Libros de texto: prisa e incompetencia

Bien los profesores no reclaman en forma aireada, sí muestran preocupación por no saber cómo agarrarle el modo a los nuevos textos e inseguridad respecto a su propio desempeño. En unos días más comenzarán las clases y es poco probable que en sólo una semana de información y motivación le encuentren el lado práctico.

Pobladores de San Cristóbal de las Casas hicieron una pira con libros de texto gratuitos. O es parte de un enojo genuino o fueron inducidos por algún líder religioso; en esa zona son activos los grupos evangélicos y de otras orientaciones protestantes. O quizá una mezcla de ambas posibilidades. En cualquier caso, es una muestra de la cadena de errores de la Secretaría de Educación Pública en la elaboración de los nuevos textos y la publicación reciente de los programas de estudio.

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Los funcionarios de la SEP pusieron, como imprime Erick Juárez Pineda en Educación Futura, “primero el pavimento y después el drenaje”. O como señaló Paulina Amozurrutia, directora de Educación con Rumbo, “es como si un arquitecto hace una casa, pero muestra los planos después de un tiempo”. La razón de esa irritación también pudiera ser, como apunta Gilberto Guevara Niebla, porque esos burócratas “hicieron todo en secreto por cobardía, por inseguridad, por la fragilidad de sus argumentos”.

La reforma del gobierno de Peña Nieto provocó disgusto y hasta cólera entre docentes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y aun de segmentos de la facción mayoritaria del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación porque percibían que la “propiedad” de su plaza estaba en riesgo. Sí, organizaciones de la sociedad civil protestaron, académicos y periodistas criticaron y la CNTE azuzó un reclamo radical, pero no hubo oposición de vastos segmentos sociales ni de gobiernos de los estados. Fue una contienda entre los de siempre.

Esta vez es diferente. Si bien los profesores no reclaman en forma aireada, sí muestran preocupación por no saber cómo agarrarle el modo a los nuevos textos e inseguridad respecto a su propio desempeño. En unos días más comenzarán las clases y es poco probable que en sólo una semana de información y motivación le encuentren el lado práctico.

Sin embargo, los libros ya están y el gobierno federal insiste en que lleguen a las escuelas, aun en donde los gobiernos estatales son renuentes. Pero el gobierno central no hace esfuerzos por convencer ni por negociar, quiere imponer, hasta con insultos, a quienes tienen dudas, más aún a quienes militan en contra. Y es aquí donde las metáforas de Juárez Pineda y Amozurrutia cobran vigencia: la SEP hizo las cosas al revés.

La visión prepotente condujo al alto funcionariado de la SEP a cometer errores —que, por supuesto, no reconoce— al poner los libros de texto delante de los programas. Además, lo hizo a toda prisa, con consultas patito y, sólo hasta que la oposición estaba en la cresta, la SEP publicó en el Diario Oficial de la Federación los programas, que deberían haber sido públicos desde tiempo atrás. Lo más seguro es que ni siquiera habían pensado en que se necesitaran. Fue una combinación de prepotencia e incompetencia. Hoy pagan sus errores con creces.

Además, como lo han probado colegas investigadores, profesores y científicos, los textos están plagados de errores (también de erratas) y con un enfoque abstracto que, aun teniendo asideros en corrientes pedagógicas probadas, el lenguaje es ajeno a los maestros mexicanos. Y no que no lo puedan aprender, es cuestión de concentración. Pero si se aplican a leer los materiales con detenimiento, no tendrán suficiente tiempo para el trabajo en el aula.

La Cuatroté puso un aura al magisterio mexicano: los maestros son héroes, abanderados de la educación transformadora y de la revolución de las conciencias. Pero, si el proyecto no camina —cavilo—, los titanes de hoy serán los villanos del mañana. Pagarán por las prisas e incompetencia de otros que, además, tal vez se vayan pronto.

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RETAZOS

A pesar de la prepotencia de la SEP, los libros no deben quemarse, es barbarie. Hay que discutirlos.

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