Y lo que nos falta escuchar

Si intentáramos explicar la actualidad política de nuestro país, nos podríamos dar cuenta que no hay ningún problema para que llegue a nuestra memoria la frase “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Existe una cierta sabiduría detrás de los refranes que de manera inmediata se apela a su precisión y contundencia cuando sobran las explicaciones. Sabemos que, gracias al juego de palabras que los caracteriza, contamos con la puntualidad de su significado para comprender alguna situación que, tal vez, sólo requiere del ingenio popular para descifrarla. Así, no es extraño que siempre hallemos una frase que sea la llave para sentenciar una discusión.

Si intentáramos explicar la actualidad política de nuestro país, nos podríamos dar cuenta que no hay ningún problema para que llegue a nuestra memoria la frase “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Es claro que la estrategia del gobierno federal, durante todo el sexenio, ha sido enturbiar las aguas y crear tormentas para obtener una abundante pesca: es gracias a su discurso maniqueo y la polarización que genera que, entre la sociedad, las discusiones se han tornado una competencia de gritos y sinsentidos, en una ensordecedora batalla de mentiras y verdades a medias que han terminado por crear los espejismos que necesita el primer mandatario para mantener satisfecha a la base de sus simpatizantes. Y para ejemplo basta con escuchar el mensaje de Hugo López-Gatell para explicar la carencia de medicamentos en todo el país. Claro, sin olvidar que los programas sociales y los sueldos de la nueva casta de servidores públicos son un buen motivo para darle brillo a los espejitos y las cuentas de vidrio, pues, “en tiempos de higos, hay amigos”.

No hay día en el que las noticias generen tranquilidad en las aguas del río y, como ya se ha hecho costumbre, se espera que el pescador agite las aguas con la varilla de su discurso y señale a quienes serán el blanco de todo tipo de ataques.  Como lo señalaría el proverbio, “no hay nada nuevo bajo el sol”.

Por ello, no se requería de un profundo ni sesudo análisis –cuestión de especialistas que miran a lontananza– para deducir que, ante los reportajes que señalan a los hijos del inquilino de Palacio Nacional como parte de posibles actos de corrupción o por las más recientes decisiones de la Suprema Corte de Justicia con respecto al famoso plan B, la reacción del primer mandatario y de todo su gobierno sería algo digno leer con detenimiento. ¿A estas alturas del sexenio podría existir un incauto que no esperara el feroz ataque de López Obrador y su legión? Tal vez habrá que preguntarles a quienes conforman la llamada oposición si los laureles son un buen colchón para dormir la siesta o si, ya de plano, andan más preocupados y preocupadas en resolver el desbarajuste que existe en sus propios partidos. Aunque sea para garantizar que sobrevivirán al corte de las próximas elecciones federales.

Así, lo que actualmente observamos, si bien no sorprende, debería alertarnos con mayor preocupación. Es evidente que es cada vez más profuso el límite entre la figura presidencial y todo aquello que conforma el Estado: basta con que se pronuncie desde Palacio Nacional, para que sus palabras sean coro y melodía que se replican en todos los niveles de gobierno. Lo que se necesita subrayar en colores rojos es la manera como los recursos oficiales son las principales herramientas para enturbiar y sumarse al objetivo en cuestión: pocas cosas tan peligrosas como manipular la información y los datos para atacar a los miembros de la Suprema Corte de Justicia –en especial a la ministra Norma Piña–. Una situación que le favorece en dos sentidos: desacreditar a otro de los organismos que hace valer su autonomía y que, sin duda, es su única piedra en el zapato. Y, por otro lado, incendiar la propaganda que le permita crear una cortina de espeso humo que cubra los señalamientos hacia los miembros de la familia presidencial, a sus más cercanos colaboradores y a todo aquello que implique un riesgo con miras a las próximas elecciones.

Falta poco más de un año para que se realicen los comicios en los que se definirá si la llamada Cuarta Transformación continuará en el siguiente sexenio. Aunque se vislumbra un escenario cada vez más complejo, lo que sabemos a ciencia cierta es que serán meses durante los cuales se recrudecerán los ataques contra quienes son considerados sus adversarios y enemigos. Se acercan meses en los que el estruendo y la violencia se consolidarán como las constantes en un país que ha normalizado esa forma de vivir y se apropia de un discurso que además apuesta por secar los ríos cuyas aguas podrían menguar el incendio. Pero no olvidemos que “no hay daño que no tenga apaño”.

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