de la salud pública en México no es halagador. Ya son dos años de esta pandemia sin control en la que el balance de la gestión de este gobierno ha estado marcado por decisiones fallidas y tardías. No se ha tenido una respuesta organizada y coherente basada en principios científicos. El virus de covid-19 se volvió la segunda causa de muerte en este país. La transmisión del virus ha sido intensa y llegamos a tener un exceso de mortalidad de más de 600 mil defunciones. Pero, no todo debe ser covid-19. Hay suficiente evidencia de que la reconversión de los servicios hospitalarios ha aplazado la atención de la consulta externa de las enfermedades crónicas.

En los últimos 30 años, México se ha convertido en uno de los países del mundo más afectados por los índices de obesidad, las altas tasas de enfermedades cardiovasculares y con un gasto público en salud insuficiente para atender su problemática. La transición demográfica y epidemiológica ha colocado a los servicios de salud en una situación muy particular, en la cual, sin haber eliminado completamente las viejas causas de demanda de atención —la atención prenatal, las enfermedades infecciosas— deben enfrentarse ahora un gran número de usuarios con patologías crónicas como la diabetes, la hipertensión, cáncer, esquema de vacunación, entre otros.

Nuestro país tiene 127 millones de habitantes aproximadamente. El desarrollo demográfico se caracteriza por un descenso de la mortalidad general; un incremento en la esperanza de vida y una disminución en la fecundidad. El aumento de la esperanza de vida y la creciente exposición a los riesgos emergentes, relacionados en su mayoría con estilos de vida poco saludables, han modificado el cuadro de las principales causas de muerte. Si a esto le sumamos la emergencia sanitaria que vivimos durante ya casi 24 meses, con la llegada del virus covid-19 hemos podido comprobar que nuestro sistema de salud público está colapsado. Que la demagogia y el limitado presupuesto lo han llevado a unas condiciones impensables.

El aumento de la esperanza de vida y la creciente exposición a los llamados riesgos emergentes, relacionados con estilos de vida poco saludables y violencia han modificado las principales causas de muerte en el país. México presenta un panorama que se caracteriza por el predominio cada vez mayor de las enfermedades no transmisibles y lesiones. Las transiciones demográfica y epidemiológica han colocado a los servicios de salud en una situación muy particular, en la cual, sin haber eliminado completamente las viejas causas de demanda de atención —la atención prenatal, las enfermedades infecciosas— deben enfrentarse ahora un gran número de usuarios con patologías crónicas como la diabetes o la hipertensión.

Sin embargo, el cambio en el perfil de usuarios no se ha acompañado de un cambio a la misma velocidad en la organización de los servicios. Y lo que es peor, ahora las consultas médicas para el tercer nivel son las más caras para los pacientes y tampoco están disponibles las camas de hospital, equipamiento y los medicamentos en los hospitales de alta especialidad en el país, como antes. El recorte presupuestal, la desinformación y la desaparición del fondo de gastos catastróficos han provocado esta crisis en el acceso efectivo de los servicios.

Es necesario pensar en salud. Y así es que llevamos un año y medio hablando de enfermedad y muerte en México. Nuestro país requiere de una reingeniería del sistema de salud público. No se puede seguir difiriendo la atención médica en el país porque muchos centros hospitalarios han estado concentrados en la atención médica de pacientes contagiados por la tercera ola de contagios por covid-19. La reconversión fue pertinente pero la pandemia se predice larga y con muchos riesgos sanitarios. No hay vacunas para todos y eso es un verdadero riesgo de salud pública.

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