Relojes obsoletos

El partido oficial y sus líderes son la versión más aceitada y refinada de quienes pertenecieron al partido tricolor que tuvo la afortunada idea de institucionalizar una revolución

Si se intentara dibujar una imagen que describiera a los llamados partidos de oposición, se presentaría un galimatías que no tiene orden ni sentido, quizá apenas se asomarían unos pequeños garabatos que serían el único destello en medio de tanto enredo. Así, ante el partido oficial y la estructura gubernamental que tiene a su merced, la organización de quienes pretenden competir en las próximas elecciones estatales –en el Estado de México y Coahuila– y las federales del año 2024, luce cada vez más escuálida y sin una estrategia que los consolide como una alternativa bien plantada con miras a dichos comicios. Cada día que transcurre se convierte en una oportunidad que dejan pasar, mientras observan su propio ombligo y cargan con el peso de su sombra.

Las historias que han definido el presente del Partido de la Revolución Institucional, del Partido de la Revolución Democrática, del Partido Acción Nacional y –vaya paradoja– de Movimiento Ciudadano, son muy diferentes, aunque tienen una base en común: el lastre de su propia fama. Resulta muy complicado que, de la noche a la mañana, desaparezcan los hitos que marcaron el ejercicio del poder y los nombres de quienes han quedado en la memoria de una sociedad que no les volvería a abrir, con facilidad y confianza, las puertas de sus casas. Su propia historia es el lastre que no les ha permitido afincarse como una oposición real ante un gobierno que tiene el manejo de todos los recursos económicos y propagandísticos a su favor. Por ello, mientras el reloj electoral sigue su marcha, estos partidos tratan de buscar los repuestos a sus relojes de arena.

No es gratuito que la desconfianza y el enfado sean las primeras reacciones que se generan en quienes pronuncian los nombres de esos partidos. No se puede olvidar que el PRI ha gobernado, en suma, casi noventa años del México contemporáneo y que sentó las bases más nocivas, absurdas y mediocres de la organización política de nuestro país: el presidencialismo contumaz, el “charrismo” sindical, el clientelismo más impune, los mecanismos para corromper las libres elecciones, la retórica que tiene al “pueblo” como el núcleo semántico que cambia según los colores, la conformación de una élite política y económica que sólo cambia de rostro. Sí, toda una estructura de poder e impunidad que el día de hoy es la mejor herramienta del gobierno encabezado por sus mejores alumnos y alumnas. El partido oficial y sus líderes son la versión más aceitada y refinada de quienes algún día pertenecieron al partido tricolor que tuvo la afortunada idea de institucionalizar una revolución.

Si observamos el caso del panismo durante sus dos sexenios, se puede llegar a concluir que son el ejemplo de la “llamarada de petate”, como decían los antiguos sabios. No lograron constituirse como esa promesa de cambio por la que había apostado la sociedad mexicana. Y qué decir del PRD, morada del priismo rebelde y futura incubadora del actual partido oficial, que se ha perdido en la triste memoria de quienes lo habían enarbolado como el contrapeso de una histórica oposición.

Eso es lo que representan quienes hacen malabares para no ser devorados por su propia vorágine. Si bien no pueden cambiar su historia, la apuesta sería que lograran estructurar un discurso afín a las circunstancias y llevar a cabo acciones que les otorgaran el beneficio de la duda ante una sociedad que, gracias a la partidocracia, debe elegir entre lo menos peor o lo que sea más conveniente para no encajonar la promesa de mantener los recursos de los programas sociales. Sin embargo, parece que su mejor apuesta es bailar al compás de la música que se escucha en los pasillos del Palacio Nacional para no desaparecer de la fotografía presupuestaria. Al menos así lo dejan ver sus dirigencias que son como ese garabato de tibieza gris y amilanada.

Su reloj marca un tiempo muy diferente al que necesita una ciudadanía que busca referentes que le planten cara al aparato del Estado. Se les olvida con singular facilidad que la sociedad es la que mueve las manecillas. Por ejemplo, si en la Ciudad de México casi la mitad de las alcaldías son gobernadas por partidos de oposición es por el hartazgo de las administraciones anteriores y, en especial, la actual. El resultado de dichas elecciones no fue producto de sus impactantes campañas o el liderazgo de sus candidatas o candidatos.

Vaya trabajo el que tenemos por delante como ciudadanía: necesitamos crear y exigir nuevas alternativas que sean opciones para el futuro del país. Y nosotros, nosotras, no podemos dejar escapar el tiempo porque se trata de nuestro porvenir.

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