Con un poco de vehemencia

¿Aplaudir la intervención de Estados Unidos? ¿Aplaudir y guardar silencio ante las atrocidades dictatoriales de Nicolás Maduro? Este dilema se ha enquistado en la discusión pública debido a su importancia y trascendencia, revelando el cariz político y la dimensión ética de quien se enfrasca en esta discusión, de las banderas que se enarbolen durante estos días.

Hay ocasiones en las que no alcanzan las palabras para intentar analizar y explicar la realidad. En el contexto en el que nos encontramos a nivel mundial, en el que el fanatismo y las ideologías trasnochadas se han convertido en epítomes de la mentira y el cinismo, ondeando las gruesas cortinas que envuelven cualquier cantidad de absurdos que suelen erosionar la libertad y en el que se termina por justificar todo atropello de los derechos humanos, la importancia de no perder la brújula de la justicia se vuelve clave en todo sentido.

También es importante recalcar que, a pesar de banderas ideológicas y estandartes que se ondean en los mítines con la vehemencia de espíritus justicieros, cada sociedad, cada país, tiene sus propios galimatías por resolver. Quizá por ello resulta difícil mantener una postura frente a conflictos internacionales sin dejar de observar lo que sucede en nuestro país: siempre será más sencillo y espectacular rasgarse las vestiduras y enarbolar causas que están más allá de nuestras fronteras, encendiendo la luz de aquel famoso candil que ilumina los problemas externos, mientras deja en la penumbra todo lo que aqueja a nuestro propio jardín.

Nadie sería capaz de negar la importancia y trascendencia de lo que sucede en Oriente Medio entre Israel y el conflicto con Palestina, la tenaz invasión rusa a Ucrania, la escalada de fanatismo que comienza a encender las alarmas de diferentes países europeos, las matanzas perpetradas por el grupo Boko Haram en Nigeria, la persistencia del espíritu dictatorial y sus diferentes rostros que hacen primavera en el continente americano, y tantos, tantos problemas más. Es claro que en dichas problemáticas —como en aquellas que faltaron por nombrar— se juega aquello que se solía definir como la condición humana, los derechos, la justicia y aquello que nos ha brindado las pautas de un moderno ideal civilizatorio que se nos diluye entre las manos. En ese sentido, no dejamos de demostrar lo poco que asimilamos las lecciones que la historia misma nos ha colocado en la mesa en la que compartimos el pan y el café.

Y vaya dilema en el que nos encontramos desde hace unas horas: en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las conversaciones casuales del transporte público, no dejamos de escuchar posturas, con respecto a lo ocurrido en Venezuela, llenas de energía, de vehemencia ideológica, con una retórica que linda entre la razón y el sinsentido. Cada quien va esgrimiendo sus propias filias y fobias sin cortapisas, con la seguridad que brindan las tareas cotidianas. ¿Aplaudir la intervención de Estados Unidos? ¿Aplaudir y guardar silencio ante las atrocidades dictatoriales de Nicolás Maduro? Este dilema se ha enquistado en la discusión pública debido a su importancia y trascendencia, revelando el cariz político y la dimensión ética de quien se enfrasca en esta discusión, de las banderas que se enarbolen durante estos días. No faltarán el discurso patriotero ni la narrativa imperialista que, en estricto sentido, dejen de lado lo que siente y busca la sociedad venezolana.

Pero algo queda en el aire, se respira una cierta desazón acerca de aquello que está más allá de esta situación y que, por su naturaleza, sí define nuestro día a día. Esa terrible paradoja se presenta en la manera en la que ponderamos y aquilatamos las problemáticas de nuestro país: no han faltado quienes, por simple ideología y fanatismo, miren hacia otro lado, por ejemplo, para justificar la falta de resultados de toda acción gubernamental con respecto a la violencia que impera en nuestro país. Frente a la muerte y la injusticia. Y, no obstante, en la otra acera, la falta de memoria y el cinismo tampoco ha dejado buenos dividendos.

Quizá habría que preguntarse si esa vehemencia retórica, ese carrusel discursivo que hemos observado durante este par de días, podría esgrimirse como una postura clara ante la violencia que cobra vidas en nuestro país. Ya no digamos en contra de la corrupción, del sistema de justicia, de la falta de transparencia de los proyectos insignia del gobierno, de la libertad de expresión que día con día se encuentra más amenazada. No. Se trata de enfocar esa fuerza en pugnar por algo más elemental, aquello que nos mantiene al margen de la barbarie, por la vida, por lo humano, más allá del espejismo de las felices estadísticas.

Insisto, con un poco de esa vehemencia este país tomaría un rumbo muy diferente.