El SNTE: ochenta años y dándole
Nadie mencionó a los caciques Jesús Robles Martínez, que dominó en el SNTE de 1949 hasta que, en 1972, al grito de democracia sindical, pero metralleta en mano, Carlos Jonguitud Barrios lo desplazó por órdenes de Luis Echeverría. Ni que el presidente Salinas de Gortari relegó a Jonguitud por ser disfuncional a su proyecto modernizador. Luego encumbró a Elba Esther Gordillo, de abril de 1989 al 23 de febrero de 2013, cuando el presidente Enrique Peña Nieto la puso en la cárcel.
Es bien sabido que los rituales de cumpleaños se organizan para elevar la autoestima del festejado. Eso fue lo que hizo la facción mayoritaria del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación al conmemorar los 80 años de que la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje le concedió el registro, aunque el laudo definitivo fue hasta el 15 de julio de 1944. Hubo algo de truculento en el festejo de los 80 años. Contrario a la retórica oficial, el SNTE no se constituyó por deseo de los miles de maestros que militaban en sindicatos independientes. El SNTE se instituyó en diciembre de 1943, pero al margen del Estatuto Jurídico de los Trabajadores al Servicio de los Poderes de la Unión de 1938. Un estatuto que encerraba a la burocracia de los poderes federales en una jaula de hierro. Con el SNTE fue más allá; enclaustró en esa mazmorra a trabajadores de estados y municipios.
En su estudio clásico, Educación y revolución social en México, David Raby demuestra que los dirigentes de innumerables sindicatos de profesores no querían una confederación nacional, similar a la CTM, a la que los convocaba el presidente Lázaro Cárdenas. Las asociaciones de maestros eran pequeñas y estaban formadas por militantes, en su mayoría comunistas, con pocos recursos y escasa capacidad organizativa, pero ligadas a causas populares. Sus dirigentes razonaban que un sindicato único estaría subordinado al presidente de la República, quien nombraría a sus líderes. El tiempo les dio la razón.
Cárdenas fracasó, pero su sucesor, el presidente Manuel Ávila Camacho, lo consiguió. Tras negociaciones políticas, amenazas a dirigentes, cooptación de disidentes o represión selectiva de los más rebeldes, a finales de 1943 se constituyó el SNTE como único representante de los maestros, con afiliación obligatoria y organización jerárquica, características del corporativismo; además, como apuntó Octavio Paz (en El ogro filantrópico), aderezado con clientelismo, patronazgo y corrupción, atributos heredados de la Colonia.
Cierto, con la creación del SNTE los maestros obtuvieron ciertas ganancias (salarios, prestaciones y un puesto de trabajo definitivo), pero quedaron subordinados a sus líderes. Estos se organizaron en camarillas y germinaron caciques. Pero de estos no se trató el festejo del lunes en el Auditorio Nacional. La fiesta fue para ratificar el pacto corporativo, a la vieja usanza del régimen de la Revolución Mexicana.
Alfonso Cepeda Salas peroró: “Vamos a continuar, igualmente, apoyando al gobierno de la República, para que siga avanzando en erradicar la desigualdad y la pobreza, para que siga impulsando el desarrollo con justicia”. “Amor con amor se paga. El Presidente ha recibido de nuestra parte una lealtad y apoyo total a la Cuarta Transformación nacional”. Y sí, amor con amor: “A diferencia de hace algunos años, cuando se pretendió estigmatizar a los maestros, pisotear sus derechos y ningunear su labor, hoy, de la mano del presidente Andrés Manuel López Obrador, y junto a las maestras y a los maestros, se ha logrado dignificar el papel del magisterio y se han impulsado cambios fundamentales para garantizar el derecho a la educación”, expresó Luisa María Alcalde en nombre del Presidente. En tanto que la secretaria de Educación Pública, Leticia Ramírez Amaya, se aventó la onda de que la Cuatroté es la “revolución de las conciencias”.
Nadie mencionó a los caciques Jesús Robles Martínez, que dominó en el SNTE de 1949 hasta que, en 1972, al grito de democracia sindical, pero metralleta en mano, Carlos Jonguitud Barrios lo desplazó por órdenes del presidente Luis Echeverría. Ni que el presidente Salinas de Gortari relegó a Jonguitud por ser disfuncional a su proyecto modernizador. Luego encumbró a Elba Esther Gordillo, de abril de 1989 al 23 de febrero de 2013, cuando el presidente Enrique Peña Nieto la puso en la cárcel.
El SNTE tampoco conmemoró el dicho de Jonguitud de que “los maestros son los plomeros electorales del PRI”. No obstante, en el juego de los símbolos celebratorios, bien pudiera decirse que hoy lo son de Morena. Y sí, tal vez con la autoestima abultada con los esteroides de la política 4T.
