Pausa

Resulta paradójico que, mientras existen periodistas que han consagrado su trabajoa desentrañar la realidad del país, otros tantos evidencian que su objetivo es lucrar conel dolor de una sociedad que se desgarra con cada feminicidio, asesinato y desaparición.

Nos hemos acostumbrado a la indolencia. Cada día nos alejamos más de nuestra capacidad de sorprendernos ante la belleza de un mundo que estamos destruyendo a la velocidad de un parpadeo.

El pesimismo se desborda en cada noticia y es como un imán que, enloquecido, trastoca el orden de las cosas que hemos dispuesto para nuestra vida. Es un desorden que ahora pasa inadvertido porque lo hemos asociado al café de todas las mañanas: una macabra danza de palabras, estadísticas e imágenes que se han alojado en el corazón de una humanidad que parece caminar sin dirigirse al meridiano del futuro. Ya se resiste poco a la fuerza de atracción que genera la desesperanza. Quizá leer el mundo a través de las noticias diarias es una invitación a naufragar en la vorágine de la ignominia.

Nos hemos acostumbrado al silencio que le imponemos a la razón para sobrevivir a la estridencia del mundo. A veces se opta por ignorar aquello que nos lastima y enoja; sin embargo, asomarse por una pequeña rendija para ver la violencia que lastima a nuestro país nos obliga a acelerar el latido de un corazón que se fragmenta al ser dinamitado por el dolor que existe ante nosotros. O, quizá, nos impide recuperar las astillas de lo que alguna vez fue el árbol de la esperanza, tronco segado por el repentino filo de la muerte y la injusticia. Esto ocurre al ser conscientes de la tétrica carrera en la que nos hemos enfrascado: contabilizar a los muertos de nuestro país para generar una estadística que sirva de parámetro en la valoración de los últimos gobiernos.

En la simple manifestación de Perogrullo, se puede concluir que un gobierno ha logrado ser efectivo en su propuesta de seguridad a partir de lo que indican las cifras de muertos y desaparecidos que, sobra decir, aumentan día tras día. Pero el fracaso no puede ser admitido en el presupuesto de cualquier ideología, si es que esta existiera.

Nos hemos acostumbrado a mirar las estadísticas sin detenernos, por mucho tiempo, a tratar de responder qué sucede en nuestro país. Mejor optamos por la velocidad que implica mirar a otro lado: así dejamos de cuestionarnos qué ha ocurrido con la empatía que nos define como seres humanos y que nos ha permitido trascender como civilización. Cómo nos hemos permitido despojar de la mínima dignidad a la muerte: hoy, las imágenes de quienes han sido víctimas de la barbarie se constituyen como un valor de cambio que es rentable para algunos medios que se jactan de ganar una primicia. Y esto funciona porque existe un mercado del morbo, mercenarios de las desgracias y consumidores de lo ominoso: no podemos ignorar que en la prensa mexicana es histórica la preocupación por satisfacer el mercado de la nota roja y el amarillismo.

Resulta paradójico que, mientras existen periodistas y reporteros que han consagrado su trabajo y su vida a de-

sentrañar la realidad del país, otros tantos evidencian que su objetivo es lucrar con la desgracia y el dolor de una sociedad que se desgarra con cada feminicidio, asesinato, desaparición y secuestro que, en la mayoría de las ocasiones, se nos presentan como parte de una estadística que está al servicio de quienes culpan al pasado y omiten la responsabilidad del presente.

Y, sin embargo, nuestro papel como sociedad no puede estar fuera de esta perversa ecuación: somos los que hemos abierto la posibilidad de la banalización de la dignidad humana. Lamentablemente, esto ha quedado evidenciado con el asesinato, el atroz feminicidio de Ingrid Escamilla.

Así, mientras las batallas de esta sociedad parecen enfocarse en el uso de los adjetivos más ofensivos para calificar a los adversarios políticos, cabe preguntarse si el actual gobierno algún día terminará por comprender que, para transitar en el significado de la oportunidad al del oportunismo, basta con la publicación de un decálogo que iluminará al “pueblo bueno”. Sin embargo, algo ha cambiado: las exigencias por la seguridad y la justicia difícilmente podrán ser silenciadas.

Lamentablemente, el feminicidio de Ingrid Escamilla no es un hecho aislado.

Su muerte ha sacudido a gran parte de esta sociedad, la cual no está dispuesta a permitir que se siga atropellando su dignidad como mujer y víctima de la violencia. No podemos acostumbrarnos a la muerte y su banalización, hagamos una pausa para comprender que está en riesgo la condición humana y nuestro propio futuro.

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