Pluralidad universitaria

Se ha intentado imponer una única verdad entre el “conservadurismo” y el “liberalismo” del XIX.

Para Jesús Gracia, universitario sin adjetivos.

A río revuelto, cualquier lugar es óptimo para crear situaciones y generar ataques que sumen al discurso de la intolerancia. Tirios y troyanos se disputan el predominio de una retórica que termina por amplificar la polarización y el encono en una sociedad que, cada día, está más acostumbrada al maniqueísmo que tanto daño ha generado en los últimos años. Sería muy obtuso dejar de ver que dicha situación no tiene su origen en la presente administración; en realidad, desde la década de los años noventa del siglo pasado se han configurado diversas circunstancias que han abonado esa tierra fértil para la violencia que existe en nuestro país.

Nada se le puede escatimar a los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, que no hicieron mucho para frenar este mar de palabrerías que han puesto a la deriva la embarcación de toda discusión democrática. Tampoco debe omitirse que, durante esos dieciocho años, otro de los principales actores de esa crispación se encontraba en las filas de la oposición y que paulatinamente adquiría mayor relevancia política, López Obrador. Así, no deja de ser alarmante que, durante ya casi dos décadas, muchos de los planteamientos políticos se condimenten con el discurso de confrontación que, en diversas ocasiones, se pone las máscaras más adecuadas –según sea la exigencia en turno.

El problema es que hemos llegado a un punto en el que ya no se trata de dirimir las posibles discrepancias, sino de convertirlas en brechas cada vez más profundas e insalvables, porque ésa es la apuesta del actual gobierno y de muchos considerados opositores. Sin embargo, cuando el maniqueísmo, la polarización y la propaganda se convierten en los principales ejes de un gobierno, las cosas adquieren otro matiz aún más peligroso para una sociedad que, con cierta facilidad, pierde la noción de una violencia que adquiere tan diversos rostros y con las que se suele caminar en la misma acera. Si la denostación y el vituperio se constituyen en las máximas expresiones de la comunicación presidencial y del gobierno, las semillas de la intolerancia quedan a buen recaudo.

Para nadie es secreto que las instituciones educativas son lugares en los que las utopías y las ilusiones, el conocimiento y sus exigencias, así como las ideologías y sus demonios, encuentran un buen resguardo entre sus miembros. Tienen sobrada razón quienes plantean que lo único que puede sacar a nuestra sociedad del marasmo en el que se encuentra –al acostumbrarse a la violencia, al simpatizar con vacíos discursos políticos, al tolerar el engaño y la corrupción, el chantaje gubernamental en todos los niveles– es y será la educación. Pero lo divergente y la pluralidad, el pensamiento complejo, el conocimiento científico, la investigación y las humanidades que encienden la posibilidad de analizar la realidad con una mirada crítica, todo ello y aún más, no son aspectos que sean del agrado de quienes pregonan poseer la única e incuestionable verdad desde una estatura moral ungida por el fanatismo.

Así, los múltiples ataques de los que ha sido objeto la máxima casa de estudios durante estas últimas semanas no dejan de ser un crisol en el que se conjugan los intereses de un gobierno que busca articular sus propias campañas entre la población universitaria. Son muchas las cartas que pueden propiciar situaciones poco favorables para la universidad: desde el famoso plagio cometido por la ministra Yasmín Esquivel, el regreso de Lorenzo Córdova a ocupar su lugar en la academia y, quién diría, los distintos foros en los que son convocados personajes que son críticos del actual gobierno –como el realizado en el Centro Cultural Tlatelolco, La crítica en su laberinto: ¿qué hacer?, en el que participó Roger Bartra, incómodo personaje para el régimen–.

Es de llamar la atención el ataque articulado por el corifeo del oficialismo que ha llevado a cuestionar una de las esencias de la institución universitaria: la pluralidad y la crítica. De la misma manera que en la televisión y en la radio universitaria existen espacios con un claro posicionamiento a favor del actual gobierno, cabe la posibilidad de escuchar las posturas críticas que deberían tener lugar en todo espacio universitario. La democracia así lo exige; sin embargo, ese discurso maniqueo en el que se mira el mundo en blanco y negro, entre los fantasmas del “conservadurismo” y “liberalismo” decimonónicos, ha intentado imponer su única verdad, aquella que únicamente se pregona desde Palacio Nacional, con la univocidad del primer mandatario.

Sí, la UNAM debe ser autocrítica ante sus propias carencias y profundas deficiencias. No obstante, la población universitaria no puede ser presa de esa intolerancia y abismarse en la dinámica de una violencia que está ahí, latente, y que se aleja del espíritu mismo de nuestra universidad. Porque, en efecto, en una educación libre y crítica está el hilo conductor del futuro.

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