En mi artículo de hace una semana, argumenté sobre la crisis de racionalidad que afecta a la educación mexicana: baja calidad, abandono escolar, escaso financiamiento y patrimonialismo. Me pregunté por qué no hay protestas populares ante las irregularidades del sistema educativo. Sugerí que tal vez haya una crisis de motivación. Según Jürgen Habermas, este tipo de crisis lanza una señal de alarma: muestra que el Estado agota los recursos morales y culturales de los que depende, ya que la maquinaria económica y el gobierno son incapaces de producir los valores éticos que necesita para que la gente quiera sostenerlo (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, 1973).
Este tipo de escollos no se debe a las contradicciones entre grupos dentro del aparato ni con otros segmentos sociales; germinan en el seno de la sociedad civil. No obstante, el malestar tiene vínculos con la economía y la política. Las personas experimentan discrepancia entre los valores que se les intenta inculcar en la escuela (solidaridad, autonomía, autorrealización) y las exigencias reales del mercado (competitividad ciega, subordinación laboral, consumismo) y las demandas de acatar las normas del Estado.
La sociedad percibe, aunque no reclame de manera abierta, que no son las normas estatuidas las que rigen el hacer del sector público, sino reglas que emanan de las relaciones de poder. Más aún, desde el ascenso de Morena al gobierno y las reformas constitucionales que promueve, la norma escrita se ha degradado. Para fines prácticos, no hay separación de Poderes; el Ejecutivo es el único que manda, aunque los otros dos ejerzan poder en sus respectivas esferas. Además, la corrupción gubernamental es rampante y la violencia del crimen invade la vida cotidiana de la gente.
Esas contradicciones entre las normas (que se cumplen poco) y las relaciones de poder jerárquicas y corruptas provocan que la población pierda la disposición a aceptar las normas, los valores y las exigencias del sistema. Sí, hay protestas, incluso con violencia, por las fallas gubernamentales en materia de seguridad (madres buscadoras, camioneros) y por la desatención a la salud (trabajadores y personal médico), pero la ciudadanía en general protesta poco. Incluso segmentos sociales acatan los mensajes y apoyan a Morena; tiene un aparato de propaganda bien montado que se lubrica con los programas sociales que transfieren dinero. Por ello, no hay una percepción de crisis de legitimidad, que se da cuando los ciudadanos dejan de creer y pierden la confianza en el gobierno.
Sin embargo, en el ámbito de la educación pública hay indicios de una crisis de motivación emergente, aunque sin condena social. Sí, hay reclamos localizados de padres contra docentes y directores abusivos, por hostigamiento escolar, por falta de agua o de servicios básicos, por planteles en mal estado y por otros asuntos. Empero, no hay noticias de protestas de la gente por el deficiente aprendizaje de sus hijos. No hay reproches por la redacción oscura e incomprensible de los nuevos libros de texto gratuitos (miles de maestros, nada más no los usan) ni por los mensajes del humanismo mexicano.
Docentes y padres de familia quizá mencionen de vez en cuando los valores de la Nueva Escuela Mexicana, como revolución de las conciencias, justicia curricular y soberanía cognitiva, pero les resultan ajenos; no aprecian su alcance práctico. Tampoco los rechazan; simplemente no los perciben como recursos culturales. Allí, en la percepción, se engendra la crisis de motivación.
Habermas no sugiere que este tipo de crisis conduzca a un deterioro grave de la política de los grupos dominantes, ni a una crisis de legitimidad, ni que ponga en riesgo las relaciones de poder dominantes. Tampoco lesiona la acción comunicativa del gobierno ni la de la Presidenta en persona, pero es un indicio (un anuncio) de que algo grave sucede en la sociedad.
RETAZOS
Con base en la prueba PISA, El Universal informó que la proporción de planteles en los que las deficiencias de infraestructura dificultan la enseñanza pasó de 37% en 2022 a 50% en 2025. Mario Delgado respondió que la culpa es de los gobiernos neoliberales.
