Buena educación
Voy a meterme a un terreno pantanoso y tal vez pecar de incorrección política. Con todo y el ambiente de crispación social presente, siento más seguridad aquí que en mi país. Con la experiencia de vivir en la Ciudad de México, las manifestaciones de aquí son irrisorias.
Atención: no digo que descubrí el paraíso. Perú atraviesa por graves dificultades políticas y crisis de legitimidad. En Lima hay protestas casi a diario de cientos de manifestantes y marchas multitudinarias se acercan por carretera. En Perú se siente el peso de la historia, la discriminación y el racismo se hacen patentes en el trance de hoy. Pero la situación en la capital es de tranquilidad social.
Voy a escribir sobre educación, no escolaridad, en especial en Lima. Argumento que los peruanos son bien educados, si entendemos por ello limpieza individual y colectiva, comportamiento amable y cuidado de los lugares comunes. Y ello trasciende las cuestiones de clase social. El discurso del odio está en los foros políticos, la prensa y los medios, aunque los derechos humanos están en entredicho.
Claro, en una metrópolis de alrededor de 14 millones de habitantes podrán encontrarse elementos que contradigan lo que he observado en 10 días de visita. En primer lugar, la limpieza. No se ven papeles ni plásticos tirados en las calles, no hay polvo acumulado bajo las banquetas, el pasto de los innumerables jardines y de casas habitación está bien cuidado, con flores de colores. Abundan los árboles de varias especies y todos de verdor resplandeciente. No se ven heces de mascotas ni perros callejeros ni agua encharcada, pocos grafitis en casas abandonadas.
En segundo lugar, la organización social. Pocos vendedores ambulantes, aseados y con uniformes. No hay franeleros que monopolicen los espacios públicos ni limpiadores de coches en los cruceros. Tampoco abundan los menesterosos ni gente pedigüeña que te moleste a cada cuantos pasos.
Mi esposa y yo paseamos dos veces por el Malecón y caminamos varios kilómetros; nos cruzamos con miles —es literal— de personas de toda condición social y ninguna tiró un papel o agredió al paisaje. El tráfico es ordenado, si bien tumultuoso en las horas de congestión.
Estamos en verano, pero la humedad ambiente es superior al 70%; en consecuencia, a veces se siente frío, aunque el termómetro marque arriba de los 25 grados. Es una zona desértica, pero la neblina permanente —la nube— abraza a la ciudad y eso explica lo verde de la vegetación. La buena educación de la gente elucida lo bien cuidada que se encuentra.
El domingo pasado fuimos a pasear a Barranco, la comunidad de Chabuca Granda, nos tomamos la foto bajo su estatua a quien acompaña otra del caballero de fina estampa. Bajamos por unas escalinatas y luego caminamos del puente a la alameda. No pudimos recoger la risa de la brisa del río porque ya no hay río. Queda la cañada, pero abajo hay pavimento y casas a los lados. De cualquier manera, fue un alimento para la nostalgia al entonar entre dientes canciones de la gran Chabuca.
Voy a meterme a un terreno pantanoso y tal vez pecar de incorrección política. Con todo y el ambiente de crispación social presente, siento más seguridad aquí que en mi país. Con la experiencia de vivir en la Ciudad de México, las manifestaciones de aquí son irrisorias; cualquier marcha de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación provoca más temor en la población que las de los simpatizantes del expresidente Pedro Castillo. Cierto, la policía enfrenta y arresta a manifestantes, pero, al igual que en México, las fuerzas del orden público sufren más agresiones.
Me gusta Lima, me encanta la fusión de la culinaria china con la peruana —la chifa— y el maridaje de la gastronomía japonesa con la local, aquí le llaman cocina nikkei. Por supuesto, la comida típica peruana, con el ceviche a la cabeza, me fascina y provoca mi glotonería.
Limpieza, amabilidad, añoranza por las canciones que entoné de niño y buena comida hacen grata mi visita a esta tierra.
RETAZOS
Porción de una crónica con más detalles.
