Ricardo Garibay, el arte de la precisión

Ricardo Garibay merecería un mejor lugar en la memoria de la literatura mexicana en este país que apuesta a que se empolve la memoria de quienes han formado parte de su historia cultural.

El día 18 de enero se conmemoró el centenario del nacimiento de Ricardo Garibay, un escritor cuya obra es parte de la memoria de fuego de nuestra literatura, aquella que se conserva en los anaqueles de quienes iluminan las páginas que se resisten al olvido. Tal vez esta imagen parece un arrebato hiperbólico para referirme a Garibay; sin embargo, no hay una manera sencilla para hablar acerca de su obra y, mucho menos, de su personalidad.

Quizá haya personas que lo recuerden por sus programas televisivos y radiofónicos. Cada uno de ellos eran el ejemplo de cómo las palabras se convertían en el aguijón de la contundencia para hablar acerca de la cultura y los libros. Además, quienes encendían el televisor o buscaban la frecuencia radiofónica para escuchar a Ricardo Garibay sabían que iban a presenciar el espectáculo de quien imponía su carácter como un estilo que no aceptaba medianías: era imposible ubicarse en la escala de grises cuando hablaba acerca de los libros, de autores, autoras, y de todo aquello que le apasionaba. Ese era, precisamente, el fundamento de su estilo narrativo y de conducción: el arrebato de quien se deja envolver por la intensidad de una pasión.

Mencionar que la obra literaria y periodística de Garibay merecería un mejor lugar en la memoria de la literatura mexicana es un lugar común en este país que apuesta al olvido y a que se empolve la memoria de quienes han formado parte de su historia cultural. Proclives a los fuegos artificiales y a las obligadas loas oficiales de quienes juegan con la manipulación del pasado para entronizar broncíneas heroicidades, son pocas y pocos artífices de la palabra los que logran imponerse al olvido del tiempo y las nuevas voces que son el futuro de las páginas por leer. Por fortuna, el calendario de los onomásticos y las fechas que permiten llevar a cabo homenajes que revisten de flores las obligaciones de las entidades culturales, permiten que se hable de ciertos personajes cuyos nombres apenas son el ligero eco de sus párrafos.

Tal vez Ricardo Garibay, sin proponérselo, combinó la fuerza y el impacto que generaba su personalidad y su cercanía con la política de los años sesenta y setenta del siglo pasado para mantenerse lejos de lo que hoy perdona la selección de la memoria. Sin embargo, es cuestión de tomar algunas de sus novelas, crónicas y cuentos, para darnos cuenta que, en sus páginas, hay claras luces de lo que llamamos y valoramos como literatura. Si Beber un cáliz es su novela más reconocida, no podemos olvidar otras como La casa que arde de noche, Triste domingo o El joven aquel. Pero si quieres, lectora, lector, acercarte a un cuento que te permita disfrutar de un estilo narrativo contundente y que te lleva a escuchar a sus personajes a través de un lenguaje que reconoces en tu andar por la calle, El coronel, Aquella infancia fiera e Ira te implicarán pocos minutos en su lectura, pero sus protagonistas acompañarán tu tarde con esa complicidad que sólo una poderosa narrativa es capaz de ofrecer.

Pero hay algo que se agradece a quien le gusta compartir su pasión por la lectura. Son capaces de mostrarnos qué se esconde detrás de las letras y los laberintos de sus palabras, los guiños de autores y autoras que buscan una complicidad en ese lector y lectora con quienes conversan en los silencios de la vida. Uno de los mejores en lograrlo era Ricardo Garibay. En su prólogo al libro Oficio de leer (Océano, 1996), escribió: “Te entregas a leer, porque ya casi no sabes ni puedes hacer otra cosa, y vas cazando, acá y allá, los momentos de mucha felicidad donde el idioma de los autores abre para la intelección el misterio de la vida. Es decir, la lengua castellana sube de repente adelgazándose hacia sus secretos; sube en el espacio y en el tiempo hasta un mirador desde donde señoreas las distancias; la lengua es la vida y es una lente purísima la que has hallado para mirarla […] Algunas veces el escritor consigue eso con tres o cuatro palabras; a veces es un adjetivo inesperado e insustituible; o es algo cien veces visto y recién nacido…”

Hace cien años nació quien nos compartió su pasión por la literatura y el arte de la conversación, lo mismo que por sus conversaciones con Rubén, El Púas, Olivares y las peripecias de El mil usos, Agustín Lara, Flaubert, Georges Simenon o los místicos españoles. Ojalá tengas la oportunidad de buscar en el complejo universo de internet algunos de sus textos o programas de radio y platiquemos acerca de Ricardo Garibay, alguien que, tal vez, leerás en el futuro y lo arrebates de la “postrera sombra” que nos enseñó Quevedo.

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