La escuela en invierno
Los salones eran tan fríos como las tumbas del panteón. Ni siquiera podía pensarse en poner calentones o braceros; no había con qué. Los asientos de los mesabancos traspasaban el frío a los glúteos, enfriaban más las piernas y congelaban los dedos de los pies. A pesar de todo, había que empezar la clase, entregar la tarea y estar listos para la primera lección del día...
Fue un lunes de enero de 1957; cursaba el sexto de primaria. En la madrugada había nevado en las cercanías de Durango, a menos de 20 kilómetros, al empezar la subida a la Sierra Madre. El viento helado, que entonces le llamábamos candelilla, bajaba de la montaña, calaba hasta los huesos y hacía que nuestros dientes temblaran. Antes de las siete de la mañana, la abuela nos despertó a mis hermanos, a mi tío y a mí: “A lavarse las manos y la cara”, fue su grito de campaña. Había que desayunar el huevo con pan y café con leche. Y listos para las clases.
Yo estaba inscrito en la Escuela número 17, Guadalupe Victoria, frente a la plazuela Baca Ortiz, no muy lejos de casa. Llegué como a las 8:20, dejé la mochila en el salón y caminé al patio junto con otros compañeros; había que rendir honores a la bandera y cantar el Himno Nacional. Los chavitos de la banda y la escolta llegaron más temprano. Varias maestras también. Poco a poco nos acomodamos, ordenados, cada quien en el lugar que le correspondía. En aquellos años yo no era friolento, pero ese día sentí las orejas y los dedos de las manos congelados, a pesar del gorro de estambre y los guantes que heredé de uno de mis tíos.
Al comenzar el ritual, todos firmes, a quitarse el gorro y entonar el Himno. Nuestras voces —y las de las maestras tal vez más— fueron temblorinas. Nuestras docentes sentían más el frío porque era impensable que las mujeres usaran pantalón; tenían las piernas descubiertas, con medias, sí, pero expuestas al aire gélido. Aun así, cumplimos con la ceremonia. Al finalizar el acto, la directora dijo: “A ver, muchachitos, levanten las manos y a pegar de brincos, entren en calor”. Algo logró, además de sonrisas del alumnado.
Los salones eran tan fríos como las tumbas del panteón. Ni siquiera podía pensarse en poner calentones o braceros; no había con qué. Los asientos de los mesabancos traspasaban el frío a los glúteos, enfriaban más las piernas y congelaban los dedos de los pies. A pesar de todo, había que empezar la clase, entregar la tarea y estar listos para la primera lección del día, luego tomar el dictado y elaborar notas propias. En el salón se nos permitía ponernos el bonete y los guantes mientras esperábamos que el frío amainara. La hora del recreo fue más bienvenida que de costumbre; podríamos correr, hacer algo de ejercicio y calentar el cuerpo. Para la hora de salida hacía fresco, el viento helado había disminuido y el sol calentaba un poco; estimo que subimos hasta unos 14 grados centígrados. En la radio escuchamos que ese día la ciudad amaneció a dos bajo cero, llegaron las aguanieves. Fue un lunes memorable.
Este recuerdo llegó a mi mente tras leer la nota de Excélsior de ayer: “Las condiciones meteorológicas adversas registradas en distintas regiones del país obligaron a autoridades educativas y de Protección Civil a tomar medidas preventivas para salvaguardar la integridad de estudiantes, docentes y personal administrativo, lo que derivó en un arranque atípico del ciclo escolar tras el periodo vacacional de invierno”. En Sinaloa, el lunes no hubo clases en la educación básica en el turno matutino.
En Durango, el secretario de Educación Pública local informó que 90% de los alumnos asistió a clases el primer día del reinicio del calendario. Pero en varias escuelas los directivos tomaron la decisión de despachar a sus alumnos a su casa. Las madres trabajadoras se molestaron por ello, tuvieron que regresar por sus hijos, dejarlos encargados o, como me dijo una señora, tuvo que llevar a su hijo al trabajo. Esperaba que sus patrones no se lo impidieran; es muy chico para dejarlo solo.
Estos desbalances meteorológicos afectan más a los niños pobres que a los de los segmentos medios. Inciden en la inequidad reinante, agrandan las brechas sociales y estimulan el bajo aprendizaje del alumnado. Quizá por allá en la década de los 50 las condiciones eran peores, pero tanto estudiantes como maestros tenían que aguantar vara. Fui testigo de que, en la escuela de mi hermano, hubo clases en su escuela inundada un día de lluvias torrenciales.
¡Ya no sucede eso! La Nueva Escuela Mexicana no estimula el estoicismo.
