PISA: entre la ciencia y la ilusión
La histeria de la prensa y los “traumas políticos” que siguieron a la publicación de los resultados de PISA de 2000 y 2003 llevó a Alemania y a Japón a embarcarse o a acelerar sus reformas educativas. En México, si bien causó cierto efecto en la prensa, no alcanzó los límites de magulladura en la política educativa.
La publicación de resultados del examen del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) con frecuencia provoca traumas políticos. Alemania tuvo su PISA shock tras los exámenes del 2000, pues sus estudiantes obtuvieron resultados mediocres; los alemanes, según analistas de su mismo país, pensaban que su educación era la mejor del mundo. A Japón le tocó en 2003, tras su descenso en matemáticas, en el que en 2000 fue el número uno del ranking. Parece que México padece el trauma de PISA tras la divulgación de las pruebas de 2022.
La histeria de la prensa y los “traumas políticos” que siguieron a la publicación de los resultados de PISA de 2000 y 2003 llevó a Alemania y a Japón a embarcarse o a acelerar sus reformas educativas. En México, si bien causó cierto efecto en la prensa, no alcanzó los límites de magulladura en la política educativa. El gobierno de Vicente Fox comenzaba, no la tomó en cuenta. La historia en el gobierno de Calderón fue distinta. La Secretaría de Educación Pública (que comandaba Josefina Vázquez Mota) pagó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos por una evaluación de su sistema escolar y sugerencias para enmendar los problemas en la educación (Mejorar las escuelas: estrategias para la acción en México, París-México: OCDE, 2010). Varios elementos de la reforma de la educación mexicana que inició el gobierno de Enrique Peña Nieto en 2012 responden a las propuestas de la OCDE. Los datos de PISA revoloteaban en el análisis y las recomendaciones. Pero no hubo histeria.
En este 2023, el ambiente de la plaza pública es de combate. Unos analistas ponen el grito en el cielo por los bajos resultados que obtuvieron nuestros estudiantes en PISA 2022. Un desastre, dicen, como si pudiera esperarse que, tras la pandemia y la política educativa de la Cuatroté, hubiera podido prosperar o, al menos, mantener las notas de PISA 2018 o 2015. Otros fueron sensatos y apuntan que representa oportunidades para aprender y —quizá— proponer cambios en el modelo.
Del lado del gobierno y sus aliados, la táctica fue minimizar los resultados. La SEP los ignoró. Para la secretaria Leticia Ramírez Amaya, PISA ni siquiera existe, sólo becas y humanismo. Para Claudia Sheinbaum, la candidata de Morena a la Presidencia, “la prueba PISA tiene sus problemas y pueden consultar con cualquier experto en educación, se ha escrito mucho sobre las pruebas únicas para todos los países, que no toman en cuenta las raíces culturales, que no toman en cuenta los sistemas educativos”.
O, de plano, como expresó el presidente López Obrador, “nosotros no los tomamos en cuenta, porque todos esos parámetros se crearon en la época del neoliberalismo, del predominio del periodo neoliberal, en donde lo que querían era impulsar supuestamente la calidad de la enseñanza, la excelencia, y desaparecer la educación pública, degradándola”.
Contrario a lo que argumentan los críticos, PISA no es la panacea. Contiene elementos valiosos que críticos de izquierda, como Martin Carnoy, le reconocen: “En contraste con otras organizaciones que alientan exámenes estandarizados internacionales, útiles para el análisis, sólo PISA ofrece información y evaluaciones sistemáticas y comparables que proporcionan sustancia para emitir juicios e impulsar políticas educativas”. PISA y en general toda la acción de la OCDE en educación forma parte de lo que Pasi Sahlberg denomina el Movimiento Mundial para la Reforma de la Educación (GERM, por sus siglas en inglés).
Para analistas radicales, como Sotiria Grek y Thomas Popkewitz, PISA es parte de una tendencia tecnocrática para gobernar por números. Ofrece la apariencia de racionalidad, donde los efectos del aprendizaje no presentan sesgos ideológicos. Su objetivo es mejorar los sistemas educativos, expandir la economía y forjar sociedades democráticas y equitativas; con gobiernos que promuevan y respeten los derechos humanos y ciudadanos responsables comprometidos con la democracia.
Esos símbolos parecen encomiables, pero sólo son ilusiones. Es un instrumento de poder que AMLO decidió no utilizar. Sin embargo, México seguirá en PISA.
